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Violencia de Género

Séptimo aniversario de #NiUnaMenos: la marea violeta es imparable

Las manifestantes exigieron una reforma judicial feminista, Ley Integral Trans y una efectiva aplicación de la Educación Sexual Integral (ESI) así como de la Ley Micaela, como herramientas para luchar contra la violencia de género.

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Miles de manifestantes, organizaciones políticas y movimientos sociales se concentraron esta tarde en Buenos Aires y en las plazas céntricas de las grandes ciudades del país para exigir un freno a los femicidios y un castigo a los responsables de la violencia de género, en el contexto del séptimo aniversario de la primera marcha Ni Una Menos.

Poco antes del acto, el presidente Alberto Fernández se reunió en la Casa de Gobierno con un grupo de familiares de víctimas de femicidio y ratificó que desde el Poder Ejecutivo «se escuchó la demanda de las calles» y se diseñaron políticas públicas para acompaar a «quienes atraviesan situaciones de violencia de género».

La vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner también expresó su «solidaridad» con las mujeres que se movilizaron en todo el país y dijo que «siempre antes de la violencia física hay una violencia simbólica, la de la palabra».

Por su parte, la ministra de Mujeres, Géneros y Diversidad, Elizabeth Gómez Alcorta, afirmó que se está construyendo «un Estado que garantice vidas libres de violencias», al resaltar la lucha que vienen llevando a cabo diferentes sectores de la sociedad para erradicar los feminicidios y otras violencias de género.

En el contexto del acto, además, la ministra destacó la movilización y dijo que el reclamo «es para que no nos falte ni una mujer más en manos de la violencia machista».

La protesta en Buenos Aires en contra de la violencia machista, que se tiñó de violeta e incluyó bombos e intervenciones musicales y artísticas, se extendió desde el Congreso de la Nación y recorrió Avenida de Mayo hasta la Nueve de Julio.

A su vez, las manifestantes exigieron una reforma judicial feminista, Ley Integral Trans y una efectiva aplicación de la Educación Sexual Integral (ESI) así como de la Ley Micaela, como herramientas para luchar contra la violencia de género.

Los familiares de víctimas de femicidios y mujeres que sufrieron violencia de género también estuvieron presentes para exigir justicia, en un contexto en el que se registra un femicidio cada 34 horas, según datos de la Oficina de la Mujer (OM) de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

«Hoy se cumplen seis meses de que mi hija está desaparecida», manifestó María Roldán de la ciudad de El Jagüel, partido de Esteban Echeverría, y madre de María Luján Barrios, quien remarcó que su hija «tiene cuatro hijos que la están esperando».

«Estoy en la lucha como todas las madres. Hoy es la mía y mañana no sé quién más puede ser, así que estoy acá y seguiré luchando por mi hija hasta que aparezca y por mis nietos», sostuvo Roldán.

Las niñeces también estuvieron presentes en la marcha, como es el caso de Ana, de 11 años, quien expresó: «Me pone triste saber cuántas mujeres mueren simplemente por ser mujeres», y levantó un cartel exigiendo «Ni una menos, no al patriarcado, justicia, nos queremos vivas».

Por su parte, Ingrid, mamá de una niña trans de 7 años y miembro de la asociación Infancias Libres, contó que acompaña el pedido «a favor de las compañeras que reclaman el Ni Una Menos y también para reclamar por Ni una niña trans menos», y agregó que «el colectivo trans tiene una expectativa de vida de 40 años».

«Las infancias trans son infancias que se invisibilizan, ya sea en las escuelas, en los centros de salud, en todos lados. Por eso estamos acá, para acompañar esta lucha» continuó.

Y agregó que «son las vidas de nuestros hijes los que están en juego, queremos que nuestros hijos lleguen a viejes».

Muchas de las manifestantes presentes ya habían asistido a marchas anteriores, pero también hubo quienes participaron por primera vez, como es el caso de Micaela, de 32 años, oriunda de Tierra del Fuego, quien manifestó que encontrarse con «todo este mundo violeta y verde por primera vez es increíble».

Asimismo, activistas que recordaron la primera marcha del Ni Una Menos en 2015, remarcaron la importancia de seguir luchando y de implementar herramientas de manera «urgente»: «Necesitamos que esto no se repita, y para eso tenemos que hacer una implementación real de la ESI, y aplicación de la ley Micaela en todos lados, es fundamental», señaló Noemí, que asistió a todas las marchas del movimiento.

