Entrevista
Hugo Lobo: “De cultura nunca nos dieron pelota”
Hace 10 años que la Orquesta Vamos los Pibes funciona “a pulmón” para pibes y pibas de entre 6 y 14 años en situación de vulnerabilidad, en el Centro Cultural Los Bohemios Osvaldo Miranda, dentro del Club Atlético Atlanta.

Por Manu Campi | @manucampimaier
En pleno corazón de Villa Crespo, el músico, director, docente y líder fundador de la mítica banda Dancing Mood, repasa cómo fueron estos primeros diez años de la Orquesta que, además, funciona como merendero.
Qué significa la docencia con menores que no encuentran respuestas en el seno familiar, ni en el deteriorado sistema educativo público; cuáles son los resultados; cómo sostienen la estructura que sirve de válvula de escape para los menores con dificultades de atención, problemas de conducta, víctimas de bullying y que, a través de la música, encuentran un entorno creativo en donde poder expresarse.
— ¿Cómo nace la idea de construir este espacio?
— Mirá, paradójicamente, fui a dar un taller como músico invitado por la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de San Martín a Villa Hidalgo, en donde eran todos pibes de ‘Chaca’ que sabían que yo era de Atlanta. Tenía muchas ganas de hacer algo así, una orquesta para pibes y pibas que también funcione como merendero y el ejemplo y los consejos que me dio esa gente, me dieron el pie para que lo lleve a cabo acá, en Atlanta. Eso fue en noviembre de 2011 y en junio del año siguiente ya lo estaba haciendo en el club, que es mi casa. La idea de Hugo, su propia experiencia en orquestas infanto-juveniles, más el apoyo de la dirigencia de aquel entonces, hicieron posible la iniciativa, primero, y el desarrollo del proyecto, después.
— Desde la complejidad que suponen los instrumentos de orquesta, ¿cómo lo llevas adelante?
— A los 13 o 14 años yo ya había tocado en varias orquestas, eso me cambio la cabeza y vi que a un montón de pibes y pibas les pasó y les pasa lo mismo. Es la magia de un instrumento diferente, raro, y no una guitarra o un bajo, sino un clarinete o un trombón, que son instrumentos que, cuando se los das a elegir a los nenes les parece chistoso, pero la magia de tocar una nota…Hugo hace una pequeña pausa, como si por un instante este gigante de 1.90, vestido de jogging, volviera a ser ese mismo chico que encontraba en la música un camino, una manera, un futuro convertido en presente. “A mí me pasaba que cuando tocaba de pibe y me daban una partitura y éramos 50 y tocábamos una obra o una ópera entendía que la nota que a mí me correspondía era parte de un todo y que si no la tocaba nada sonaba como tenía que sonar eso a mí me voló la cabeza”, dice Lobo, sereno, café mediante en la ‘Zona de Quinchos’ del club. Piensa, como si aquellas primeras notas fueran parte de su mapa genético o que, sin ellas no sería el músico que hoy es, parte innegable de la cultura popular.
— Que conexión ves en los chicos con la música en relación a su contexto social. ¿Cuáles son los resultados?
— Hubo un caso de una nena, Ailín, que vino al principio de la Orquesta, tendría 9 o 10 años y problemas de conducta. Nosotros al principio íbamos a los colegios a hablar con las directoras por los pibes que tenían problemas como los de ella o de atención o los que sufrían bullyng, o sea los dos extremos. Particularmente esta nena era muy para adentro, casi no hablaba y había empezado con la trompeta y no le gustó, el clarinete, tampoco. Le gustó la flauta traversa porque en aquel entonces venía una profe francesa que estaba haciendo una pasantía en Buenos Aires, pero no había nadie que le guste la flauta y a ella sí, le conseguimos una flauta para que pueda estudiar, se egresó a los 14 con nosotros y se metió en el Esnaola, hicimos una movida para que pueda entrar, porque nosotros trabajamos con chicos y chicas de 6 a 14 años, ahí se egresan y después los que quieren vienen a ayudar. O sea, entró en el conservatorio después de cumplir la mayoría de edad para la orquesta y no la vimos más. Un día cruza la puerta una mujer grande, nosotros no la reconocimos, habían pasado siete u ocho años, se presentó diciendo “soy Aillen no se acuerdan”. Nosotros flasheamos, les dio una charla a los pibes, ella ya egresada del conservatorio. Le volvimos a perder el rastro y cuando reabrimos después de la pandemia vino una señora y nos dijo que era la mamá de Ailín, nos contó que estaba viviendo de la música en Alemania. Eso para mí fue increíble.
