Espectáculos 🎭
Luciano Castro, la masculinidad rota y el espectáculo de la culpa
La filtración de audios que confirmaron la infidelidad de Luciano Castro a Griselda Siciliani desató una maquinaria de escarnio mediático. El varón que pide perdón, pero sigue siendo el centro.
El actor quedó expuesto tras la filtración de audios que confirmaron su infidelidad a Griselda Siciliani. Entre lágrimas televisadas, memes y pedidos de perdón, el escándalo volvió a mostrar cómo la farándula convierte el daño íntimo en consumo masivo.
Por horas, Luciano Castro fue tendencia. No por una obra, no por una película ni por un estreno. Fue por su caída. La filtración de audios que probaron su infidelidad a Griselda Siciliani desató una secuencia conocida: zócalos, panelistas, risas, humillaciones y una catarata de juicios morales convertidos en entretenimiento.
Pero detrás del show hubo algo más incómodo: un varón famoso enfrentado, por primera vez en cámara, a la idea de que no fue “una travesura”, sino una violencia emocional concreta.
“Desilusioné a la persona que más amo en mi vida”, dijo Castro en Puro Show e Intrusos, visiblemente quebrado. No habló de una aventura, habló de culpa, de vergüenza y de algo más profundo: “bastardear” una relación.
En sus palabras apareció algo poco habitual en el guion de la farándula: la admisión de que no se trató solo de deseo o error, sino de patrones, de conductas repetidas, de una autodestrucción que no se agota en una noche en España ni en una actriz danesa.
El varón que pide perdón, pero sigue siendo el centro
Luego de las declaraciones de Siciliani en el programa de Moria Casan, donde reconoció el daño que le provocaron los audios pero puso el foco en su pareja, quien fue el expuesto, Castro fue a los estudios de televisión. Pidió perdón, habló de angustia, reconoció el daño. Y aun así, el foco volvió a estar en él: en su sufrimiento, en su caída, en su vergüenza.
La escena es conocida: cuando un varón famoso engaña, el sistema lo transforma en protagonista del drama. La mujer queda reducida al rol de herida, pero sin voz propia. Siciliani aparece nombrada todo el tiempo, pero el error fue de él. Su dolor circula, pero es contado por él.
“Le dolió. Le molestó. No gritó”, relató Castro. Como si incluso el enojo femenino debiera ser administrado con corrección para no incomodar.
La farándula como tribunal y como circo
El actor también habló del escarnio público:
“Ya sos un meme”, dijo. Y ahí aparece la otra violencia: la del sistema mediático que convierte una crisis privada en un festival de burla, rating y linchamiento.
La farándula argentina funciona como un tribunal sin debido proceso: juzga, condena, humilla y luego se aburre. No repara. No cuida. No escucha a quien fue dañada. Solo necesita que el conflicto rinda.
En ese engranaje, la infidelidad deja de ser un problema de pareja y pasa a ser un insumo televisivo.
“Cuidame y te cuido”: el pacto roto
Castro fue claro en algo:
“‘Cuidame y te cuido’, y yo no lo hice”.
Ahí está el núcleo del asunto. No es el sexo, no es la actriz danesa, no son los audios. Es la ruptura de un pacto de cuidado, algo que en tiempos de vínculos más igualitarios empieza a ser nombrado con todas las letras. Él pide perdón y ella por ahora, paga el costo.
Entrevista
Muscari: «Frente a la falta de ficción, el teatro sigue siendo un gran lugar de encuentro”
El divorcio del año se corre de la comedia tradicional para poner en escena los vínculos familiares, la salud mental y la exposición mediática como marcas de época. En diálogo con El Argentino, Muscari y Rocío Igarzábal explican por qué esta obra interpela al público desde cuestiones profundas y reflexionan sobre los límites entre la intimidad y el espectáculo.
Por Andrea Reyes
El divorcio del año se estrenó el 2 de enero en el Multiteatro, sobre la calle Corrientes. “Es un proyecto que no se parece a ninguno de los que hice y se mete con un tema súper vigente”, asegura José María Muscari en diálogo exclusivo con El Argentino.
Junto a Rocío Igarzábal, el director y la actriz se sumergen en una comedia que toma al divorcio como puntapié para explorar emociones extremas, la salud mental y vínculos familiares atravesados por la exposición pública.
“Si te cuento la historia te resuena con el hoy, pero también a 30 años atrás”, grafica Muscari. En ese cruce entre intimidad y espectáculo, ambos reflexionan sobre los límites de la exposición mediática, especialmente cuando hay hijos involucrados.
-¿Cómo se armó el elenco de El divorcio del año?
-M: Con Tomás Rottemberg y Juan Manuel Caballé, fuimos bastante rigurosos en tratar de armar un elenco de cinco personas muy queridas, muy conocidas y muy profesionales, pero que no hayan terminado una obra de teatro ayer y hoy se suban de nuevo a otra. A veces, en la calle Corrientes parece que van cambiando los títulos, pero los elencos son siempre los mismos. Teníamos ganas de generar ese interés.
-Rocío, en tu caso, ¿qué fue lo que te llevó a decir “sí” apenas leíste el proyecto?
