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Entrevista

Martines, Tango & Roll: “Los pibes que nos vienen a ver, van a La Viruta y rebotan”

En un Club Atlético Fernández Fierro repleto, Martines volvió a mostrar que la capacidad que tienen las cosas que “no piden permiso”, siempre van a tener “algo en contra”.

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E-Argentino-Martines, Tango & Roll: “Los pibes que nos vienen a ver, van a La Viruta y rebotan”
El-Argentino-Manu Campi

Por Manu Campi | @manucampimaier

Fotos: @emma_distilo

Los rastreadores tienen severa capacidad de encontrar una huella muda, un espacio perdido, un aroma inocuo. Traen consigo parte del camino y unen piezas para dar forma a conceptos que se desprenden de su propio recorrido. Encuentran la forma sobre las mañas y entregan, cuando están listos, el cuadro completo.

Con algunos artistas pasa lo mismo que con los rastreadores, no persiguen nada, muestran lo que saben y lo que entienden como sabido. Así, sin deuda y ancho de pecho, Martines plantó bandera en uno de los escenarios más representativos de la ciudad de Buenos Aires, en donde el tango y el rock son una sola forma, con un mismo propósito y un marcado sentido de pertenencia, el Club Atlético Fernández Fierro.

Martines es uno de esos artistas y, su “Tango & Roll”, no hace otra cosa que romper la hegemonía de quienes pregonan conocer un paño que no logran concebir. El show es un convite de entrada a sala llena, una estrategia que se debate entren el afán de poner sobre el escenario la mesa servida y la calidad artística se pasea entre la viola de Martín Morales, el piano de Gabriel Gerez (reemplazado en esta fecha, por Toni Arroyo), el violín de Manuel Quiroga, el bandoneón de Marco Fernández y la uniformidad genérica de ambos mundos.

E-Argentino-Martines, Tango & Roll: “Los pibes que nos vienen a ver, van a La Viruta y rebotan”

—El tango es una estética, una idea, un concepto, desde el cual pudimos adaptar una canción de Ojos Locos o de los Redondos. Es el rock barrial de antaño y ambos pasaron por los mismos estigmas, persecuciones y prejuicios. El rock barrial para mí ha tenido, en su descripción, al lumpenaje y a los excluidos. El rock nacional se pasó 30 años hablando bien de ellos mismos. Nunca se bancaron que nuestra generación haya tenido éxito sin saber tocar la guitarra. El rock nacional es de clase media y el rock barrial es su hijo desclasado. Somos los parias, por algo nunca tuvimos prensa ni difusión, nunca nos dieron pelota. Siempre nos desclasificaron. Hay bandas que las escucho y digo que buen tema, pero no me generan nada. Sin embargo, bandas o artistas como Manal, Moris, por citar algunos ejemplos, retomaron en su momento la lírica del tango.

Martines es Martín Rossi, o Tincho de Ojos Locos, emblemática banda de rocanrol tan porteña como federal. La música atraviesa a este artista desde mocoso, imitando a Charly en casa; un primer teclado que compraron de “tanto que rompía las bolas con la música”, y una batería de juguete en que invitaba a mamá Susana a las improvisadas funciones en su cuarto de Villa Real.

El tiempo lo fue formando, el teclado más grande y la Tascam de 4 canales y las primeras bandas. Shows con Blues Motel y la primera formación de Viejas Locas. Desde los primeros demos de Ojos Locos allá por el 2000, hasta llegar, veinte años después, a este trabajo y contexto. Martines le escapa al lugar común sin la más mínima pretensión del cuidado de las formas prestablecidas.

E-Argentino-Martines, Tango & Roll: “Los pibes que nos vienen a ver, van a La Viruta y rebotan”

—Nunca me sentí cantor, yo esto lo hago por que le pongo el pecho. Siento que le devuelvo a los géneros lo que me dieron y me siguen dando. Siempre esperé a que la fruta esté madura para poder presentarla y nunca respondí a la necesidad de sacar un disco. Yo no me acerque al tango desde el lugar que se acercaron muchos, o sea desde lo académico. Yo me acerco desde el concepto de ver en mi vieja lo que le producía un tango a tal punto que, en su lecho de muerte, le pregunté que tangos le gustaría que grabe, que les generaba y porqué.

—El tango necesita del rocanrol?

—Hay que volver a traer al tango desde la idea que no tiene que ver solo con lo musical sino más con lo social. No pensé en la parte musical, aunque lo hagamos, pero no es la idea.

—Porque hiciste este disco?