— ¿Hay pibas que se quedan en modo profe?
— Sí, hay nenas que vienen a ayudar y que también están en el conservatorio. Esto no es una academia, no enseñamos música, acá es tocar todos juntos. Son pibes muy chiquitos, es más fácil mostrar que esto es una salida más y que es una herramienta. Los pibes están lejos de la música o quieren ser médicos, abogados o futbolistas. En estos años, doce han decidido seguir en el camino de la música. Entonces, para que puedan tocar, desde el primer día estamos tocando una canción.
— ¿Cómo se sostiene la Orquesta?
— A huevo. Las meriendas las compramos nosotros entre los profes. A veces nos dona algún dirigente o algún anónimo algún billete, casi nunca músicos. Con todos los músicos que conozco casi ninguno nos donó ningún instrumento.
— ¿Como hicieron, entonces, con los instrumentos?
— Mirá fue mágico. Tenemos de todo tipo de instrumentos y atrás de cada uno hay una historia. Hubo pibes que nos escribían para donar sus instrumentos de estudio, todos civiles, gente que no es conocida, salvo dos violines que los donó el perro (Jorge) Serrano de los Decadentes, los demás, aun sabiendo la movida, no dieron nada.
— ¿Cuál es la expectativa de la orquesta?
— Yo estoy abocado a los más chicos. Porque hay orquestas escuela que están muy buenas para que los pibes se puedan abocar a eso. Lo que no hay es para los más chiquitos, los que están con quilombos. Además, no damos abasto desde lo económico, o por el espacio. Nunca golpeé una puerta, han venido gobiernos de turno, pero con la condición de poner la bandera y cuando nos negamos desaparecen.
— ¿Qué te da a vos esto?
— Ufff, es lo que más alegría me da. Dentro de la música lo que más satisfacción me da. Es devolver la suerte que yo tuve, tratar de hacer algo con la música y devolver también algo a la cultura y al arte. Yo tengo la suerte de poder vivir de lo que a mí me gusta, estudie y toda la movida, pero también hay que tener algo de suerte y es devolver eso. Para mí es un compromiso a fuego, es algo que de alguna manera tengo que devolver.
— ¿Te costó mucho sostenerlo, de esta manera, durante tanto tiempo?
— No, di con gente muy copada que nos dio una mano grande. Es difícil a veces mantener eso. Los pibes se encariñan con un profe, pero a veces les sale un laburo y no pueden venir más. Los profes van y vienen.
— ¿No te duele que nadie apueste?
— Sé cómo es. Sería lo ideal, lo hemos generado, antes de la pandemia le podíamos pagar a los profes, pero ahora está más jodida la cosa. Estamos acostumbrados a que no. De cultura nunca nos dieron pelota. La Orquesta cuenta con alrededor de “25 chicos promedio que van rotando por ensayo”. Durante el stop pandémico se vio interrumpida, sin embargo, Hugo Lobo fue, junto al equipo de docentes, “casa por casa, familia por familia” a repartir alimentos y ropa. “Siempre estuvimos cerca para no perder contacto con los chicos”, concluye el director que durante este año ‘disparó’ tres sencillos con la banda, como adelanto de su próximo disco. La Orquesta Vamos los Pibes, funciona, pero también pone sobre la mesa, con absoluta claridad, que no hace falta más que voluntad para llevar semejante proyecto adelante. Así, evidencia la desidia estatal, en este caso, para con los más chicos.
América Latina
«La revolución es el arte de sumar»: el libro que une a Fidel, Silvio y un siglo de historia latinoamericana
El historiador chileno Javier Larraín Parada presenta en Argentina su obra que recorre la figura del líder cubano a través del cancionero del trovador. El libro, editado por Acercándonos Ediciones, propone una lectura política y humanista que desafía las miradas simplificadoras sobre Cuba.
Por Fernando Roperto
El próximo 13 de agosto llega a las librerías argentinas Fidel Castro en la canción de Silvio Rodríguez, la obra del historiador y periodista chileno Javier Larraín Parada, director de Correo del ALBA, editada por Acercándonos Ediciones. El libro propone un recorrido inusual: rastrear la figura de Fidel Castro en el cancionero de Silvio Rodríguez para reconstruir, canción por canción, la trama política, ética y humana de la Revolución Cubana. Una apuesta que llega en un momento preciso: el año del centenario del natalicio del Comandante.
