Análisis
¿En qué futuro posible te gustaría estar?
En medio de una crisis política que reconfigura las ubicaciones al interior del Gobierno, con un panorama que permanece abierto. El rol de las fuerzas populares será crucial para delinear los escenarios futuros.
Si algo tiene de lindo Argentina es que no hay lugar para el aburrimiento. Mientras los miembros del gabinete cambian de un día para el otro y los memes se viralizan, la crisis institucional crece y la visualización del futuro cercano se empaña.
El humor algunas veces te salva y otras funciona como un espejo que refleja la realidad de manera ingeniosa y cruda. Es la evidencia de un sentir popular que nadie disimula: un sistema político ridículo, condicionado por el poder real y distanciado de las personas de a pie.
A veces no se entienden ciertos aspectos de eso que algunos llaman “política”. Y está bien, porque expresa desconfianza ante lo ajeno. Desde hace tiempo que esa distancia entre “la política” y el pueblo se siente y molesta.
¿Acaso está bien aceptar el pragmatismo y la frivolidad disfrazados con tintes de “hábiles estrategias”? ¿Por qué de repente el “manejo de la lapicera” es sinónimo de inteligencia? ¿Desde cuándo los proyectos populares festejan prácticas que operan por arriba dilapidando a los de abajo?
El Frente de Todos, como coalición de gobierno, no sólo está en crisis sino que no ha podido cumplir con el pacto electoral propuesto en 2019. Por otro lado, los equilibrios en su interior se han modificado convirtiéndolo en otra cosa. Así es cómo, los gobiernos progresistas se vuelven conservadores y el proyecto de transformación nacional y social se opaca ante los condicionamientos de las corporaciones. Esto es así, no solamente porque se retrocede ante el soplido de la derecha, sino porque el poder real está en otro lado.
La aparición de Sergio Massa reconfigura las ubicaciones al interior de la coalición de gobierno y los escenarios están abiertos. Un futuro posible es aquel en el que se logre “tranquilizar” al mercado, frenar la inflación, conducir políticamente y construir una alternativa electoral atractiva en el corto plazo, lo que colocaría a Massa en una posición privilegiada en ese nuevo frente. Otro futuro posible es aquel en el que el poder real continúe insatisfecho y dilapide también a este gabinete debilitando aún más al gobierno y acelerando el proceso de transición hacia la derecha. Se pueden seguir imaginando muchos futuros más pero hay algo que todos tienen en común: las variables de ajuste están presentes en cualquiera de ellos.
Volvamos al Poder: está en manos del puñado de empresas que concentran la economía, en la AEA, en la Sociedad Rural, en los organismos internacionales de crédito, etc. Pero la configuración de ese poder también está en crisis y su despliegue territorial, desde una perspectiva geopolítica, en disputa.
El interés de ese poder fáctico sobre nuestros territorios es crucial porque los recursos estratégicos como las fuentes de energía, los alimentos, los minerales, el agua, los ríos, los mares, es lo que las grandes potencias disputan o necesitan poseer para dar batalla entre sí.
Por eso, algunas de las organizaciones populares que integran el frente de gobierno plantearon la necesidad de consolidad los estados nacionales frente al avance del capital financiero e impulsaron un programa que planteaba la nacionalización de las empresas de energía, el control de la banca, la investigación de la deuda con el FMI y que no la pague el pueblo sino quienes la fugaron, la creación de empresas nacionales de alimentos, el control de los puertos y los mares, el Paraná, Vicentín, la recuperación de los trenes, la agenda de tierra, techo y trabajo, etc.
Al mismo tiempo, las fuerzas populares que batallaron cuatro años contra el macrismo, vieron una oportunidad de expresar esa resistencia por abajo en una propuesta político electoral victoriosa desde la cual empujar ese programa nacional y fortalecer al sector de la economía popular, sumando derechos y reconocimiento.
Si bien es cierto que nadie podía prever una pandemia mundial a esta altura ya no puede ser excusa de lo pendiente.
Mientras tanto, las 26 personas más ricas del mundo tienen una riqueza superior al resto de las 3800 millones de personas que forman parte de la mitad más pobre de la humanidad. Existe una clase social que hace negocios y aumenta sus ganancias robándole a la otra el fruto de su trabajo. La propiedad de los medios de producción y distribución, todos aquellos recursos económicos que permiten que una mercancía pueda producirse y venderse, está en manos privadas y, desde hace tiempo, el capitalismo, en firme alianza con el patriarcado y el colonialismo, en cada nuevo proceso de acumulación, convierte cada vez más cosas en mercancías: una montaña, una cascada, una obra de arte, un acorde, una idea, el aire, la virtualidad, la bursatilidad, los cuerpos.