—Me sentí con la capacidad de hacerlo, desde la técnica vocal y desde la interpretación. La palabra tango es una cosa fuertísima y es un concepto diferente para cada persona. Con la elección de temas traté pintar el mundo de lo que es “Tango and Roll”. Tiene que ver con composiciones nuevas y también con Callejeros (Fantasía o realidad) o los Redondos (Un pacman en el Savoy). También hice un guiño a Ojos Locos con dos temas (Andan los caminos y Esta ciudad) porque también es un guiño a mi carrera. Quiero mostrar que “Tango & Roll” es una continuación del camino y no un proyecto aislado.

Visto desde ese lugar, no hay discos buenos o malos, gustan o no. La característica de cada obra supone en el oyente la continuidad de lo que dice –y a quien le habla– cada artista. Esta esquiva definición del concepto artístico representa a la determinación de aquel que no lo busca, sino que se ve por él atravesado. Entonces, lo que transmite –o no– no se atañe exclusivamente al autor sino más bien a la genuinidad que este representa. Corrección, no hay disco malos o buenos, gusten o no, hay obras sólidas, concretas, que abren espacios, contestan preguntas, muestran posibles caminos y quedan en la biblioteca del alma como un momento en donde el espíritu artístico de la obra se une al propio, excediendo a todo concepto.

E-Argentino-Martines, Tango & Roll: “Los pibes que nos vienen a ver, van a La Viruta y rebotan”

“Tango & Roll” es un espacio tan genuino como certero, no da vueltas, no presenta espacio para titubeos y, sobre todo, no está esperando el aplauso de nadie. Martines le pone el pecho a cualquier runfla sin conocer más formula que haberlo vivido y eso es lo que transmite el artista con este primer disco. Un desarrollo descomunal que sorprende por la simpleza a la hora de contar un cuento que termina por llevarte a pensarlo, a preguntarte y a conversarlo. “Tango & Roll” te convida un gesto mientras se da el gusto.

Martines mira hacia adelante porque conoce de donde se viene, de que está hecho y que necesidades propias se atienden. “Tango & Roll” es el refugio que consiguió para que convivan, de una buena vez, la voz de una cultura desclasada, la clase trabajadora, la ribera, los buzones de esquina y los pibitos de esquina. Un disco hecho al andar, concebido sobre el escenario y pensado para sorprender a sus propios actores, mientras esquiva la triste suerte de aquellos que buscan la complicidad del algoritmo.

“Tango & Roll” es claro y dueño de una entereza tremendamente auténtica. Así, Martines pone sobre el campo de juego a los dos nueve de área de la propia cultura, los hace jugar juntos a medida que los piensa y los descubre en cuanto los despoja de prejuicios que no existen. Allana el camino para desentenderse de las asperezas que tiene la virtualidad ficticia. Tango & Roll es coherente en cuanto a su perspectiva y entiende que detrás del cuento seteado, hay una huella tangible. Martines es eso, un rastreador que olfatea cuando es necesario, que achina la vista para ver de lejos y que percibe por donde quiere seguir andando. Es un reconocimiento que esquiva el homenaje, pero que atiende el poder de una canción que crece con irrespetuosa simpleza.

Así camina Tango and roll y su más prolífero sentido; un hecho pintado a mano alzada por un artista tan entero como perceptivo. Martines encontró la manera de resolver inquietudes propias –y ajenas– en un disco que deja en claro que hay por delante.

Sin esa necesidad de ponerle nombre a las cosas; el tango sin estereotipos y el rocanrol como herramienta para traerlo con vida hicieron del CAFF una noche cargada de justeza.

—La gente rockera parada cantando melodía de arrabal es increíble. Tienen ese bagaje cultural y este es un espacio que acerca gente. La gente que nos viene a ver y canta de pie va a La Viruta y rebota, es decir, hay mucho código tradicional y para mi es quitar esos códigos. Este disco muestra un camino, ojalá que podamos recorrerlo, estamos abriendo y generando nuestro un espacio nuevo que tiene que ver con el tango y con el rock, para que la gente se encuentre desde otro lugar con el tango. Hacemos esto mirando hacia adelante y, tocar en el CAFF, que ya de por sí es una declaración de principios, tiene que ver con lo que estamos haciendo.

Hacía falta un disco así, con un concepto marcado, nuestro, de todos. Este trabajo, que reniega de ser una cosa o la otra, no sabe cómo traicionarse a sí mismo.