-I: Cuando terminé de leer el guión, me pasó algo en el cuerpo: se me erizó la piel y me reí durante toda la lectura y, a la vez, me emocioné mucho. Siento que es una obra que tiene este condimento tan Muscari de la comedia desde un lugar súper impactante, dinámico y rítmico, pero a la vez tiene esta profundidad que nos ancla en un lugar que nos toca a todos: los vínculos familiares y la exposición en las redes sociales; el tema de la salud, que se habla desde un lugar cómico, pero con total respeto.
-Los vínculos familiares ocupan un lugar central en esta obra. ¿Qué importancia tienen en sus vidas personales y cómo dialogan con el material que llevan al escenario?
-I: En mi caso, la construcción del personaje me conectó con frases que escuché en familiares cercanos, en momentos de crisis o angustia. Desde ese lugar, también me llevó a conectar con emociones que me hicieron empatizar con esos familiares y a darle otra perspectiva a la cuestión. Me siento más abierta a comprender estas problemáticas desde otro lado y, a la vez, a quitarles un poco de solemnidad: ponerlas sobre la mesa, hablarlas y compartirlas.
-M: Yo hablo desde la parte creadora, que es diferente, me parece, al tránsito como actor. Creo que cuando uno escribe o dirige una obra está dialogando con cosas propias todo el tiempo. Para mí, las obras son pretextos para drenar determinadas cosas que están adentro mío. Si bien no tuve separaciones conflictivas ni escandalosas, y tampoco, por suerte, en mi familia hubo problemáticas de salud mental, siento que algo de todo eso que la obra plantea me rodea y me toca.
-¿Creés que esa identificación es una de las claves de la potencia de la obra?
-M: Me parece que está bueno cómo la obra funciona como una especie de umbral o de espejo para que todo el mundo pueda identificarse. En algún momento odiaste a la persona a la que amabas, te manejaste con un hijo de una manera de la que te arrepentiste, hiciste de más cuando tendrías que haber hecho de menos. Todos estos colores atraviesan los personajes y el público también los recorre porque, indefectiblemente, se va a ver ahí reflejado.
-En la obra el hecho límite que hace estallar todo es un divorcio que se vuelve casi un espectáculo público, ¿sentís que eso también refleja algo de nuestra época?
-M: La obra recoge el guante en relación a muchas cosas mediáticas, pero si bien yo te cuento la historia y te resuena con el hoy, también la podés llevar a 30 años atrás, cuando Susana Jiménez le tiró el cenicero a Roviralta y todo el país estuvo pendiente de eso; o 20 años después, con la China, la palta y el motorhome, no sé.
Ahora, no hay inspiración directa, pero sí una resonancia inmediata. El personaje de Guillermina es una especie de empresaria del bardo, muy acostumbrada a construir su figura a través de los medios de comunicación. Él es un conductor número uno de noticieros que tiene dos caras: la que muestra cuando presenta la noticia y la que es en la vida cotidiana. Hay dos abogados y una hija que hoy tiene casi 30 años, pero que toda su vida estuvo expuesta a las redes sociales y cuya imagen es pública desde que nació. Esto ha pasado con muchos famosos y mediáticos en la Argentina.
-La exposición mediática y las redes sociales, especialmente cuando hay hijos involucrados. ¿Hasta dónde mostrar y hasta dónde proteger?
-I: Creo que hay una cuota de las redes sociales y de la exposición permanente que los pone a todos en un lugar de carnada para el espectador. En la vida cotidiana la gente se separa, tiene relaciones, pero este condimento de la red social y la exposición hace que todo tome una dimensión que ellos no pueden controlar. Esa ansiedad del celular, de ver qué le pasa al otro, atraviesa todo y también está presente en la obra.
-En tu caso personal como mamá, ¿cómo manejás esa tensión entre exposición e intimidad?
-I: Como mamá, yo no lo elijo para mi hija. Ella es muy chiquita todavía, entonces todo el tiempo está el diálogo, pero a medida que va creciendo también pregunta y tiene curiosidad. Creo que hay un respeto por su intimidad y por su infancia que es clave cuidar, porque su cerebrito no está preparado para lidiar con un montón de cosas del mundo virtual.
-José María, vos tenés un hijo adolescente. ¿Cómo lo acompañás y lo preparás frente a la exposición y al uso de redes sociales?
-M: En ese sentido, el proceso con mi hijo estuvo buenísimo porque, si bien estamos juntos hace relativamente poco como familia -apenas dos años y pico-, hasta que no tuve la adopción definitiva Lucio no pudo aparecer en ninguna red social y eso lo salvaguardó. Después, él mismo tuvo la necesidad de aparecer con naturalidad.
Ahora, con 17 años, aparece cuando él quiere. Si bien Lucio quiere ser piloto de avión, está probando el mundo del modelaje y eso lo liberó un poco en relación con las redes sociales.
-Para cerrar, el estreno llega en un contexto complejo para la cultura y el teatro. ¿Subirse a un escenario es hoy un privilegio?
-I: Me siento muy privilegiada de poder trabajar de lo que me gusta y me sorprende el camino que voy construyendo.
-M: Sí, me siento privilegiado por poder imaginar ideas y concretarlas. Una obra de teatro es una idea que uno soñó y que de pronto ve la luz, y el público la vuelve parte de su cotidiano.
Estamos en un momento económico difícil, en el que para el público no es fácil sacar un mango para una entrada, pero frente a la falta de ficción en otros espacios, el teatro sigue siendo un gran lugar de encuentro con las historias y los actores.
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