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“La Policía de la Ciudad está al servicio de los peores intereses de una fuerza política”

@El Argentino entrevistó al escritor y periodista, Eduardo Silveyra que publicó “La Gorra: Prontuario de la policía de la Ciudad”.

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El escritor y periodista, Eduardo Silveyra, publicó “La Gorra: Prontuario de la policía de la Ciudad”. En diálogo con El Argentino recorrió los principales ejes del modo de operar de esta fuerza. “Cristina decía que Cambiemos era el grupo de tareas del FMI. Bueno, la policía porteña es la fuerza operativa de ese grupo de tareas”, dijo.

-¿Cómo fue el proceso de investigación previo a la escritura del libro?

El libro lo comencé a escribir a raíz de dos casos que llamaron mi atención: la desaparición del policía armenio de la Ciudad, Arshak Karhanyan; y el crimen de Lucas González. Esos fueron los puntos iniciales porque son casos paradigmáticos. En los dos se muestran los dispositivos que tiene la policía de la Ciudad cada vez que comete algún delito. Aparecen siempre el poder judicial y el poder mediático. Cuando mataron a Lucas González el comisario dio una orden para no grabar el procedimiento. Al mismo tiempo, apareció una abogada instruyendo a los agentes cómo declarar, cómo plantar las pruebas. Hay un diseño. En el caso de Arshak también. El fiscal Vismara pidió las grabaciones de las cámaras al gobierno de la Ciudad y le enviaron material de 24 horas después y 24 horas antes pero no del día en que desaparece. Hay un encubrimiento explícito y no es casual.

-¿A qué intereses responde ese entramado?

Forma parte de lo que es una fuerza de choque de un partido como Cambiemos y una fuerza operativa cuando hay que construir operaciones mediáticas y políticas. Por ejemplo, un día antes del atentado a Cristina, la Policía de la Ciudad, en conjunto con la Agencia General de Control, levantó todos los puestos de choripán y “casualmente” a los únicos vendedores ambulantes que dejó fue a los Copitos, involucrados en el atentado. Los abogados de Cristina pidieron investigar a esa fuerza y la jueza no dio lugar. Es una fuerza represiva y también operativa políticamente. La mayoría provienen de la Policía Federal, de la Bonaerense y de lo que fue la Metropolitana, que estaba integrada por agentes en su mayoría exonerados por delitos y corrupción. Sus primeros jefes venían de la Superintendencia de Seguridad Federal, echados durante el gobierno de Néstor por Nilda Garré como “Fino” Palacio y Osvaldo Chamorro.

-Pese a esta composición tan clara ¿No te parece que la derecha ha logrado construir consensos para que la fuerza policial pueda operar libremente con la aprobación de sectores amplios de la población?

Ese consenso es creado a través de los medios hegemónicos que te la presentan como una buena policía. Evidentemente no lo es, vive produciendo hechos delictivos a diario, tienen zonas liberadas, cobran peajes para delinquir, están prendidos en el menudeo del tráfico de drogas. Es una fuerza que proviene de la unión de la metropolitana, formada con todos los policías exonerados, y la policía federal, que manejaba todas las cajas delictivas en los territorios. La unión de dos cosas malas va a resultar en algo peor. Tiene una doble moral muy cruel. Por ejemplo, en políticas de género, la cantidad de femicidios que hay dentro de la fuerza es enorme. Cada cinco femicidios que se cometen en la Ciudad uno es cometido por un integrante de la policía de la Ciudad y encima con el arma reglamentaria. La policía de la Ciudad también superó en los casos de gatillo fácil a la Bonaerense, que tiene muchos más efectivos (la policía de la Ciudad tiene 28.000 efectivos, la Bonaerense 140.000). Ya sabemos lo que hace la derecha para mantenerse en el poder; reprime, mata, encarcela, avasalla. El punto es qué herramientas creamos, desde el campo popular, para quebrar ese poder.

-¿Cuál es tu conclusión sobre esa fuerza?

Que es una especie de Gestapo. Aparte de la operatividad represiva, la policía de la Ciudad está al servicio de los peores intereses de una fuerza política. El 26 se van a cumplir 10 años de la represión en el Borda, entonces era todavía la Metropolitana, reprimieron a mansalva a internos, periodistas, legisladores con el fin de desalojar un taller protegido para avanzar con un negociado que tenía Macri. En ese momento era instalar un centro cívico con bares, restaurantes, todo lo que hace Cambiemos. Semanas atrás, fueron a las cinco de la mañana al galpón de Ortúzar más de 100 efectivos equipados para reprimir y demolieron el galpón para instalar un canil. Cuando allí funcionaban actividades comunitarias, culturales, un centro de jubilados y un bachillerato popular. Bueno, eso también es en función de algo que es el fenómeno de la gentrificación. Están construyendo edificios que violan incluso el propio código urbano que ellos sancionaron. Una fuerza policial al servicio de un proyecto político. Cristina decía que Cambiemos era el grupo de tareas del Fondo Monetario Internacional. Bueno, la policía de la Ciudad es la fuerza operativa de ese grupo de tareas.

Cultura

Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital

Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.

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El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.

La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.

La experiencia como respuesta millennial

Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.

Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.

También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.

La Generación Z y la identidad como presencia

La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.

Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.

La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.

De tener cosas a mostrar señales

Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.

En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.

Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.

Economía, acceso y prioridades

Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.

La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.

Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.

Comunidad y pertenencia

La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.

La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.

En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.

Riesgos de ambos modelos

Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.

Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.

Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.

Una diferencia de entorno, no de esencia

Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.

La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.

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