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El último adiós: Cristina despidió a Taty Almeida desde el balcón de San José 1111

El cortejo fúnebre de la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora pasó frente al departamento donde permanece con arresto domiciliario la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. La hija de Taty, Fabiana Almeida, le habló desde el cortejo con un megáfono: «Gracias. Mamá ya está con Ale. Sabés que te amamos».

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El cortejo fúnebre de la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora pasó este martes frente al departamento donde permanece con arresto domiciliario la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, en San José 1111 del barrio porteño de Constitución. El vehículo se detuvo unos minutos mientras militantes aplaudían y la hija de Taty, Fabiana Almeida, tomó un megáfono para dirigirse directamente a la exmandataria: «Gracias. Mamá ya está con Ale. Sabés que te amamos».

Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, conocida popularmente como Taty Almeida, murió el domingo 14 de junio de 2026 a los 95 años en el Hospital Italiano de Buenos Aires, donde permanecía internada. Su fallecimiento generó una profunda conmoción en el movimiento de derechos humanos, el ámbito político y sindical, y entre las organizaciones que durante décadas acompañaron su lucha incansable por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Una escena de profunda carga histórica y política

El momento de mayor tensión emotiva de la jornada se produjo cuando el cortejo fúnebre desvió su marcha para pasar por la puerta del departamento de la expresidenta, quien cumple arresto domiciliario en ese domicilio. Cristina se asomó al balcón, mientras un grupo de militantes que aguardaba en la vereda la acompañó con aplausos. El coche fúnebre se detuvo allí durante varios minutos.

Fue en ese momento que Fabiana Almeida, hija de la histórica referente, tomó un megáfono y se dirigió a la expresidenta. «Te queremos mandar un beso grande y agradecer todo lo que hiciste por nuestras viejas y mamá», expresó. «Gracias Cristina, vos tendrías que haber estado acá al lado acompañándonos. Gracias de corazón«, agregó, en referencia al impedimento legal que la mantiene recluida en su domicilio. La frase que quebró el silencio de la tarde fue la más emotiva: «Mamá ya está con Ale», en alusión al reencuentro simbólico de Taty con su hijo Alejandro Almeida, detenido-desaparecido durante la última dictadura cívico-militar.

Cristina ya había publicado un mensaje en sus redes sociales apenas se conoció el fallecimiento: «Luchadora incansable que honraste la vida. Hasta siempre querida Taty«, escribió junto a una fotografía de la militante.

El velatorio en FOETRA y el último deseo de Taty

La despedida de Taty Almeida se realizó en la sede del sindicato FOETRA (Federación de Obreros y Empleados Telefónicos de la República Argentina), ubicada en Hipólito Yrigoyen 3171, en el barrio porteño de Balvanera. La elección del lugar no fue casual: su hija Fabiana reveló que fue la propia Taty quien lo pidió antes de morir. «Mamá quería ahí, en un sindicato. Nada de Legislatura, nada de Congreso. Sí en un sindicato de trabajadores, y FOETRA siempre fue con nosotros, con las Madres, muy solidaria», explicó.

El velatorio, que comenzó el lunes 15 a las 14 y se extendió hasta el mediodía del martes, se realizó a cajón cerrado. Junto al féretro se colocaron una fotografía de Almeida y el histórico pañuelo blanco que la acompañó durante décadas en cada marcha y actividad vinculada a los derechos humanos, con el nombre de Alejandro bordado en su tela. También fue su última voluntad que los asistentes no llevaran flores, sino que donaran esos fondos a la causa de las Madres de Plaza de Mayo.

Cientos de personas se acercaron durante toda la jornada del lunes, con filas que llegaron a ocupar hasta tres cuadras. Militantes de distintas generaciones, dirigentes políticos, referentes sindicales y ciudadanos anónimos se congregaron para rendir homenaje a una de las figuras más emblemáticas de la Argentina contemporánea. «Se fue un cuerpo cansado, pero todo lo demás queda y se multiplica. El amor, la militancia y la unidad«, expresó una de las personas presentes en el lugar.

