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Palermo: madre e hijo intoxicados por monóxido tras falla en un calefón

Una falla en el sistema de ventilación del calefón habría provocado el incidente. Las víctimas fueron encontradas inconscientes y trasladadas por el SAME.

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Lo que tenés que saber

  • Ocurrió en un departamento de Fitz Roy al 2300, entre Charcas y Paraguay
  • Una mujer de 50 años y su hijo fueron hallados inconscientes
  • El calefón tenía una instalación fuera de reglamento y sin ventilación adecuada
  • Intervinieron Policía de la Ciudad, SAME, Bomberos y Metrogas
  • Ambos pacientes permanecen internados bajo observación médica

Intoxicación por monóxido en Palermo: madre e hijo hospitalizados tras un rescate de urgencia

Una mujer de 50 años y un menor fueron rescatados este jueves por efectivos de la Policía de la Ciudad en un departamento del barrio porteño de Palermo, tras haber sufrido una intoxicación con monóxido de carbono.

El incidente se registró en un edificio ubicado sobre la calle Fitz Roy al 2300, entre las calles Charcas y Paraguay. El operativo comenzó a partir del llamado de un hombre que alertó que su hermana y su sobrino no respondían mensajes ni llamadas.

Hallazgo de las víctimas y atención médica inmediata

Los agentes de la Comisaría Vecinal 14B ingresaron al inmueble acompañados por el denunciante, donde encontraron a ambos desvanecidos dentro del departamento en el segundo piso.

«Inmediatamente, comenzaron con las maniobras de primeros auxilios mientras aguardaban la llegada de los equipos médicos.» Personal del SAME asistió a las víctimas en el lugar, confirmó la intoxicación y procedió al traslado: la mujer fue derivada al Hospital Fernández y el niño al Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez.

Instalación fuera de norma en el calefón del domicilio

En paralelo, personal policial ventiló la vivienda y solicitó la presencia de los Bomberos de la Ciudad. Tras revisar las instalaciones, se determinó que el calefón presentaba una conexión defectuosa para la salida de gases, lo que generó la acumulación de monóxido.

«El aparato funcionaba de forma antirreglamentaria, sin ventilación adecuada, y esto habría desencadenado el peligroso episodio.»

Intervienen organismos técnicos y de control

La Oficina de Siniestros y Metrogas fueron convocadas para realizar una inspección técnica tanto del artefacto involucrado como del sistema de ventilación del edificio, con el fin de evaluar posibles riesgos estructurales o de instalación.

Salud de las víctimas bajo seguimiento médico

El estado actual de salud de la mujer y del niño permanece bajo observación. Hasta el momento, no se ha confirmado la gravedad del cuadro ni su evolución clínica.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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