Entretenimiento

La Granja de Zenón cumple 10 años: «Cuando veo conectar a los chicos con los personajes, siento que todo vale la pena»

En diálogo con El Argentino, el productor Maximiliano Córdoba reconstruye la historia de La Granja de Zenón y explica por qué el fenómeno sigue vigente diez años después. Además, comparte las experiencias que más lo marcaron junto al público y recuerda la casualidad que terminó llevándolo al universo del teatro.

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La Granja de Zenón celebra diez años sobre los escenarios con una nueva temporada de En busca del arcoíris, el espectáculo que forma parte de la cartelera de vacaciones de invierno y permanecerá en el Teatro Astral hasta el 2 de agosto. Lo que comenzó como una propuesta para llevar al teatro a los personajes que millones de chicos ya seguían en YouTube terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos del entretenimiento infantil más importantes del mundo hispanohablante.

Detrás de ese recorrido está El Reino Infantil, el universo creado por Roberto «Kuky» Pumar, que hoy supera los 240 millones de suscriptores en YouTube y se expandió a la televisión, las plataformas digitales, los videojuegos, los productos licenciados y los espectáculos en vivo. En diálogo con El Argentino, el productor Maximiliano Córdobareconstruyó cómo nació la apuesta teatral, explicó por qué el vínculo con el público sigue siendo el corazón del proyecto y recordó las experiencias que, diez años después, todavía lo emocionan.

Entradas en Plateanet

Del éxito en YouTube al teatro: el encuentro que pedían las familias

Cuando La Granja de Zenón se convirtió en un fenómeno en YouTube, el universo de El Reino Infantil ya había trascendido la pantalla. Las canciones, los juguetes, los libros y los peluches acompañaban la vida cotidiana de miles de familias, mientras la comunidad crecía en distintos países. En ese contexto surgió una nueva pregunta: ¿cómo llevar esa experiencia al mundo real?

«Fue una necesidad que surgió del pedido del público en las redes»,recuerda Córdoba.

 «Leader Entertainment trabajamos como una empresa 360. Tratamos siempre de completar un poco más la experiencia. Teníamos algo sin precedentes en plataformas digitales, los juguetes, los libros, los peluches… lo que nos faltaba era el encuentro genuino con el público, poder verlo cara a cara. Querés ver nuestros capítulos y nos tenés en YouTube; querés tener nuestros personajes y vas a las jugueterías más importantes del país; ahora, querés vernos en vivo y conectarte con nosotros, vení a vernos al teatro», comenta.

Con el paso de los años, esa propuesta también fue transformándose. No porque cambiara el público al que apunta -niños de entre uno y seis años-, sino porque el equipo fue aprendiendo qué esperaba la audiencia de cada función. La tecnología, las proyecciones y la puesta en escena evolucionaron, pero el cambio más importante estuvo en la manera de vivir el espectáculo.

«El público ya no quiere ser más un simple espectador, sino que quiere ser parte del show. Eso fue mutando mucho en estos años. Tratamos de encontrar esa comunión entre la música, el texto y la interacción», explica el productor. Para Córdoba, ese intercambio es el que permite que, por un momento, un personaje de dos metros de altura deje de ser un actor disfrazado para convertirse, a los ojos de los chicos, en el verdadero Bartolito o la Vaca Lola.

El vínculo con los chicos, la clave de un fenómeno que cruzó fronteras

Si el teatro nació para acercar los personajes a las familias, la permanencia del fenómeno, cree Córdoba, tiene otra explicación. No habla de estrategias comerciales ni de fórmulas para sostener el éxito. La respuesta, dice, la encontró hace tiempo en una conversación con Roberto «Kuky» Pumar, creador de El Reino Infantil.

«En una charla que tuve con Roberto Pumar le pregunté por qué creía que el fenómeno seguía vigente. Su respuesta fue muy simple, pero a la vez muy profunda: ‘Todos tratan de generar un producto para la familia; yo simplemente creo personajes para los chicos. Están pensados para entretener, acompañar y convertirse en un amigo, en un compañero. Están pensados para ese público, qué es lo que el niño necesita'», recuerda Córdoba.

Esa manera de pensar los contenidos, sostiene, también terminó reflejándose fuera de la Argentina. Lo que comenzó como un fenómeno local hoy tiene elencos que recorren distintos países y funciones que convocan a miles de familias en España y Latinoamérica. Y todavía se sorprende con la respuesta del público: «He estado en los mejores teatros de España y, de repente, empiezan a sonar los clásicos de La Granja de Zenón y ves a mil o tres mil personas cantando sin parar. Esto es un fenómeno».