Entre las organizaciones políticas que estuvieron presentes se encuentra el Movimiento Evita, Libres del Sur, Izquierda Latinoamericana, Movimiento Socialista de los Trabajadores, Peronismo por la Ciudad, y entre los movimientos sociales está Barrios de Pie, La Marea, Libres y Diversas y Mamá Cultiva.

En el marco de la movilización, colectivos feministas acordaron en un documento reivindicaciones que van desde una reforma que garantice el acceso a la justicia a las mujeres, lesbianas, bisexuales, travestis, trans y no binaries y castigue el asesinato de mujeres, y pidieron la aplicación en todo el país de la ley de interrupción voluntaria del embarazo.

El texto tiene 41 puntos de reinvidicaciones, entre las que destaca en primer lugar «¡Basta de Justicia patriarcal!» y se reclama «una reforma judicial feminista que garantice el acceso al sistema de justicia para mujeres, lesbianas, bisexuales, travestis, trans y no binaries».

Si bien la marcha tuvo su epicentro en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la protesta se replicó en varias ciudades, entre ellas La Plata, Rosario, Córdoba, Mar del Plata, Viedma, y en las provincias de Mendoza, Formosa, Corrientes, Jujuy y Tierra del Fuego.En Rosario, organizaciones de mujeres, sociales, políticas y del colectivo LGTBQ+ marcharon hasta el Monumento Nacional a la Bandera contra los femicidios y la violencia machistas en sus distintas manifestaciones.

Las manifestantes conformaron una columna que ocupó varias cuadras que recorrieron el centro de la ciudad santafesina, donde desde temprano un grupo de feriantes inició la jornada en el Parque Nacional a la Bandera, donde desde las 18 se iniciaron intervenciones artísticas que dieron paso a la llegada de la movilización.

En Córdoba, las agrupaciones feministas reclamaron la «destitución de jueces y funcionarios que amparan las violencias machistas», además de políticas públicas de seguridad, contra la pobreza, las desigualdades y la violencia criminal.

Las manifestantes marcharon desde avenida Colón y Cañada, junto a referentes de organizaciones sociales, de derechos humanos, partidos de izquierda, de diversidad sexual y familiares de víctimas, entre otros, para luego confluir en la zona del centro comercial Patio Olmos, donde pronunciaron los reclamos.

En la ciudad de La Plata, en tanto, miles de manifestantes marcharon bajo la consigna «nos queremos libres, vivas y desendeudadas».

La movilización, encabezada por familiares de víctimas de violencia de género, dirigentes políticas y representantes del colectivo LGBTIQ+, comenzó en Plaza Moreno y marchó por las calles céntricas de la capital bonaerense.

Si vivís una situación de violencia de género o conocés a alguien que necesite ayuda llamá gratis al 144, mandá un mensaje al 11 5050 0147 o por WhatsApp al +54 911 2771 6463. También podés descargar acá una app para recibir ayuda de profesionales.

Entrevista

“Rezamos cada mañana para no dormir en la calle”: huyó de la violencia machista en Argentina y denuncia abandono en España

Valeria De Bernardinis habló con El Argentino sobre la violencia que la obligó a huir del país junto a sus hijos. Hace siete años viven en España entre la precariedad, las secuelas psicológicas y el temor de quedar en la calle, mientras reclaman ayuda urgente del consulado argentino y que la Justicia los reconozca como víctimas para acceder a derechos básicos.

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Vivimos el día a día, prácticamente no tenemos para comer. Rezamos cada mañana para no dormir en la calle esa misma noche”. La frase sale de la boca de Valeria De Bernardinis, pero atraviesa a toda la familia. «Hace 7 años y 145 días» vive en España junto a sus dos hijos menores -hoy 16 y 19 años-, uno de ellos con autismo severo y el otro diagnosticado con trastorno por estrés postraumático. Escaparon de Argentina después de años de violencia extrema, amenazas y denuncias que -asegura- nunca lograron protegerlos del todo.

Hoy, lejos de encontrar tranquilidad, dice sentirse nuevamente abandonada. “El consulado argentino nos ha abandonado literalmente”, denuncia, al tiempo que reclama una vivienda urgente, la restitución de la pensión por discapacidad de uno de sus hijos -suspendida desde febrero- y que la Justicia española finalmente los reconozca a los tres como víctimas de violencia machista, condición que les permitiría acceder a asistencia económica, programas habitacionales y derechos básicos. 

