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Taylor Swift, la artista del año según Time

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La cantante estadounidense Taylor Swift fue elegida este miércoles como «Persona del Año» por la revista Time, en reconocimiento a su éxito en las artes y su impacto cultural.

«En un mundo dividido, donde demasiadas instituciones están fallando, Taylor Swift encontró la manera de trascender las fronteras y ser una fuente de luz», escribió Time en una nota de su editor jefe Sam Jacobs. «Swift es la rara persona que es a la vez la escritora y la heroína de su propia historia».

La cantante, de 33 años, concluyó 2023 como la artista más escuchada en el mundo en Spotify, con un total de 26.000 millones de escuchas. También fue elegida como la «Artista del Año» por Apple Music, tras haber conseguido que 65 de sus canciones alcanzaran el ‘Top 100’ global.

«Ahora se convierte en la primera Persona del Año reconocida por su éxito en las artes, en un año en el que hemos vuelto a cuestionarnos quién crea y a quién pertenecen nuestras expresiones culturales», explicó Jacobs. «Swift es también un símbolo del cambio generacional: es solo la cuarta Persona del Año en solitario nacida en el último medio siglo».

El reconocimiento de Time corona un año de éxitos sin precedentes para Swift. La cantante también lanzó su documental «Miss Americana» en Netflix, que fue aclamado por la crítica, y comenzó su gira «The Eras Tour», que recaudó más de 1.000 millones de dólares.

Swift es una de las artistas más exitosas de todos los tiempos. Ha ganado 12 premios Grammy, 32 American Music Awards y 29 Billboard Music Awards. Sus álbumes han vendido más de 200 millones de copias en todo el mundo.

Con su elección como «Persona del Año», Taylor Swift se une a una lista de ilustres que incluye a Barack Obama, Nelson Mandela, Martin Luther King Jr. y Mahatma Gandhi.

Cultura

Las misas ricoteras: cuando el pogo fue el único refugio que quedó en pie

Carlos «el Indio» Solari falleció este viernes 5 de junio a los 77 años en su casa de Parque Leloir, en Ituzaingó. Con él se va el arquitecto de un fenómeno que excede con creces la música: las misas ricoteras fueron, durante los años más duros del menemismo y la catástrofe del 2001, el único tejido de contención social que nadie les negó a los pibes de los barrios.

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La noticia llegó esta mañana y sacudió al país con la fuerza de un pogo. Carlos Alberto Solari, el Indio, el líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y luego de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, murió a los 77 años en su domicilio del barrio Parque Leloir, en Ituzaingó. Sufría de Parkinson desde 2016, enfermedad que anunció públicamente durante un recital en Tandil con una franqueza que lo distinguió siempre de la pose rockera: «el Parkinson me anda pisando los talones», dijo ante la multitud. Su última aparición pública fue en enero de este año, cuando recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires.

Nacido en Paraná y formado en La Plata, Solari fundó los Redondos en 1976, en plena dictadura militar, junto a Skay Beilinson. La banda editó nueve álbumes de estudio y se disolvió en 2001. Pero lo que construyeron en ese cuarto de siglo no fue solo una discografía, sino un territorio.

El pogo como refugio cuando el Estado se borraba

La década del noventa fue, para amplios sectores de la clase trabajadora argentina, una década de demolición sistemática. El menemismo llevó el desempleo al 18 por ciento a mediados de los noventa, con un subempleo de magnitud similar, y avanzó con privatizaciones, flexibilización laboral y una convertibilidad que disciplinaba a los trabajadores con la amenaza permanente de la exclusión. En ese contexto de vaciamiento institucional, la misa ricotera emergió como un espacio de pertenencia que el Estado ya no ofrecía.

Los recitales de los Redondos no eran actos culturales en el sentido convencional del término. Eran peregrinaciones. Jóvenes de los barrios populares cruzaban el país en colectivos desvencijados, con lo justo, durante días, para llegar a ciudades del interior donde la banda elegía tocar deliberadamente fuera del circuito comercial porteño. La masividad no fue consecuencia de la televisión ni de las grandes discográficas: los Redondos jamás usaron la TV para difundir su trabajo, y manejaron producción, diseño y organización de manera completamente independiente. La convocatoria se construyó de boca en boca, cassette a cassette, en los mismos códigos de los trenes ricoteros y los colectivos que partían desde las villas y los barrios obreros del conurbano.

