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Análisis

Proscripción y racismo: la derecha contra la identidad nacional y popular

La derecha busca limitar la vida mientras intenta destruir los lazos emocionales que configuran la identidad nacional y popular.

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Por Jorge Elbaum

La quieren proscripta. Fuera del mundo político. Tienen plena consciencia del lugar en la historia contemporánea. Saben que al apuntarle a Cristina eligen la piedra de toque de un proyecto que sigue identificándose con las grande mayorías. Esos mismos contingentes marrones y populares que el actual diputado José Luis Espert pretende esterilizar de forma química o política.

Para el liberalismo del siglo XIX, gobernar era poblar. Para el neoliberalismo, gestionar la realidad es quitarle la alegría de la maternidad y la paternidad a quienes previamente son marginados: primero se los excluye y después se solicita su extinción hereditaria.

Esa es la manera de escatimar costos sociales: matando la vida expuesta en la esperanza del nacimiento a través de un malthuserianismo desalmado: en vez de aportar más, quienes más tienen se proponen limitar las inversiones educativas, sociales y sanitarias mediante su reducción demográfica.

El sueño actual de la oligarquía es una tierra sin ciudadanos. Un campo sin seres humanos. Con vacas, plantaciones de soja y otros commodities capaces de garantizar el enriquecimiento de unos pocos. Es ahí donde los pobres sobran. A ese modelo de inserción global le sobran 30 millones de seres humanos. Y también le sobra quien o quienes se opongan, como el caso de Cristina.  

Luego de expulsar a los pueblos originarios con la intención de sustituirlos con blancos europeos decidieron que no necesitan seres humanos. Apenas una peonada sumisa que cabalgue los tractores. Para eso, se requiere desalojar a los campesinos. Primero fueron las Campañas al Desierto y hoy son los desmontes que prologan la comercialización de campos en los que viven familias campesinas desde hace un siglo.

Buscan una Argentina con menos pobres. No quieren reducir la pobreza. Sólo buscan limitar la cantidad de personas humildes a fuerza de privar a los y las trabajadores de la felicidad familiar. Se comportan igual que las autoridades romanas en épocas del nacimiento de Jesús. Si fuera por los Espert, o por sus secuaces que celebran codicia, el mundo debiera ser de ellos: ya no nacerían pibes como Diego Armando, ni los hijos de los carpinteros desocupados podrían traer al mundo a niños señalados por una Estrella de Belén.

La conclusión es obvia: por arriba persecución y criminalización. Por abajo racismo y exclusión continua, expulsión de campesinos, monopolización creciente de la tierra y una producción agrícola para la exportación, valorizada por precios internacionales incapaces de ser afrontados por los precarizados, los salarios depreciados y el desempleo.

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Análisis

La pelota manchada: avatares del juego sucio del Partido Judicial

La columna de Jorge Elbaum.

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El-Argentino-Jorge-Elbaum

Por Jorge Elbaum

Hay muchas maneras de jugar a la pelota. Existe el formato del potrero que se caracteriza por su noción de esquina. En ese deporte, los arcos se disponen con bolsos, con buzos o con zapatillas. Cualquier cosa sirve para imaginar postes verticales que sostendrán travesaños donde se discutirán goles al ángulo.

En ese fulbo de rodillas raspadas con costras y pequeñas hileras de sangre, los goles se suelen teñir de anocheceres y de barrios de luces exiguas. En ese jugo hay decenas de goles porque es un partido sin tiempo preciso de finalización. Quienes participan de los partidos no son jugadores: son hermanos, primos, compañeros o colados insignes.

En esa comarca del tiempo, muchos de nosotrxs aprendimos lo mejor de lo que somos: la amistad, los códigos de solidaridad, la defensa del más débil, el aguante estoico de la derrota, la rebeldía contra los poderosos, la lesión de herida perpetua  y –sobre todo– la admiración por la belleza estilizada e ingrávida de la habilidad psicomotriz.

El-Argentino-Fiscal Luciani-Juez Giménez Uriburu
El fiscal Luciani junto a su compañero de andanzas, el juez Giménez Uriburu.

Ese fue el origen. Pero después sobrevino otra cosa que hoy cotiza en bolsa. Uno que se juega en perimetrales cerrados con líneas de cal precisas, riego semanal y personal de maestranza. Uno que tiene camisetas estampadas que hacen juego con las medias y los pantalones y que rotulan dobles apellidos en la espalda. Una actividad de esparcimiento que se desarrolla con la  lógica de la racionalidad corporativa, en formato de tasas de interés y en vestuarios con sauna y baño turco.

En esos espacios se congregan –con una cuadrícula medida de espacio plano y parejo–, aquellos que vociferan sus grotescas proezas goleadoras, sus mesas de café con servidumbre, su alegato engolado de caza de brujas. Ahí, en la ruta que va desde la mansión a la entrada del country (siempre con aspiración residencial) se escucha el chillido individual, sin eco colectivo, de un grito ganador desfigurado por una dramatización impostada.

Un esmero por fuera del juego: la comprobación de una experiencia de socialización imbricada con el poder. Una mecánica matricial de ganadores y perdedores. Una búsqueda por someter, humillar y destruir al otro. En síntesis: prácticas extrañas a la pasión lúdica de la reciprocidad, la risa, el compañerismo, el festejo y el abrazo.

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La Liverpool, el equipo del fiscal Luciani y el juez Giménez Uriburu, en Los Abrojos de Macri.

El fiscal Diego Luciani y el juez Rodrigo Giménez Uriburu ejercitan el rol tribunalicio y lúgubre que alguna vez describió Franz Kafka. La sinrazón convertida en lógica de persecución. La burocracia del hostigamiento dispuesto para anular cualquier desobediencia: la doctrina que permite dictaminar la condena escolástica de cualquier aluvión zoológico. La magistratura regulada para desanimar a los humildes, a los trabajadores, a los precarizados, y a la vez aislarlos y/o separarlos de sus posibles referencias políticas.

En Las Brujas de Salem, Arthur Miller escribe una frase que explica el léxico de un vestuario cómplice conformado por fiscales y jueces cambiemitas: “puede hacerse evidente la necesidad del Diablo como arma. Un arma ideada y utilizada una y otra vez, en toda época, para obligar a los hombres a someterse…” Demonizar para aterrorizar. Estigmatizar para incitar al odio. Mancillar para cosificar y proscribir.

Este es el objetivo de un Grupo de Tareas que toma la posta de los genocidas del último cuarto de siglo pasado. Antes era la tortura y la picana. Hoy los dictámenes en conjunción con titulares de propaganda mediáticos. Esa es la misión regada por dineros corporativos y sugerencias salidas de Embajadas extranjeras. Ese es el cometido de una derecha fascista, unida para impedir –otra vez– la democratización del poder, la riqueza y la renta.

El partido, sin embargo, tiene la duración que todas las revanchas autorizan. Y quienes jugamos alguna vez en los adoquines unidos por el barro prodigioso  –sustancia de la que nació la vida– nunca supimos arrugar en las difíciles. Cuando la busquen a ella tendrán que pasar por sobre nostroxs.

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