Una vida transformada por la tragedia y la resistencia

Nacida el 28 de junio de 1930 en el barrio porteño de Belgrano, Taty Almeida transformó su vida a partir de la desaparición de su hijo Alejandro, militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), trabajador de la agencia de noticias Télam y estudiante de Medicina. Fue secuestrado el 17 de junio de 1975 por la Triple A, cuando tenía 20 años, antes incluso del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Esa tragedia la llevó a incorporarse al movimiento de Madres de Plaza de Mayo desde sus primeras rondas, y a convertirse en una de las voces más reconocidas de la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Paradójicamente, Taty provenía de una familia de tradición militar. Su padre, Carlos Vidal Miy, fue teniente coronel de Caballería; su hermano varón alcanzó el grado de coronel; y sus tres hermanas mujeres se casaron con oficiales de Aeronáutica. Ella misma reconoció esa contradicción con humor y lucidez en una entrevista con C5N en marzo de 2026, al cumplirse 50 años del golpe de Estado: «Alejandro siempre me abrazaba y me decía ‘esta gorilita de mierda y, sin embargo, la quiero’. Ya me afeité», dijo sobre sí misma, describiendo la transformación política que vivió a partir de la pérdida de su hijo.

En ese mismo diálogo, su último mensaje público de relevancia, Almeida resumió en una frase el espíritu de toda una vida: «Que sepa Javier Milei y compañía que ¡no nos han vencido!«.

Sus restos serán inhumados en el Cementerio de Chacarita

Al concluir el velatorio este martes al mediodía, el cortejo partió desde la sede de FOETRA hacia el Cementerio de Chacarita, donde sus restos serán inhumados. La parada frente al departamento de Cristina Fernández de Kirchner en San José 1111 fue el último tramo de una despedida que movilizó a miles de personas y cerró un capítulo de la historia argentina contemporánea marcado por la resistencia, la dignidad y la búsqueda de verdad.

CABA

Menos psicopedagogos, más policías: la escuela porteña deja de ser un lugar de cuidado

El protocolo porteño habilita el ingreso de la Policía de la Ciudad a las escuelas a pedido de los directivos, por orden judicial o por fuerza mayor. Ninguna ley lo impedía, pero la comunidad educativa lo defendió como una conquista democrática.

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La Policía de la Ciudad tiene, desde este lunes, una puerta formal para entrar a las escuelas porteñas. El nuevo protocolo del gobierno de Jorge Macri convierte en norma escrita lo que durante décadas la comunidad educativa resistió: la presencia de uniformados dentro de las aulas como respuesta a los conflictos escolares. La intervención policial podrá darse a pedido del propio colegio a través del 911, por orden judicial o por razones de fuerza mayor ante un riesgo inminente.

La habilitación forma parte de la Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26, publicada en el Boletín Oficial porteño con la firma de los ministerios de Educación, Justicia y Seguridad de la Ciudad y del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. La norma adapta las escuelas al nuevo Régimen Penal Juvenil (Ley 27.801), vigente desde el 5 de septiembre, e impone a los directivos el deber de denunciar ante la Justicia a estudiantes desde los 14 años por hechos que pudieran constituir delitos, incluso fuera del establecimiento. El documento trascendió el fin de semana, cuando Federico Puy, secretario general adjunto de Ademys, lo difundió en su cuenta de X.

Un límite sin ley, pero con memoria

La frontera entre la escuela y la policía nunca estuvo escrita en una ley para los niveles obligatorios. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) lo explicó en sus recomendaciones sobre policías en las escuelas: a diferencia de lo que ocurre con las universidades públicas, no existen normas en la Ciudad ni en la provincia de Buenos Aires que impidan a la policía ingresar a un establecimiento escolar, aunque sí hubo proyectos de ley que nunca fueron tratados. La única prohibición expresa es el artículo 31 de la Ley de Educación Superior, que veda el ingreso de la fuerza pública a las universidades nacionales sin orden judicial o pedido de sus autoridades.

Lo que sostuvo ese límite fue otra cosa: la Convención sobre los Derechos del Niño, la Ley 26.061 de Protección Integral y un consenso político y pedagógico construido desde 1983. La escuela democrática se pensó como un espacio de cuidado, justamente porque la dictadura la había convertido en territorio de vigilancia. El régimen militar difundió en 1977 el folleto “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)”, que ordenaba a docentes y directivos detectar al “enemigo” entre sus alumnos; y en septiembre de 1976, en La Plata, un grupo de estudiantes secundarios que habían reclamado por el boleto estudiantil fue secuestrado en lo que se conoce como la Noche de los Lápices.

La escalada porteña

El protocolo actual no nació de la nada. El 28 de marzo de 2018, durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, el Ministerio de Seguridad porteño aprobó mediante la Resolución 86/2018 un “Protocolo de Ingreso a los Establecimientos Educativos de la Ciudad de Buenos Aires”, que nunca se publicó en el Boletín Oficial.

