Cultura
Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital
Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.
El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.
La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.
La experiencia como respuesta millennial
Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.
Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.
También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.
La Generación Z y la identidad como presencia
La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.
Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.
La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.
De tener cosas a mostrar señales
Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.
En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.
Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.
Economía, acceso y prioridades
Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.
La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.
Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.
Comunidad y pertenencia
La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.
La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.
En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.
Riesgos de ambos modelos
Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.
Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.
Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.
Una diferencia de entorno, no de esencia
Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.
La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.
Cultura
Sadin alertó en Buenos Aires: la IA es una “nueva forma de muerte”
El filósofo francés presentó su libro El desierto de nosotros mismos en el Teatro El Picadero y advirtió que la inteligencia artificial generativa expulsa al otro y desposee de capacidades a las personas. Sobre Javier Milei, afirmó que “el presidente entendió todo” y pidió prohibir esta tecnología en las escuelas.
“No podés ser anticapitalista y usar ChatGPT, hay una contradicción”. La frase, lanzada ante un teatro porteño, resume el tono de la advertencia del filósofo francés Éric Sadin sobre la inteligencia artificial generativa: una tecnología que, según planteó, desposee a las personas de sus capacidades y expulsa al otro de la vida cotidiana.
Sadin, escritor y pensador reconocido por su mirada tecnocrítica, presentó el miércoles en el Teatro El Picadero, de la Ciudad de Buenos Aires, su nuevo libro El desierto de nosotros mismos. El giro intelectual y creativo de la inteligencia artificial, publicado en español por Caja Negra Editora. El “desierto” del título es la desposesión de nuestros dones, de nuestras capacidades y de aquello que nos hace singulares. La editorial ya había publicado en el país otros títulos del autor, como La inteligencia artificial o el desafío del siglo (2020) y La era del individuo tirano (2022).
La “antiargentinidad” y la expulsión del otro
El filósofo dedicó un tramo de su exposición a la cultura local. Sostuvo que “la Argentina es pasional, con un interés por el otro, por los miembros de la familia” y que esa pasión es “la calidad primera” del país. Lo planteó para explicar un fenómeno global que describió como “la evacuación del otro, la expulsión del otro”. Y le puso nombre: “La antiargentinidad es lo que se está produciendo en el mundo entero: el otro queda aparte”.
El planteo conecta con uno de los ejes del libro: un mundo que nos excluye, donde cada vez parece haber menos lugar para trabajar con otros mientras avanza la inteligencia artificial.
Las máquinas como “nueva forma de muerte”
La definición más dura llegó al hablar de las herramientas que producen texto. “Las máquinas que producen texto son una nueva forma de muerte, nos está rodeando y es un lenguaje tanatológico, que es el lenguaje de la muerte”, afirmó Sadin. Después interpeló al público con una pregunta: “¿Hay más muerte que la muerte?”. La sala, según el relato de la presentación, respondió con silencio.
El filósofo advirtió además sobre la manipulación de imágenes. “En un chasquido uno puede producir una imagen y crear manipulación”, dijo, y ejemplificó con un conflicto entre vecinos: se puede generar la imagen de alguien golpeando a otra persona. Para Sadin, “no hay más límites, hay un entorno que favorece la violencia”.
Recordó el caso de la fotografía falsa del papa Francisco con una campera: aunque se sabía que la imagen no era real, el episodio mostró la dificultad creciente para distinguir lo verdadero de lo falso. “No comprender si determinadas imágenes son reales o no, constituye un principio de una forma de sordera social”, sostuvo.
“Juez y parte”: la crítica a quienes diseñan la IA
Sadin cuestionó a quienes crean los sistemas de inteligencia artificial y a quienes los consultan como si fueran una autoridad. “Veo una infantilización del ser humano”, dijo, y planteó que se les pregunta a los diseñadores qué están haciendo “como si fuéramos niños”, cuando “ellos no son los que saben”. “Es hora de dejar de oír a quien es juez y parte”, afirmó, y aclaró que defiende “principios, no intereses”.
Rechazó el término “tecnofascismo” para describir el fenómeno y sostuvo que lo que está en juego es una “coalición de intereses”. Su llamado fue directo: “Contra los cínicos hay que movilizarse”.
Milei, la escuela y el “capitalismo asomático”
Sadin vinculó su lectura del presente con el gobierno de Javier Milei. “El presidente entendió todo”, afirmó. Según planteó, el mandatario no necesita de los argentinos y representa un Estado antagónico a la participación de la sociedad. La definición se suma a las miradas críticas sobre el proyecto libertario, aunque el filósofo la formuló en clave filosófica y dentro de una lectura global del avance tecnológico.
En el terreno educativo fue categórico: “Tendríamos que haber prohibido la IA generativa en la escuela porque estamos dejando que los niños se conviertan en personas que no saben escribir ni hablar en nombre propio”.
En el libro, Sadin describe un proceso de desposesión de nuestras capacidades que lleva dos siglos en marcha y que las IA generativas profundizan. Lo vincula con un “capitalismo asomático”, un sistema que busca “librarse de la presencia”, de nuestros cuerpos y de nuestras mentes. El autor advierte que la automatización del mundo podría ser total y que el vaciamiento del otro no sería repentino ni espectacular, sino mediante “pequeños toques”, casi silenciosos, que harían desaparecer prácticas ligadas a la “creatividad”, la “curiosidad por los demás” y la “potencia de alegría”.
El libro también recupera una anécdota del director japonés Hayao Miyazaki, creador de El viaje de Chihiro y Mi vecino Totoro. Ante sus alumnos, Miyazaki habría dicho que nunca querrá incorporar esta tecnología a su trabajo y que la considera “un insulto a la vida misma”. Frente a ese escenario, la propuesta de Sadin es defender lo que nos hace humanos: la singularidad, los cuerpos, la capacidad de actuar y también el alma.
Lo que tenés que saber:
- Éric Sadin presentó El desierto de nosotros mismos en el Teatro El Picadero, de la Ciudad de Buenos Aires.
- Afirmó que las máquinas que producen texto son “una nueva forma de muerte”.
- Dijo que “el presidente entendió todo” al referirse a Javier Milei.
- Sostuvo que habría que haber prohibido la IA generativa en las escuelas.
- Sobre el libro, advirtió que el “capitalismo asomático” busca librarse de la presencia de cuerpos y mentes.
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