Una lectura que va a fondo
Larraín Parada cuenta que la idea nació de «pensar una y otra vez las canciones del trovador», de darles vuelta constantemente. En ese proceso, Fidel emergió con la misma fuerza que Martí o el Che. Pero fue la figura del Comandante la que concentró la atención del investigador: «Creo en su propuesta política y ética», afirmó el historiador en una entrevista concedida a Acercándonos Cultura. El resultado, según el propio Larraín Parada, no fue tanto un descubrimiento como una confirmación: la profundidad humanista de la obra de Silvio Rodríguez, capaz de iluminar dimensiones del pensamiento castrista que el discurso político convencional suele aplanar o distorsionar.
La obra no se limita a la lírica. Cada canción funciona como una ventana hacia un episodio, un discurso o una actitud vital de Fidel. La canción Nunca he creído que alguien me odia, por ejemplo, dialoga con el «caso Marquitos» y el juicio por la masacre de Humboldt 7, episodio que amenazó con fracturar las fuerzas revolucionarias triunfantes en 1959. Allí, el trovador cita una reflexión clave de Fidel sobre la unidad: «la revolución es el arte de sumar», una frase que resume su concepción del proyecto colectivo como algo más grande que sus propios protagonistas.
Antiimperialismo, coraje y humanidad en clave de canción
Otro núcleo del libro es Los dientes de tiburón, canción que Larraín Parada lee como una intertextualidad directa con la Segunda Declaración de La Habana: aquel documento fundacional del antiimperialismo latinoamericano donde Fidel formuló que «el deber de todo revolucionario es hacer la revolución». La canción de Silvio, en esa lectura, opera como un puente entre el documento político y la sensibilidad popular, trasladando el pensamiento del Comandante a una forma artística que lo amplifica y lo preserva.
El libro también retrata a Fidel en sus dimensiones más humanas: el asaltante del Moncada, el expedicionario del Granma, el jefe guerrillero en la Sierra Maestra, pero también el dirigente que viste de luto junto a su pueblo tras el atentado contra el avión de Cubana de Aviación en Barbados, o el que dialoga con trabajadores y jóvenes sobre el significado de una revolución. Coraje, honorabilidad y compromiso colectivo son los rasgos que emergen, según el historiador, de esa lectura entre canciones y hechos históricos.
Arte y política en la Revolución Cubana
El libro incluye dos anexos que profundizan la relación entre arte y política en los procesos revolucionarios latinoamericanos, con menciones a la Revolución mexicana, la bolchevique, el muralismo, y la explosión cultural de los mil días de la Unidad Popular en Chile. En ese marco, Larraín Parada recorre la historia de la Nueva Trova, la corriente musical de la que Silvio Rodríguez fue fundador en 1972, y que el historiador define como «hija de la Revolución», con todas las tensiones y incomprensiones que eso implicó en ciertos períodos, incluido el llamado «quinquenio gris».
El volumen incluye además una entrevista directa al propio Silvio Rodríguez y un diálogo con el escritor argentino Alejo Brignole, que contextualizan la propuesta en el debate más amplio sobre el lugar de la cultura en los procesos de transformación social. La obra ya fue difundida con orgullo por el propio Silvio Rodríguez, dato que da cuenta del alcance y la legitimidad que el libro alcanzó antes incluso de llegar al mercado argentino.
El legado de Fidel, a cien años de su nacimiento
Consultado sobre qué rescata del legado de Fidel para las nuevas generaciones latinoamericanas, Larraín Parada destacó su «temprano desprendimiento de lo material», su capacidad de trabajar colectivamente, de escuchar, de rectificar, y su rechazo a los personalismos. «Fue un furibundo luchador contra los endiosamientos de cualquier tipo», señaló. Recordó también una máxima que Fidel solía practicar y repetir: «toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz», tomada de José Martí.
Al elegir las canciones que un joven debería escuchar para empezar a comprender a Fidel, Larraín Parada optó por dos: Todo el mundo tiene su Moncada, que retrata al abogado que organizó desde cero un movimiento político sin rendirse ante la derrota, y El aguerrido pueblo de Fidel, «porque ese discurso es muy conmovedor, allí se condensan la rabia, la furia y los valores, sueños más nobles y ansias de justicia de la Revolución«, explicó. En ambas, el elemento central vuelve a ser lo gregario: el amparo colectivo como fundamento de la política revolucionaria.
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