Según el texto filtrado por UTE, su primer artículo establecía que “el personal policial podrá ingresar a los edificios o inmuebles escolares cuando sea requerida su presencia por alguno de los miembros del equipo de conducción del establecimiento”.

Llegó apenas 40 días después del protocolo antitomas impulsado por la entonces ministra de Educación, Soledad Acuña, y el entonces secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, se negó a hacer público su anexo con el argumento de que solo servía a los efectos “de la comunicación interna” de la fuerza.

Ese mismo año, Ademys denunció que, el día previo al tratamiento del aborto legal en Diputados, la policía entró a una escuela secundaria tomada para desalojar a los estudiantes. En 2022, frente a nuevas intervenciones, el secretario adjunto de UTE, Eduardo López, lo resumió en una frase: “La escuela no es un lugar para la Policía”.

El paso siguiente llegó en abril de este año. Tras la ola de amenazas de tiroteos que se multiplicó en todo el país después del ataque en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, el 30 de marzo, el gobierno porteño activó un protocolo que dispuso que, ante una denuncia realizada por la escuela o por un tercero, el equipo directivo deberá permitir el ingreso de la Policía al establecimiento. La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, lo justificó así: “La respuesta tiene que ser, al mismo tiempo, seguridad y formación. Protocolo y acompañamiento. Consecuencia y reparación”. Estudiantes, familias y docentes respondieron entonces con una consigna que hoy vuelve a circular: “No a la policía en las escuelas”.

Qué cambia ahora

La diferencia con los antecedentes es de escala y de lógica. El ingreso policial ya no aparece como una excepción ante un arma o una amenaza puntual, sino como una pieza dentro de un circuito que empieza con la obligación de denunciar a adolescentes de 14 años.

El nuevo texto exige que los efectivos se identifiquen, actúen “respetando los derechos” de niñas, niños y adolescentes y procuren “cesar el riesgo”; también prohíbe a las escuelas interrogar a los alumnos.

Las salvaguardas contrastan con los estándares que organismos de derechos humanos promovieron durante años. El CELS recomendó atender a la policía en la puerta mientras se evalúa la situación, sobre todo si los efectivos están armados y hay chicos en el edificio.

Y recordó una pauta de la guía elaborada por la provincia de Buenos Aires junto a UNICEF: no deben brindarse nombres de estudiantes a ninguna autoridad policial sin un oficio judicial, y la policía no puede tomar contacto con ningún menor de edad, aun cuando se presuma que tiene un arma, hasta que llegue un familiar o adulto responsable.

“Una antesala de las cárceles”

Puy advirtió que el protocolo “obliga a las directoras a denunciar a estudiantes que ‘podrían estar cometiendo un delito’”, sostuvo que “constituye una clara persecución a los jóvenes” y alertó que busca convertir a las escuelas en una “antesala de las cárceles”. UTE, por su parte, rechazó “que las escuelas se conviertan en puertas de entrada al sistema penal” y advirtió “sobre el riesgo de estigmatización y criminalización de niñas, niños y adolescentes”; el gremio reclamó equipos especializados, formación y recursos para abordar los conflictos sin judicializarlos.

Ninguna ley impedía que un patrullero estacionara frente a una escuela y sus agentes cruzaran el portón; lo impedía una idea de la democracia sobre qué lugar ocupan los chicos en la sociedad. Con este protocolo, el gobierno porteño elige reemplazar gabinetes, psicopedagogos y equipos de orientación por el 911, y deja la resolución de los conflictos adolescentes en manos de quienes están entrenados para otra cosa.

Lo que tenés que saber del Protocolo

  • La Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26 habilita el ingreso policial a las escuelas porteñas a pedido del colegio, por orden judicial o por fuerza mayor.
  • No existe una ley que prohíba el ingreso policial a escuelas; la única prohibición expresa rige para las universidades nacionales, por el artículo 31 de la Ley de Educación Superior.
  • En 2018, la Resolución 86/2018 del Ministerio de Seguridad porteño aprobó un protocolo de ingreso a escuelas que nunca se publicó en el Boletín Oficial.
  • En abril de 2026, tras las amenazas de tiroteos, la Ciudad ya había dispuesto que los directivos permitieran el ingreso policial ante una denuncia.
  • Ademys y UTE rechazaron el nuevo protocolo por criminalizar a las adolescencias.

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