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Sin Hebe no hay Madres, y sin Madres no habría democracia

Por Daniel Olivera.

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Por Daniel Olivera

El arzobispo de La Plata Víctor Manuel Fernández, el popular «Tucho», dio fe (nunca mejor usada la expresión) en un tuit de menos de 50 palabras de que la Biblia no tiene necesariamente que estar al lado del calefón. Que no es lo mismo un chorro que un gran profesor.

Ni da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos o polizón.Los seres humanos providenciales existen. Y Hebe lo fue a lo largo de sus 93 años. Estoy seguro de que no hubiera existido la democracia en la Argentina sin la lucha de las Madres, de la que ella fue el símbolo y combustible.

«Tucho», casi con seguridad después de hablar con Francisco, fue a visitarla para darle el adiós final el viernes pasado. Y la encontró «lista» para la partida. Con una sonrisa.Hebe se fue con la paz de los moralmente íntegros. Con la paz de los intransigentes frente al poder del dinero y absolutamente abstemia a la tentación de los placeres terrenales.

Su refugio era una modesta casita del humilde Barrio del Dique, en las orillas de La Plata.Con esa misma convicción idealista rechazó la indemnización millonaria en dólares que le otorgaban a los familiares de víctimas de los horrores de la dictadura. Y soportó la humillación como víctima, de una estafa de poca monta de los hermanos Schoklender, que la engañaron después de que ella intentó redimirlos de su triste historia.Hebe amaba y odiaba con igual intensidad. Sin hipocresías.

Fue capaz de pensar que Néstor Kirchner «era la misma mierda que Menem y Duhalde«, para después de un llamado de Fidel (otro providencial) terminar queriéndolo como un hijo. A Macri lo definía como «una rata» y a Videla y todos los torturadores como unos «hijos de mil puta».

Hebe sabía usar la palabra como un arma. Y su cuerpo como un escudo capaz de enfrentar a la Caballería y a los Falcon Verdes. A los Astiz y a los Menéndez. Los que perdieron sus grados por la traición a la Patria que cometieron.No puede ser casualidad que dos jesuitas (Fidel Castro y Francisco) la guiaran al rebaño de Dios, ese del que ella había renegado.

Y otro jesuita, «Tucho» Fernández, le diera el «visto bueno» final antes de pasar al otro plano.A Hebe siempre le gustaba contar una anécdota. Decía que cuando De la Rúa cercó la Plaza de Mayo para evitar que las Madres hicieran su ronda de los jueves, ella encontró la solución: fue y compró dos escaleras plegables de metal. Y así, por una subió y por la otra bajó a su tierra prometida (la ronda alrededor de la Pirámide), y de esa manera se las ingenió para que su lucha por la Verdad, la Memoria y la Justicia nunca fuera detenida.

Ni un solo jueves desde el histórico 30 de abril de 1977.¡Chau, Hebe! Puteá libre y feliz.Porque hasta el final de los tiempos no habrá “ni olvido ni perdón”, para lo que asesinaron, torturaron y vejaron a tus hijos, a tu nuera y a los otros 30 mil.

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Antecedentes de la persecución y las tenaces resistencias de un pueblo

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Por Jorge Elbaum

El fusilamiento inicial, el que marcó la atormentada historia de nuestra Patria, sucedió un 13 de diciembre de 1828 hace 194 años. En aquella ocasión Manuel Dorrego fue asesinado por haber sido electo Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, y haber avalado el voto popular de negros y orilleros y hacer de estos sus más fieles seguidores.

En una ocasión, en la legislatura bonaerense, cuestionó a la oligarquía y comerciantes hacendados por impedir el sufragio de los más humildes. “Los criados a sueldo, los peones jornaleros y los soldados de línea. He aquí la aristocracia del dinero –subrayó con énfasis freten a los atribulados señoritos–. Sería entonces fácil influir en las elecciones porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas. Y hablemos claro (…) la elección sería el Banco”.

Poco tiempo después, los antecesores de Magento, Nisman, Bonadío, Mahiques, Ercolini, Luciani –con la aquiescencia de los supremos– decidieron asesinar al gobernador electo de la Provincia de Buenos Aires. En aquella oportunidad, Valentín Gómez, Salvador María del Carril, Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia, entre otros, se constituyeron en los expertos criminales de la pretendida civilización: asesinaron a varias docenas de Caudillo y completaron su trasiego con dos genocidios casi paralelos: el de la “campaña al desierto” y el ejecutado en Paraguay.

Fueron necesarias tres décadas para que Leandro N. Alem vuelva a recuperar el rojo punzó de Rosas —para amnesia de los actuales radicales cambiemitas— La persecución, entonces, fue contra la chusma Yrigoyenista, lo que le valió en 1930 la proscripción para para el Peludo. Esa criminalización continuó contra Evita, Perón y sus descamisados y se hizo brutal en los bombardeos  a Plaza de Mayo y los fusilamientos de José León Suarez. La resistencia y el genocidio de los setenta sólo fueron el prólogo de este nuevo intento de borrar la historia de un pueblo.

Argentina no es muy original porque el Partido Judicial es continental: en abril de 2020 se condenó al expresidente Rafael Correa a ocho años de prisión. Dos años antes, en abril de 2018, Lula fue detenido durante 580 días antes de volver a ser electo primer mandatario.

Lo que no sabe la oligarquía—hoy financiera, trasnacional y neoliberal— es que las grandes mayorías, al igual que los grandes caudales de agua, siempre saben por dónde canalizar su oleaje. Cristina es el último capítulo de esta historia de lucha. Y no existe ni la mínima dubitación acerca de esta continuidad: su hermosa terquedad será capaz de articular esta dignidad ancestral con el colectivo de gritos del pasado.

Hay un Pueblo, ahí afuera, que dará testimonio de eso.

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