Análisis
Cloacas y Política: lo que brota de las alcantarillas evidencia el rasgo constitutivo de un proyecto de dominación
El video del ministro de Trabajo de María Eugenia Vidal, acompañado por funcionario de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) exhibe otra de las capas de la inmundicia soterrada durante el cuatrienio macrista.

Jorge Elbaum
Por Jorge Elbaum
Cuando las alcantarillas rebalsan dejan ver la suciedad almacenada.
Los ingenieros dedicados a la gestión cloacal urbana aseguran que cada sexenio irrumpe la mugre acumulada dejando entrever los desperdicios sociales.
Parece ser este el caso: el video del ministro de Trabajo de María Eugenia Vidal, acompañado por funcionario de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) exhibe otra de las capas de la inmundicia soterrada durante el cuatrienio macrista.
El fárrago de noticias y de primicias hace que se pierda el hilo de la historia: pocos recuerdan que Mauricio Macri fue el primer presidente que asumió procesado por una causa de espionaje. Fue desprocesado una semana después de haber jurado como primer mandatario.
En aquella ocasión se habían intervenido teléfonos de familiares sobrevivientes de la causa AMIA (Sergio Burstein), de una hermana del entonces jefe de gobierno y de empresarios que competían con el Grupo Macri.
Un año antes que terminara su mandato, en 2019, el falso abogado Marcelo D’Alessio quedó detenido en el marco de una causa por extorción y espionaje. Para desarrollar sus labores, según el juez instructor de la causa, Alejo Ramos Padilla, D’Alessio contó con la inestimable colaboración del fiscal Carlos Stornelli y el periodistas del Grupo Clarín Daniel Santoro.

Durante ese mismo año el juez de garantías Luis Carzoglio se negó a detener a Pablo Moyano y su familia fue amenazada. Meses después la mayoría cambiemita de la Provincia de Buenos Aires logró tramitar su suspensión.
Pablo Y Hugo Moyano habían sido demonizados por los cambiemitas porque insistían en defender a los afiliados de su sindicato sin aceptar prebendas ni sumarse a los cantos acuerdistas motorizados por personajes como Luis Barrionuevo.
Para ese entonces ya no sorprendió el conocimiento de los cableados de micrófonos en las cárceles federales, donde se espiaba tanto a detenidos como a sus abogados defensores.
Tampoco fue considerado un escándalo el espionaje a una senadora de la Nación, Cristina Kirchner, ni a los militantes que concurrían al Instituto Patria.
Para los camaristas federales que sustrajeron los expedientes a la justica provincial sólo se trató de menudencias provenientes de cuentapropistas de la AFI.
Pocos relacionaron estas operaciones con el paradero de un funcionario prófugo del PRO que poseía oficinas en la Casa Rosada: Fabián “Pepín” Rodríguez Simón, quien había sido el encargado de coordinar la persecución de los propietarios de C5N para garantizarse una grilla mediática homogénea al servicio de sus intereses.
Estos desperdicios –parte minúscula de lo que fue– pueden analizarse con claridad si se los compacta y se los conecta.
Son parte de un entramado único que no se quiere nombrar: la guerra periodística-judicial articulada por servicios de inteligencia para debilitar a las mayorías populares, etiquetando a sus referentes como criminales, demonizando a los dirigentes gremiales que no se asociaban con las patronales, fragmentando a los movimientos sociales para impedir que se consoliden como un actor político autónomo unificado, criminalizando la protesta social (deteniendo dirigentes), sembrando del terror a través de recurrentes represiones sociales y el incremento de la violencia ejecutada por los organismos de seguridad (como en el caso de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel).
El formato propuesto por las elites corporativas locales tiene origen neoliberal. Fue instaurado por primera vez en Argentina durante la dictadura genocida de 1976.
Ese compendio tiene cuatro objetivos:
- Imposibilitar el pleno empleo para que la precarización impida un movimiento obrero fuerte.
- Garantizar la continuidad de un modelo extractivista y financiarista que les permita continuar con el esquema de endeudamiento, evasión y fuga.
- Impedir que los movimiento sociales se organicen y logren conformar instituciones de trabajo eficientes –avaladas y asistidas por el Estado– capaces de disputar espacios de poder económico a las grandes corporaciones.
- Desarticular la organización de las centrales obreras, los movimientos sociales y las Pymes en un programa articulado de poder popular.
No es espionaje.
Es un proyecto político de dominación.
Análisis
El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar
La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.
Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.
El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.
«Una bomba en el medio del pueblo»
Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.
La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.
Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».
Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal
Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».
Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.
Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.
Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».
La intendenta y el pedido de los trabajadores
Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.
Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».
La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.
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