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Acusaron a Laje por «acoso sexual»
«Si no te acostás con él, te echa sin ninguna explicación», denunció Eugenia Morea, quién se descargó contra el periodista en Instagram y lo acusó de acosar a todas las mujeres que trabajan con él.
Los días pasan y cada vez son más las voces que se alzan en contra de Antonio Laje a raíz de la abrupta salida de María Belén Ludueña de los programas Buenos días América y Buenos días América Extra, los cuales se emiten por las pantallas de América TV y A24. la última en sumarse a la polémica fue Eugenia Morea, periodista y actual panelista de Crónica TV, quien reveló que recibió propuestas indecentes de parte del periodista.
La primera en salir a hablar del maltrato laboral tras la salida de Ludueña fue Mai Pistiner. A ella se le sumaron los dichos de Fiorella Vitel y ahora, Morea no dudó en afirmar: «Parece que todas las mujeres que trabajamos con Antonio Laje no la pasamos bien. 7 años de ‘Buenos Días América’, programa que conduce Laje por América TV y sigue acosando mujeres. Si no te acostás con él, te echa sin ninguna explicación».
A su descargo, la panelista de Crónica TV le sumó una captura de pantalla con las declaraciones de Maite Pistiner, quien había destacado: «Es muy difícil hablar de estos temas, porque hay muchas cosas que en los medios no se dicen y se saben pero no se dicen, porque además el que las dice después se queda sin trabajo. Es re loco porque el noticiero es tan visto, es tan famoso, tiene tanta audiencia, que cualquier periodista estaría feliz de estar ahí».
Para Pistiner existe una contradicción por el mal clima que se vive en el programa de América debido a que se trata de un ciclo «que le da mucho prestigio al periodista, pero por otro lado, al menos en mi experiencia, yo no la pasé bien». «Hay veces que uno dice no quiero pasarla mal, está buenísimo ese trabajo, me da prestigio (pero no la paso bien). Lo único que puedo opinar es que (María Belén) es una gran, gran compañera, excelente compañera. Doy fe de lo laburadora que es», opinó.
Por eso, ante estos dichos, Morea reconoció que no fue a que estos casos de «maltrato» salieron a la luz que se animó a contar lo que vivió durante su convivencia con el periodista, aclarando que el miedo a denunciar este tipo de hechos dentro del medio suele ser mayor que el sufrimiento. «Hoy, 7 años después, me animo a contarlo. ¿Cuánto tiempo más los medios vamos a seguir cuidando y protegiendo a un acosador?», remató.
Además de Pistiner y Morea, Vitel -la nutricionista y ex columnista de Buenos Días América- también reveló que tuvo un muy mal paso por el noticiero de América. «Qué día fuerte para hablar de esto. Cuántas cosas voy reviviendo. Cuántas veces en mi cabeza aparece el ‘estás exagerando, mejor cállate, te vas a quedar sin laburo en los medios, no te conviene hablar si estás justamente buscando laburo'», contó.
A su vez, resaltó que el miedo a denunciar y hablar explícitamente sobre lo vivido no desapareció, pero afirmó que «el silencio es complicidad»: «Pero también tengo miedo. No sé. Estoy en una puja interna del cambio social que quiero y el pánico individual». Otra periodista que fue lapidaria con Laje fue Nancy Pazos: «A mí me pasó y terminé desistiendo de un juicio, porque no tenía ganas ni de acordarme del maltrato».
La ex panelista de LAM afirmó que «ser mujer y el maltrato lamentablemente son dos palabras que viene casi como condición sine qua non, a mí me ha pasado en todas las radios que estuve y en todos los medios». «Se animan porque sos mina, en el fondo ni ellos se dan cuenta, a Lanata no se lo harían, yo siempre lo pongo como ejemplo: ‘¿Vos le harías esto a Lanata?’, ¿le mentirías así en la cara?'», sostuvo en la FM Rock & Pop.
De esta manera, ya son muchos los que aseguraron que las salidas de Soledad Larghi, Julieta Navarro, Sofía Macaggi y Mina Bonino están relacionadas a problemas con Laje, quien por ahora mantienen el silencio y no se refirió al tema a pesar de que algunos colegas como Ángel de Brito ya lo acusaron abiertamente de «maltratador» y de tener detrás a «mucha gente que lo apoya».
Análisis
La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo
Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».
Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia
Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.
Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.
Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.
Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.
El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina
La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.
Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.
La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.
Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)
La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.
Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.
Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.
El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas
El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.
Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.
El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.
Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala
La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.
El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.
En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.
Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.
Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.
Machismo de guardapolvo blanco
Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.
La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.
Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.
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