Las escenas se repiten una y otra vez, sin importar el país. «Veo salir a la Vaca Lola en Manizales, Colombia, y parece que salieran los Rolling Stones. Lo mismo pasa con Bartolito en Bolivia, Perú o Centroamérica». Para Córdoba, esa reacción confirma que la música y los personajes lograron construir un lenguaje común que atraviesa generaciones y fronteras.

“Cuando los veo conectar, siento que todo vale la pena»

Más allá del éxito, Córdoba asegura que lo que más recuerda no son las cifras ni las giras, sino los encuentros con las familias que asisten a cada función de La Granja de Zenón.

Uno de esos recuerdos está ligado a las funciones distendidas, una propuesta que incorporaron para que chicos con diferentes necesidades sensoriales y de apoyo puedan disfrutar del espectáculo. «Me ha pasado de ver a chicos autistas, a chicos con parálisis cerebral, y lo que genera la música en ellos es indescriptible. Se me pone la piel de gallina de ver cómo el cuerpo responde, de ver cómo la música empieza, y tiene que ver con esa cosa maravillosa que tiene la música, que nos une, que nos moviliza el cuerpo, que nos iguala, que nos hace sentir», cuenta el productor.

Momentos como ese son los que, según cuenta, le reafirman por qué eligió dedicarse al teatro. Incluso admite que nunca había experimentado una emoción similar con otro espectáculo. «Esto no me ha pasado nunca con otro personaje, con otro producto. Cuando los veo conectar, siento que todo vale la pena. Que ya marcamos algo en un niño, dos o tres, ya está. Poder darle un ratito de alegría a tantos niños me afirma que fue el camino correcto», confiesa.

Esa idea de encuentro atraviesa toda la propuesta de La Granja de Zenón. Para Córdoba, el objetivo nunca fue solamente montar un espectáculo, sino construir un espacio donde los chicos puedan reencontrarse, año tras año, con personajes que sienten cercanos. «A mí me pasa que cuando era chico era fanático de Los Muppets y de Plaza Sésamo. Lo que tenían de maravilloso, y es lo que busco con mis espectáculos, es que los chicos se lleven que siempre hay un lugar donde nos pueden encontrar. Que el teatro es un lugar de reunión porque siempre nos vamos a poder volver a encontrar. Es mantener viva la ilusión de que nosotros estamos ahí».

“Sentí que pertenecía a ese lugar» 

La manera en que Córdoba habla del teatro también tiene una explicación personal. Mucho antes de convertirse en productor y recorrer escenarios de distintos países, hubo una función que cambió su vida para siempre.

«Yo era un pibe muy tímido. Un día, la empresa para la que trabajaba mi tío regaló entradas para ir a ver Arlequín, servidor de dos patrones, en el Teatro Margarita Xirgu. Yo nunca había ido al teatro, creo que tenía ocho o nueve años, y me enamoré. Sentí que pertenecía a ese lugar, a los olores, a la comunidad, a esa fiesta que iba a suceder. Esa fue mi primera conexión con el teatro», recuerda.

Esa sensación fue el punto de partida de un recorrido que todavía continúa. Primero estudió actuación, aunque pronto entendió que su lugar estaba detrás del escenario. «Empecé a estudiar actuación, me di cuenta de que no era lo mío, pero que yo quería estar ahí«, cuenta el productor de La Granja de Zenón. Poco después consiguió su primera oportunidad como utilero en el Teatro Broadway y empezó a descubrir cada uno de los engranajes que hacen posible una función.

«Lo que más me fascinó del teatro fue que te da la posibilidad de ver demasiadas áreas en conjunto y de todo podés aprender. Fui encontrando mi lugar de alguna manera. Siempre quise hacer producción», afirma. Desde entonces recorrió la Argentina de punta a punta con distintas compañías y más tarde llevó ese trabajo a escenarios de otros países, una experiencia que, asegura, sigue disfrutando como el primer día.

«Me siento muy privilegiado con el recorrido que pude hacer. Siempre trato de no dejar de sorprenderme, que creo que es lo que me hace feliz», dice. Y enseguida vuelve sobre una idea que atravesó toda la charla: la necesidad de escuchar al público y crecer con él: «El teatro también va cambiando. La gente consume cada vez más y hay que darle propuestas mejores, más elaboradas. A mí me interesa hacer productos que te dejen pensando».

Diez años después de llevar a La Granja de Zenón a los escenarios, Córdoba sigue buscando que cada función provoque en otros chicos algo parecido a lo que él sintió aquella primera vez que cruzó la puerta de un teatro: la sensación de haber encontrado un lugar al que siempre vale la pena volver.

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