Cultura
La Perra que Los Parió llega a La Trastienda con su flamante disco «Abran paso»
“El espíritu de ‘Abran paso’ propone ir más allá de las canciones. La idea es dejar un mensaje que perdure y que hable sobre la importancia de cuidar nuestro planeta y generar conciencia sobre el calentamiento global, ya que cada unx de nosotrxs podemos hacer algo para evitar el colapso que se avecina”, expresó el cantante y compositor Nahuel “El Viejo” Amarilla, líder de la agrupación.
La Perra Que Los Parió (LPQLP), banda de rock formada hace casi 20 años al sur de la provincia de Buenos Aires, continúa presentando su sexto álbum de estudio, “Abran paso”, y tocará este sábado a las 20.30 en La Trastienda, del barrio porteño de Monserrat, mientras planea encarar una gira por todo el país.
“El espíritu de ‘Abran paso’ propone ir más allá de las canciones. La idea es dejar un mensaje que perdure y que hable sobre la importancia de cuidar nuestro planeta y generar conciencia sobre el calentamiento global, ya que cada unx de nosotrxs podemos hacer algo para evitar el colapso que se avecina”, expresó el cantante y compositor Nahuel “El Viejo” Amarilla, líder de la agrupación.
El disco fue presentado en el mítico estadio obras Sanitarias el 5 de noviembre del año pasado, en un concierto que marcó el debut del grupo en el “Templo del rock” y que representó su regreso a los escenarios y el reencuentro con su público, tras un año y ocho meses de no poder hacerlo.
La banda que lleva otros cinco discos de estudio -un doble en vivo- a cuestas, un Ep y varios singles editados en pandemia-, LPQLP, que surgió entre La Boca y sur del Conurbano se convirtió en una de las bandas autogestivas más reconocidas de la escena local.
Completan la formación Matías Ramos (bajo y coros), Damián González (guitarra), Aníbal Buonarcorso (teclados y coros), Jorge Bekmezian (batería) y Martín Seguel (saxo).
«Abran paso», producido artísticamente por Mateo Moreno (exNo Te Va Gustar). se encuentra alineado con la necesidad de concientizar a las personas sobre la problemática del cambio climático, la crisis ecológica y social que atraviesa el planeta y la importancia de cuidar el mundo y la naturaleza.
Cuenta con la participación de reconocidos músicos; por el lado del rock se sumaron artistas de la talla de Lula Bertoldi, Kapanga y el mismo Mateo Moreno; desde la música urbana y el trap, Kid Munni y La Joaqui sumaron voces de las nuevas generaciones; mientras que Pablo Bernaba del Quinteto Negro de Tango aportó melodías con su bandoneón para una de las canciones más rioplatenses del disco.
LPQLP regresará este sábado a La Trastienda (Balcarce 460), donde mostrará las canciones que integran este nuevo trabajo que viene en una edición físico digital, y cuya música fue publicada en todas las plataformas digitales el mismo día que salió a la venta.
Su edición física no contiene un CD, sino que trae un código QR desde donde se pueden descargar las canciones a los dispositivos en distintas calidades.
Cultura
Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital
Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.
El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.
La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.
La experiencia como respuesta millennial
Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.
Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.
También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.
La Generación Z y la identidad como presencia
La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.
Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.
La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.
De tener cosas a mostrar señales
Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.
En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.
Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.
Economía, acceso y prioridades
Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.
La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.
Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.
Comunidad y pertenencia
La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.
La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.
En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.
Riesgos de ambos modelos
Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.
Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.
Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.
Una diferencia de entorno, no de esencia
Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.
La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.
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