Un botón antipánico y 148 denuncias

La historia que hoy la tiene al borde de quedar en la calle comenzó mucho antes de España. Valeria ya era madre de un hijo de 11 años de un matrimonio anterior cuando conoció a Dionisio Ruiz Díaz a comienzos de los 2000. “Él lo quería más que a sus propios hijos”, recuerda con angustia.

Al principio, la violencia fue silenciosa: “Me fue apartando de mis amistades, de todo mi entorno. Me hacía creer que sin él yo no era nadie”. Después llegaron los golpes: “Perdí cinco embarazos por las palizas”. Durante años ocultó la violencia incluso frente a médicos y conocidos. “Decía que me había caído o golpeado con una puerta”, y confiesa que sentía «vergüenza«. 

Valeria asegura que convivió durante años con miedo constante. En octubre de 2016 consiguió una perimetral y fue una de las primeras mujeres de Almirante Brown en recibir un botón antipánico. “A mí ese botón me salvó la vida”, asegura.

Pero ni las denuncias ni las restricciones alcanzaron para frenar a su agresor. Según relata, violentaba las órdenes de alejamiento y vigilaba la vivienda permanentemente. Valeria llegó a realizar “59 denuncias en lo civil y 89 en lo penal”. El episodio que terminó de quebrarlo todo ocurrió una semana antes de viajar a España. Según cuenta, su expareja intentó incendiar la casa familiar de Claypole mientras ella y los chicos estaban adentro: “Escondí a mis hijos debajo de la cama y pensé: ‘Que sea lo que Dios quiera’”. 

Asimismo, cuenta que la policía llegó después de la activación del botón antipánico y que el hombre «fue detenido con un bidón de combustible en la mano». Sin embargo, horas después recuperó la libertad: “Me dijeron que cuando llegara a mi casa avisara para poder soltarlo”.

Dormían todos juntos en el comedor mientras patrulleros vigilaban la casa durante la noche. Para llevar a su hijo a las terapias necesitaba custodia policial. “A cada hora me llamaban para ver si seguía viva”.

Cabe señalar que la historia de Valeria refleja una problemática estructural que se repite en muchos casos de violencia de género: mujeres que denuncian durante años y aun así continúan expuestas a situaciones extremas. Según el Observatorio de Femicidios “Adriana Marisel Zambrano”, de La Casa del Encuentro, durante 2025 hubo 262 víctimas fatales de violencia de género en Argentina: un femicidio cada 33 horas. 

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En esta misma línea, la Asociación Civil “Ahora que sí nos ven” registra que entre el 1 de enero y el 30 de abril de 2026 hubo 80 víctimas fatales de violencia de género: un femicidio cada 36 horas. Casi el 20% de esas mujeres había denunciado previamente y en el 70% de los casos los agresores eran parejas o exparejas.

“Hasta que no subí al avión no sabía si iba a seguir con vida”

Después de aquél episodio, escapar fue la única alternativa posible. Valeria consiguió la autorización del padre para sacar legalmente a los chicos del país, vendió su casa y armó las valijas de madrugada. “Hasta que no subí al avión no sabía si iba a seguir con vida”, confiesa.

El refugio apareció a través de Facebook. Una familia española le ofreció alojamiento después de conocer su historia. Pero cuando llegó, asegura, todo fue distinto: “Me usaron”.

Según relata, le quitaron dinero, contactos y documentación y, cuando “se acabó el dinero”, los echaron de la casa en plena pandemia. “Dormíamos en el piso y nos tapábamos con nuestra propia ropa”.

Durante estos años distintas asociaciones y personas particulares les brindaron ayuda. Pero con el tiempo -dice- muchos terminaron alejándose por el desgaste emocional y económico que implicaba sostener una situación tan prolongada. La sensación de haber cometido un error la acompañó desde el comienzo: “Sentí que había cometido el peor error de mi vida”.

El miedo siguió en España

Los hijos de Valeria llegaron a España siendo apenas chicos. Tenían 9 y 11 años. Atrás habían quedado las denuncias, los patrulleros y la violencia cotidiana. Pero el miedo -asegura- nunca desapareció del todo.

El menor fue diagnosticado con un grave trastorno por estrés postraumático. “El desarraigo es enorme. Mi hijo extraña a su hermano mayor, que se quedó en Argentina, y no puede con todo lo que vivimos”, cuenta.

