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Al cumplir 90 años, Estela de Carlotto reafirma la lucha de las Abuelas: «Hay que seguir hasta encontrar a todos los nietos»

En el día de su cumpleaños y en el aniversario de la creación de Abuelas de Plaza de Mayo, su titular, Estela de Carlotto, afirmó que la entidad se siente “respetada por un Gobierno que retomó la agenda de los derechos humanos”.

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En el día de su cumpleaños y en el aniversario de la creación de Abuelas de Plaza de Mayo, su titular, Estela de Carlotto, afirmó que la entidad se siente “respetada por un Gobierno que retomó la agenda de los derechos humanos”.

Por Leonardo Castillo

La titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, afirmó que la Asociación se siente “respetada por un Gobierno que retomó la agenda de los derechos humanos”, y destacó como “un reconocimiento a la lucha por la identidad” el hecho de que varios funcionarios de la administración que encabeza el presidente Alberto Fernández sean nietos restituidos que conocieron su historia gracias al trabajo de esta entidad.

“Sentimos que hoy, después de cuatro años en los que estuvimos casi proscriptos como organismos y fuimos perdiendo espacio, que el Gobierno nos escucha, nos respeta. Hoy tenemos funcionarios que son nietos recuperados y eso es como un reconocimiento a la lucha que dimos por la identidad a lo largo de todos estos años”, señaló Carlotto.

De esta forma, Estela, quien este jueves cumple 90 años, se refirió también al 43 aniversario de la creación de la emblemática entidad que denunció los crímenes de la última dictadura militar.

¿Cómo viven desde Abuelas este aniversario en tiempos de pandemia?

Tratamos de festejar con alegría y con las actividades que nos permitan mantener viva la memoria. Por la pandemia no nos podemos encontrar pero bueno, tenemos las redes para hacer actividades y eso es importante para mantener la memoria y ayudar en la recuperación de la identidad, tal vez alguien decida acercarse y conocer su historia. Esa es nuestra lucha, hoy tenemos un montón de gente que nos ayuda, y no vamos a abandonar hasta que encontremos a los más de 300 nietos que nos faltan.

La semana pasada junto con otros organismos tuvieron una reunión por zoom con el presidente Alberto Fernández. ¿Cómo se sienten ante un gobierno que anunció que pretende retomar la agenda de los derechos humanos?

Nos sentimos respetados por el Gobierno y tenemos un buen vínculo, es algo que recuperamos después de cuatro años en los que los organismos estuvimos casi proscriptos, con pocos espacios, que ahora recuperamos. Lo conocemos a Alberto (Fernández) y sabemos que siempre está dispuesto a escucharnos, a Abuelas y a los organismos.

¿Qué es lo primero que recuerda en esta fecha sobre lo que sucedía en esos días en los cuales se formó Abuelas, en medio de la represión y el terrorismo de Estado?

Habíamos tenido con la Triple A un anticipo de lo que se podía venir, pero nunca esperamos que ese régimen cívico militar desarrollara una represión tan feroz y criminal. Mi hija Laura y los compañeros de su generación sabían lo que se venía, estaban dispuestos a dar sus vidas y creían que sus sacrificios no iban a ser en vano. Eso nos impulsó a luchar, a organizarnos y a buscar a nuestros nietos que habían nacidos en cautiverio. Fueron muchos años de lucha colectiva, pero creemos que tenemos que seguir hasta encontrar a todos los nietos.

Estela y su nieto Ignacio Montoya Carlotto, quien recuperó su identidad en 2014.

Hace seis años pudo reencontrarse con Guido, el hijo de Laura, ¿siempre tuvo confianza en que iba a llegar ese día?

Sí, la verdad que siempre tuve confianza en que ese día llegaría. Pero la verdad es que con cada uno de los nietos que recuperábamos (ya llevan 130) era como si nos estuviéramos recuperándolos a todos. Ahora Guido se está acercando a su historia y a su identidad y lo hace con alegría. Cada vez que lo veo, siento que Laura volvió con él, cuando lo encontramos.

¿Con cada identidad que se recupera se da un paso más contra el olvido?