Esos viajes fueron en sí mismos un acto político que nadie había convocado como tal. El pogo más grande del mundo, como el propio Solari llamó con asombro a la marea humana que lo seguía, fue la expresión de una comunidad que se reconocía en el abandono y elegía la fiesta colectiva como respuesta. Nada, ni la lluvia ni la prohibición de un intendente, fue suficiente para quebrar los ánimos de quienes habían viajado desde lejos para llegar. El recital de Tandil de octubre de 1997, realizado luego de que el intendente de Olavarría prohibiera el show originalmente planeado, lo demostró con 25.000 personas bajo la lluvia.

La represión como contexto y la muerte de Walter Bulacio

La misa ricotera no existió en el vacío. Nació y creció bajo una represión policial que el menemismo no solo toleraba sino que alentaba como instrumento de disciplinamiento social. La noche del 19 de abril de 1991, en las inmediaciones del estadio Obras Sanitarias, la Policía Federal realizó una razzia sobre el público que esperaba entrar a un recital de los Redondos. Entre los 130 jóvenes detenidos estaba Walter Bulacio, de 17 años, que fue torturado en la comisaría 35 de Nuñez y murió días después.

El caso Bulacio se convirtió en la síntesis más brutal de lo que significaba ser joven y popular en la Argentina del menemismo: el Estado que se retiraba de la economía y la educación aparecía, sin embargo, con toda su violencia en la puerta de los recitales. La Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI), al frente de María del Carmen Verdú, llevó el caso hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que en 2003 condenó al Estado argentino por su responsabilidad en los hechos. El excomisario Miguel Ángel Espósito fue condenado recién en 2013, 22 años después de la muerte de Walter, con una pena de tres años en suspenso por privación ilegítima de la libertad. Sin cumplimiento efectivo.

Walter fue adoptado por la comunidad ricotera como un símbolo de resistencia que trascendió al grupo y a su líder. «Yo sabía, yo sabía, que a Bulacio lo mató la Policía» se cantó en cada recital, en cada cancha de fútbol, en cada marcha durante años. En 2013, el propio Solari respondió a quienes lo acusaban de indiferencia con una declaración pública en la que señaló que una foto de Walter con la palabra justicia seguía estando en las pantallas de sus conciertos.

La separación de 2001 y las misas como solista

El último recital de los Redondos tuvo lugar el 4 de agosto de 2001 en el estadio Chateau Carreras de Córdoba, en el marco de un país que se caía a pedazos, con Domingo Cavallo como ministro de Economía y la Alianza en su agonía. Fue, en palabras de crónicas de la época, el final no anunciado de la banda más convocante de la historia del rock nacional: un cierre en un escenario serrano, con la Argentina en llamas.

Pero el fenómeno no terminó con la separación. Las misas ricoteras mutaron con Solari al frente de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y crecieron hasta dimensiones que desafiaron cualquier categoría conocida. El recital de Olavarría de marzo de 2017, el último de su carrera presencial, convocó a unas 350.000 personas en una ciudad de 100.000 habitantes. Durante una semana previa, los ricoteros llegaron en micros, camionetas y a pie, instalando carpas en andenes, orillas del río, potreros, rotondas y patios de casas privadas. «Esto es una locura, ya no sabemos cómo llamarle», dijo Solari aquella noche al despedirse de una multitud que lloraba y gritaba. Los conciertos habían empezado a parecerse a las grandes movilizaciones del peronismo: masivas migraciones de personas que atravesaban el país, algunas desde países vecinos, para asistir a rituales en autódromos o predios feriales alejados de las ciudades.

El Honoris Causa y el cierre de un ciclo

En 2023, Solari confirmó públicamente que no volvería a los escenarios. «Ya no tengo ganas de seguir, de ser un artista que está peleando en el escenario. El Indio ya cumplió su tiempo», declaró. Su último trabajo discográfico fue «El ruiseñor, el amor y la muerte», de 2018. En enero de 2026, recibió el Doctorado Honoris Causa de la UBA en su última aparición pública.

Se fue sin haber vendido su independencia. Sin haber firmado con una multinacional discográfica. Sin haber usado la televisión para llegar a la gente. Con canciones que son motivo de estudio en carreras de Sociología, Filosofía y Letras de las universidades argentinas. Con una foto de Walter Bulacio en las pantallas de sus últimos recitales.

El pogo más grande del mundo fue, en los años en que el Estado se borraba o directamente reprimía, el tejido de contención que nadie les negó a los pibes de los barrios. Eso construyó el Indio Solari. Y eso no se disuelve con una muerte.

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