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Cultura

Una pareja de actores con tres premiadas obras llegan desde el off porteño

Los actores Pablo Mariuzzi y Lorena Szekely forman una dupla infalible en la vida y sobre el escenario. Por eso en esta temporada apuestan por partida triple a la cartelera independiente y oficial local, con dos unipersonales y una premiada adaptación sobre «300 millones» de Roberto Arlt.

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Por Majo Garufi

Un hombre busca trabajo hasta pulverizarse en la sombra de sí mismo. Una provocación, una poesía sobre nuestra actual realidad socio/política es lo que propone «Un señor alto, rubio, de bigotes” que se presentará este verano durante enero, en una única semana del 5 al 10 a las 21:30, en la sala Tierra del Cuatro Elementos Espacio Teatral (Alberti 2746).

Fotos: Pajarita Gráfica

Del poeta, novelista, ensayista e intelectual argentino Humberto Costantini, protagonizado por Pablo Mariuzzi, con dirección de Leonardo Odierna, la obra nos presenta a Fernando Sciardys, quien desde hace mucho tiempo, busca trabajo. Sí, un hombre que aún confía en la sociedad que lo expulsó. Bajo el halo de un sentido común impuesto, continúa su búsqueda sin cuestionarse nada. Poco a poco, ingresa a un limbo en donde lo real se disuelve en sus manos.

Este espectáculo del Grupo Sin Guarda, fue nominado a los premios “Trinidad Guevara” y “ACE 2019” en los rubros Mejor Actor Protagónico y Mejor Actor para obra de un solo personaje, respectivamente. Las entradas ya se encuentran en venta en Alternativa Teatral.

Dos días después será el debut de Lorena que, con unanimidad de la crítica en la calidad de su dramaturgia y actuación, y declarada de Interés por Cultura de La Plata y CABA, el Grupo Sin Guardia presenta “ALMA, de cuando dejó de ser Victoria y empezó a ser Alma”, unipersonal que se presentará en el Séptimo Fuego (Bolívar 3675) el 7 de enero a las 23:30 y 1 de la madrugada, y luego continuará 8 y al 9 de enero a las 23:30.

La obra se inspira en «El Alma Buena” de Se-Chuan, la película Irina Palm de Sam Garbarsky, en conjunto con otros disparadores, bajo la dirección de Leonardo Odierna y Armando Saire y que busca abordar temas como la trata de personas, la violencia de género y la discriminación socio-cultural. Una historia simple, poética, cercana. Y cruel, claro.

Por último, juntos llevarán adelante también el Mejor Espectáculo Alternativo con la Mejor Actuación Masculina en Teatro Alternativo para los ACE 2022: se trata de “Pajarita”, obra con la que a 90 años del estreno de “300 millones” de Roberto Arlt, Guillermo Parodi explora el puente entre aquel mundo y el presente.

Del 12 al 15 de enero a las 23 y del 9 al 12 de febrero a las 21 en la Sala Nachman del Teatro Auditorium, se presenta esta versión en la que Lorena Szekely interpreta a Sofía y recorre el universo de personajes de humo interpretados por Pablo Mariuzzi. Mejor Dirección y Mejor Actriz fueron las ternas en las que se encontró a esta pieza teatral en la última entrega de los Premios ACE.

Foto: Gabriel Reig

Una mujer muere víctima de la indiferencia, sueña que gana una fortuna y vive la vida de una gran señora. Es como Dorothy en el “Mago de Oz”, como Alicia en “El país de las maravillas”. La acción se da entre el sueño, la vigilia, la vida y la muerte. Pajarita se atreve a soñar de nuevo, sumergiéndose desde una mirada actual, en el mundo y la poética de Roberto Arlt. Se pregunta por el amor y homenajea al teatro argentino.

La obra se estrenó en el Teatro del Pueblo, tal como sucedió con el inspirador texto de Arlt.

Cultura

Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital

Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.

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El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.

La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.

La experiencia como respuesta millennial

Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.

Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.

También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.

La Generación Z y la identidad como presencia

La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.

Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.

La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.

De tener cosas a mostrar señales

Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.

En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.

Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.

Economía, acceso y prioridades

Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.

La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.

Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.

Comunidad y pertenencia

La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.

La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.

En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.

Riesgos de ambos modelos

Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.

Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.

Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.

Una diferencia de entorno, no de esencia

Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.

La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.

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