DDHH
Paternidades deseadas: 100 días de licencia por el nacimiento de su hijo
Una resolución sin precedentes para la Administración Pública Nacional, fundada en «proteger el interés superior de los menores y garantizar la consecución de los derechos y obligaciones que los trabajadores y trabajadoras tienen en el ámbito de sus responsabilidades parentales con aquellos».
La familia que integran Gastón Pérsico, Nicolás Molina y su pequeño hijo Bautista constituye una rareza en la Argentina actual, no porque la conforman dos papás o porque el bebé llegó al mundo por gestación solidaria, sino porque uno de los padres pudo tomarse una licencia de 100 días por nacimiento gracias a una disposición especial del Senasa, donde trabaja.
Es que, excepto quienes están bajo convenios específicos y desde que se sancionó la Ley de Contrato de Trabajo en 1976, las licencias por paternidad duran sólo 48 horas; situación que busca subsanar el proyecto oficial «Cuidar en Igualdad» presentado por el Ejecutivo a partir de un reclamo histórico que cobró fuerza el año pasado con el lanzamiento de la Campaña Paternar que integran una decena de organizaciones.
«Para nosotros es como un sueño hecho realidad, después de tantísimos años de búsqueda y lucha. El momento de la cesárea y todo lo que vino después es para decir ‘pellizcame para saber si esto es real’, sumado al revuelo público por lo inédito de mi licencia», contó Gastón sobre su bebé de 25 días desde la localidad cordobesa de Río Ceballos.
En pareja desde hace ocho años, con el primer aniversario de relación se hizo patente que la paternidad era «un sueño compartido» y para lograrlo la primera opción fue anotarse en el Registro Único de Aspirantes a Guarda.
«Esperamos durante 5 años pero nunca nos llamaron ni para una entrevista a pesar de que cumplíamos legalmente con todos los requisitos y hacíamos las renovaciones anuales. Y no éramos solo nosotros porque había gente que hacía 10 años que estaba esperando», agregó este ingeniero agrónomo que trabaja como inspector certificante en el sector de Lácteos del Centro Regional Córdoba.
Como la espera les pareció «insólita», la pareja comenzó averiguar por subrogación en el extranjero, lo que fue una opción alcanzable, tras lo cual surgió la posibilidad de hacer una gestación solidaria con autorización judicial, es decir, que otra persona llevara adelante el embarazo a partir de gametos –óvulo y espermatozoides- de banco y la criatura pudiera ser anotada como hijo de la pareja, que es quien tuvo la voluntad procreacional.
Ocho meses después llegó la resolución favorable del tribunal de familia y con las autorizaciones en su poder una amiga inició el tratamiento de fertilización asistida de alta complejidad en una clínica de Córdoba.
En enero de 2022, ya avanzado el embarazo, Gastón presentó ante el Senasa un pedido para que que se le conceda una licencia especial por nacimiento por un lapso similar al que se otorga por maternidad para poder abocarse completamente al cuidado de su bebé.
Tres meses después, su pedido tuvo una respuesta favorable a través de una resolución sin precedentes no sólo para el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) sino también para la Administración Pública Nacional, fundada en «proteger el interés superior de los menores y garantizar la consecución de los derechos y obligaciones que los trabajadores y trabajadoras tienen en el ámbito de sus responsabilidades parentales con aquellos».
«La resolución tardó porque no había precedente, querían ayudarme pero había que encontrar un paragüas jurídico que finalmente fue la Convención Internacional de los Derechos del Niño», dijo Pérsico, quien junto a su pareja están incorporándose a Paternar, la campaña por la ampliación de la licencia por paternidad.
Gastón y Nicolás también debieron sobrellevar el vacío legal en el que se encuentra la gestación por sustitución en la Argentina, puesto que no fue contemplada en la redacción de la Ley de Fertilización Asistida ni en el reformado Código Civil.
«Nosotros nos desangramos para poder pagar el tratamiento, hoy alquilamos casa porque toda la plata se nos fue en eso porque la obra social no nos cubrió nada y tuvimos que pagar todo de manera privada. Recuerdo que una vez tuve que comprar progesterona y hasta eso me rechazaron cubrir, porque (como varón) no podés usar progesterona a no ser que estás haciendo una transición», dijo Pérsico.
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A 71 años del bombardeo a Plaza de Mayo: la masacre impune que sigue sin condena
El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma.
El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron y alrededor de 2.000 resultaron heridos. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma: donde antes caían bombas, hoy caen sentencias judiciales fabricadas a medida.
El día que las Fuerzas Armadas atacaron al pueblo
El jueves 16 de junio de 1955 amaneció como un día de confrontación abierta entre el gobierno de Juan Domingo Perón y sectores del establishment eclesiástico, militar y empresarial que buscaban su caída. A media mañana, decenas de aviones de la Aviación Naval y parte de la Fuerza Aérea despegaron con un objetivo preciso: asesinar al presidente constitucional y derrocar el gobierno peronista.
Las bombas cayeron sobre la Plaza de Mayo y las calles aledañas. Las aeronaves, que llevaban inscripta la leyenda «Cristo vence» como símbolo de la alianza entre el catolicismo conservador y los sectores golpistas, atacaron sin distinción a los civiles congregados. Uno de los proyectiles impactó directamente contra un trolebús repleto de pasajeros. El saldo de la masacre fue de más de 350 muertos y cerca de 2.000 heridos, en lo que representó el mayor ataque armado a la población civil en suelo argentino hasta entonces.
Perón se refugió en el Edificio Libertador. Las tropas leales al Gobierno frenaron el alzamiento esa misma tarde. Los golpistas que no lograron escapar fueron sometidos a consejos de guerra, pero los principales responsables se exiliaron en Uruguay, donde el presidente Luis Batlle les otorgó asilo político. Entre los implicados en los hechos de aquella jornada figuraba un joven oficial, Eduardo Emilio Massera, quien años después encabezaría uno de los comandos de la dictadura genocida de 1976.