Según relata, las secuelas psicológicas se profundizaron con los años. El menor atravesó situaciones de bullying y discriminación escolar que terminaron afectando seriamente su salud emocional.

Pero lo peor volvió a ocurrir hace tres años. Valeria asegura que su expareja logró encontrarlos en España y secuestró durante varias horas a uno de sus hijos. “Creo que me desmayé cien veces en ese lapso”.

Todavía hoy recuerda esas horas como uno de los momentos más desesperantes de su vida. Para ella, hubo fallas graves que permitieron el ingreso de su agresor al país. “No falló el juez. Falló la policía”.

“No quiero dormir en la calle con mis hijos”

Siete años después de haber escapado de Argentina, Valeria asegura que volvió a sentir el mismo miedo: quedarse sola, sin protección y sin un lugar donde vivir. “La situación es cada vez peor. Vivimos el día a día. Prácticamente no tenemos para comer”, relata.

Hoy reclama que la Justicia española finalmente cierre el expediente y los reconozca formalmente como víctimas de violencia machista, algo que -según denuncia- permanece paralizado desde hace más de siete años en el Juzgado Nº3 de Sant Feliu de Guíxols.

En España, ese reconocimiento puede habilitar el acceso a asistencia económica, programas de vivienda, apoyo psicológico y otras ayudas sociales específicas. “Hasta que no nos reconozcan como víctimas, no podemos acceder a derechos básicos”, explica.

A eso se suma otra urgencia: desde febrero dejó de cobrar la pensión por discapacidad de uno de sus hijos. “Era lo único que me llegaba. Y hasta eso me sacaron”. Valeria asegura haber presentado toda la documentación requerida, incluida la fe de vida ante el consulado argentino en Barcelona, pero afirma que todavía no obtuvo respuestas.

La situación no es aislada. En distintos puntos de Argentina, familias vienen denunciando suspensiones de pensiones por discapacidad, demoras administrativas y falta de respuestas oficiales, en un contexto atravesado por auditorías impulsadas por el Gobierno nacional que alcanzaron a más de 110.000 beneficios durante el último año.

Pero detrás de los expedientes, las auditorías y las demoras administrativas, la urgencia de Valeria y sus hijos es mucho más simple y brutal: sobrevivir. Sin ingresos estables y con miedo constante a quedarse en la calle, intenta sostener a sus hijos como puede. “No quiero dormir en la calle con mis hijos”, repite.

Y aunque el miedo y el agotamiento parecen haber atravesado cada etapa de su vida, hay una ausencia que todavía le duele más que cualquier otra: la de su hijo mayor, que permanece en Argentina y al que no ve desde hace más de siete años. “¿Sabés lo que daría por un abrazo?”, dice con la voz quebrada.

Si queres colaborar con Valeria:

Banco BBVA a nombre de
María Valeria De Bernardinis

“Hoy no sé quién soy”

La historia de Valeria también atraviesa otra búsqueda: la de su identidad. En Argentina, Abuelas de Plaza de Mayo estima que todavía quedan alrededor de 300 hombres y mujeres que podrían haber sido apropiados durante la última dictadura militar y aún desconocen su verdadera identidad. “Yo siempre supe que era adoptada”, cuenta.

Según relata, fue criada por un matrimonio italiano y sufrió violencia durante toda su infancia. “Yo siento que me criaron mis secuestradores”.

Años después, mientras revisaba viejas valijas familiares, encontró partidas de nacimiento y comenzó a investigar sus orígenes. Así fue como Valeria logró descubrir quién era su madre biológica. Se llamaba Teresa Sandoval y trabajaba en una casa de Capital Federal.

Hay toda una historia oscura detrás”, que incluso la llevó a sospechar que pudo haber sido víctima de apropiación ilegal durante la última dictadura militar. “Cuando mi mamá dio a luz, el hijo de esa familia se fue a Israel y la abuela se suicidó. Hay muchas cosas que nunca pude entender”. Hoy, sigue buscando respuestas: “No sé quién soy”.

Línea 102
Si necesitas ayuda o conoces a alguien que esté expuesto a violencia, llamá al 102. Es un servicio gratuito y confidencial, de atención especializada sobre los derechos de niñas, niños y adolescentes. Podés llamar ante una situación de vulneración de derechos. Si vivís una emergencia llama al 911.

 

 

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