En materia internacional, EE.UU. no tiene asegurado su lugar de mega potencia en el tablero, Rusia dejó bien en claro que la OTAN no puede hacer lo que quiera y no es imbatible. La crisis del orden mundial está en transición y la pandemia catalizó y aceleró algunas tendencias como la emergencia de Asia Pacífico y China y el declive relativo del Occidente, el Norte global y la potencia de Estados Unidos.
Al mismo tiempo, se conjuga la configuración de un mundo multipolar con algunos rasgos bipolares y contradicciones entre el Norte y el Sur lo que genera enormes desafíos para países como Argentina y Brasil. Bajo esta perspectiva, estos cuatro años, representaban una oportunidad para construir alianzas que pudieran empujar la transformación del orden mundial y democratizar tanto el poder como la riqueza.
Se podría decir que ese proceso está abierto aún, la posibilidad real de que Lula gane las elecciones el 2 de Octubre en Brasil puede representar un respiro y una oportunidad para impulsar un nuevo proceso regional. Sin embargo, ya quedó demostrado, si no se avanza en medidas de fondo, los progresismos tienden a fracasar y dejar el terreno abierto al liberalismo.
El primer paso, para las fuerzas populares, siempre es desprenderse de las derechas o evitar que vuelvan pero si no son parte del proceso y no logran incidir en las políticas de los gobiernos, las verdaderas transformaciones no llegan y la calidad de vida de las mayorías permanece diezmada.
La otra tendencia es la crisis del capitalismo global en su forma neoliberal iniciada en 2008 que se cruza con las pujas geopolíticas y con los cambios de paradigma tecnológicos y en las formas de organizar la producción económica y la reproducción social.
En este punto, la Economía Popular como fenómeno emergente, casi único en el mundo, se consolida como base de resistencia, organización y respuesta objetiva creando trabajo y reconstruyendo el entramado comunitario.
Los movimientos populares en Argentina son resistencia, lucha, pueblo organizado, artífices de comunidad, inspiradores de sueños, constructores de poder del bueno, ese que se teje desde abajo. Buscan un mundo libre de explotación, en el que las cadenas del capital se quiebren con la fuerza de los procesos de liberación nacional y social de los pueblos. La mayoría de las veces, elijen pensar mientras hacen porque lo importante para ellos y ellas es poner el cuerpo para cambiar las cosas, la voluntad de transformación es su motor, la llama que enciende esa mecha.
Herederos y herederas de los ´60, ´70, ´90, artífices del 2001, buscaron conjugar en un mismo brebaje efervescente “lo social” y “lo político”, y de algún modo lo han logrado. Construyen canales de participación popular. La política, en esa trama, ya no es la búsqueda de la mejor jugada en un tablero lejano, sino un medio para transforma la realidad y mejora la vida de las personas. La política, en esa trama, no está al servicio de preservar el orden sino de transgredirlo.
Los movimientos populares han crecido en volumen, despliegue territorial y desarrollo, pero su capacidad de incidir en la orientación de las políticas del gobierno no fue suficiente y en los últimos meses retrocedió abruptamente y avanzó un proceso de estigmatización, persecución y aislamiento de las organizaciones.
En este nuevo escenario la agenda callera cobra otra relevancia, el 7 de Agosto, la histórica movilización de la UTEP por “Paz, pan, tierra, techo y trabajo”, adquiere mayor peso. Lo mismo ocurre con la convocatoria de la CGT para el 17.
Dar un golpe de timón dependerá de la capacidad que tengan para reconstruir rápidamente ese bloque de fuerzas que supo enfrentar al neoliberalismo integrado por la UTEP, la CGT, las dos CTA y ahora el Frente de Unidad Piquetera. Su mayor desafío está en que las diferentes terminales políticas no obturen la posibilidad de construir unidad y en que la consolidación de un proyecto de país esté por delante de las disputas por la conducción del proceso.
Análisis
La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo
Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».
Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia
Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.
Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.
Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.
Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.
El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina
La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.
Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.
La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.
Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)
La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.
Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.
Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.
El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas
El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.
Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.
El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.
Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala
La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.
El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.
En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.
Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.
Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.
Machismo de guardapolvo blanco
Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.
La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.
Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.
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