El contexto político: lo que no podían ganar en las urnas
El ataque del 16 de junio no fue un hecho aislado. Se inscribió en una estrategia política de sectores que comprendían que el peronismo era imbatible en elecciones libres. En 1954, el oficialismo había obtenido el 62,54% de los votos, consolidando una base popular que ninguna fuerza opositora podía erosionar por vías democráticas. A esa fortaleza electoral se sumaba una distribución del ingreso sin precedentes en América Latina: bajo la gestión peronista, los trabajadores alcanzaron una participación de alrededor del 53% en el PBI, un dato que irritaba profundamente a las élites económicas tradicionales.
El conflicto con la Iglesia Católica, desatado tras la sanción de la ley de divorcio y la eliminación de la educación religiosa en las escuelas públicas, les proveyó a los sectores conservadores una coartada moral para acelerar el camino del golpe. La masacre del 16 de junio fue la primera expresión de esa alianza entre el poder económico concentrado, la jerarquía eclesiástica y fracciones de las Fuerzas Armadas.
La impunidad como política de Estado
El bombardeo fracasó como golpe de Estado en junio, pero logró su objetivo tres meses después. El 16 de septiembre de 1955 la autodenominada Revolución Libertadora derrocó a Perón, quien partió al exilio y no regresaría al país hasta 1973, luego de 18 años de proscripción. Los crímenes cometidos el 16 de junio nunca fueron juzgados con la profundidad que merecían. La masacre permaneció impune, borrada del relato hegemónico durante décadas, mientras se amplificaba mediáticamente la reacción espontánea de militantes que indignados incendiaron algunas iglesias aquella misma noche.
La Revolución Libertadora proscribió al peronismo, persiguió a sus militantes y sindicalistas, fusiló opositores en los basurales de José León Suárez y firmó el primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la historia argentina. El ciclo de violencia política inaugurado aquel 16 de junio no se cerró en 1955: se prolongó, con diferentes intensidades y métodos, durante décadas.
71 años después: la misma matriz, distintas herramientas
A 71 años del bombardeo, el odio al peronismo sigue vigente aunque ya no cae desde el cielo en forma de bombas. Opera hoy en los tribunales, en los sets de televisión, en los escritorios de jueces funcionales al poder económico. La condena a Cristina Fernández de Kirchner en la causa Vialidad, en diciembre de 2022, debe leerse en esa continuidad histórica: una proscripción no por medios militares, sino judiciales; no con aviones, sino con sentencias diseñadas sin pruebas directas. Tal como señalaron organismos de derechos humanos y juristas de distintas corrientes, la instrucción de esa causa estuvo plagada de arbitrariedades, escuchas ilegales, filtraciones mediáticas y operaciones de prensa.
Esta estrategia de persecución jurídica a líderes populares, conocida como lawfare, combina jueces, grandes medios de comunicación y servicios de inteligencia para desacreditar e inhabilitar políticamente a quienes representan al campo nacional y popular. El mecanismo fue reconocido y analizado por decenas de organizaciones de derechos humanos, académicos y juristas en Argentina y en el mundo. No es una teoría conspirativa; es una metodología documentada.
En 1955, sectores de la Sociedad Rural, la jerarquía eclesiástica y fracciones castrenses empujaron el golpe. Hoy son grupos mediáticos concentrados, grandes poderes económicos y una parte del Poder Judicial quienes reproducen esa misma lógica. El objetivo tampoco cambió: restaurar un orden donde el mercado imponga las reglas y el Estado abandone toda función redistributiva. En 1955 se habló del «tirano prófugo». Hoy se construye la figura de la «jefa de una asociación ilícita». La estigmatización es una constante que atraviesa décadas y adapta su lenguaje a cada época.
La resistencia como hilo histórico
El intento de asesinar a Perón fracasó, pero logró su proscripción por 18 años. La condena judicial a Cristina, en 2022, no pudo borrarla del escenario político. En ambos casos, la resistencia popular fue la respuesta. Los hijos de los fusilados de José León Suárez militaron en unidades básicas. Las Madres de Plaza de Mayo, cuyo origen como movimiento de lucha está indisolublemente ligado a las consecuencias políticas del ciclo abierto en 1955, marcharon durante décadas reclamando Memoria, Verdad y Justicia. Y las nuevas generaciones reconocen en esa historia una continuidad que ninguna sentencia ni ninguna bomba logró interrumpir.
Recordar el bombardeo del 16 de junio de 1955, a 71 años de aquella masacre impune, no es un ejercicio nostálgico. Es comprender que los mismos intereses que ordenaron lanzar bombas sobre trabajadores siguen operando, con otras herramientas y otros actores, contra cualquier proyecto político que coloque al pueblo en el centro de las decisiones.
Puntos clave
- El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo con más de 14 toneladas de explosivos, dejando más de 350 muertos y alrededor de 2.000 heridos.
- El ataque buscó asesinar al presidente constitucional Juan Domingo Perón, quien había sido reelecto en 1954 con el 62,54% de los votos; fracasó ese día, pero derivó en el golpe de la Revolución Libertadora tres meses después.
- Los responsables de la masacre nunca enfrentaron una condena proporcional a sus crímenes; el bombardeo permanece impune 71 años después.
- El odio político al peronismo adopta hoy la forma del lawfare: persecución judicial, mediática y de inteligencia contra líderes populares como Cristina Fernández de Kirchner, con métodos distintos pero idéntica matriz.
- La resistencia popular frente a cada intento de proscripción es el hilo histórico que conecta las generaciones de 1955 con las actuales.
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