Lo que siempre hicimos en Abuelas es estar dispuestas a ayudar a conocer la verdad y darles libertad a todos los que pretenden conocer sus historias. Gracias al trabajo de Abuelas, se creó el Banco Nacional de Datos Genéticos en 1987, que resultó un activo fundamental para avanzar en las identificaciones, y a lo largo de los años, Abuelas fue reconocida en organismos internacionales como la ONU y la OEA por su defensa de los derechos humanos. Siempre recuerdo los primeros viajes al exterior cuando buscábamos apoyo de científicos con los que pudimos armar el Banco y empezar a acumular información. También me acuerdo de todo los que nos ayudó Clyde Snow, el antropólogo estadounidense que en una de las primeras exhumaciones que hizo dio con los restos de Laura y al analizarlos me confirmó que había sido abuela, algo que sabía por los testimonios que me habían dado algunos sobrevivientes, pero tener la confirmación científica fue algo muy importante.

¿Cómo va a celebrar este día?

Cuidándome, voy a tener muchas actividades por zoom, porque me tengo que cuidar en medio de esta pandemia. Ya me dijeron que me iban a llamar de muchos lugares, desde Italia, por ejemplo, y después pienso festejar mi cumpleaños con mis nietas que van a estar conmigo en mi casa. Lo importante es que estamos y seguimos.

CABA

La Policía de Macri reprimió a un pibe de 15 años que volvía del colegio

Fue en Rivadavia y Bustamante, en las inmediaciones de la protesta por la reincorporación de Araceli Pintos, trabajadora del Subte. La Policía convirtió la calle en un lugar de peligro para un menor que solamente quería volver a su casa.

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Un chico de 15 años salía de su colegio y volvía a su casa. No estaba armado, no cometía ningún delito: era un estudiante que simplemente quería llegar a su hogar. La Policía de la Ciudad de Buenos Aires, la fuerza de seguridad que conduce el jefe de Gobierno Jorge Macri, lo alcanzó en el marco de la represión a una acción solidaria por la reincorporación de Araceli Pintos. El adolescente terminó necesitando atención médica de urgencia. La escena resume con brutalidad descarnada lo que viene siendo la política de seguridad del gobierno porteño frente a cualquier forma de organización y protesta social.

El contexto: la lucha por Araceli Pintos

El episodio ocurrió en el marco de una acción solidaria por la reincorporación de Araceli Pintos, trabajadora del subte despedida por la concesionaria Emova S.A. después de denunciar el acoso sexual reiterado de un efectivo de la propia Policía de la Ciudad en su lugar de trabajo.

El policía denunciado continúa en funciones sin consecuencias conocidas. Pintos, en cambio, perdió el empleo que había esperado ocho años para obtener. Desde entonces, trabajadores y trabajadoras del subte, organizaciones feministas y sociales vienen sosteniendo una campaña de solidaridad que incluye aperturas de molinetes, comités de apoyo, petitorios y acciones callejeras. La respuesta del Estado no fue garantizar sus derechos, sino enviar uniformados a disolver la protesta.

La represión: un menor como víctima

Según la denuncia pública realizada por el médico generalista del Hospital Argerich, Franco «Paco» Capone, en sus redes sociales y compartida por “La Izquierda Diario”, la Policía de la Ciudad reprimió brutalmente la acción solidaria y ese adolescente de 15 años, que apenas salía de su colegio, terminó necesitando atención médica. La Posta de Salud y Cuidado, junto al Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH), tuvo que asistirlo mientras se esperaba la llegada de una ambulancia.

La pregunta que se impone es elemental: ¿con qué nivel de violencia tiene que actuar una fuerza policial para que un chico de 15 años que sale de la escuela termine necesitando asistencia de emergencia? No se trataba de una persona armada, no se trataba de alguien cometiendo un delito. Era un estudiante. La Policía de la Ciudad convirtió la calle en un lugar de peligro para un menor que solamente quería volver a su casa.

Violencia institucional como política de Estado

No se trata de un hecho aislado. La Policía de la Ciudad ha protagonizado en los últimos años una sucesión de episodios de violencia desproporcionada contra manifestantes, trabajadores y sectores vulnerables. Desde la represión a jubilados que reclamaban frente al Congreso hasta el desalojo violento de vendedores ambulantes en Belgrano, el patrón se repite: una fuerza de seguridad que actúa como instrumento de disciplinamiento social antes que como garante de derechos.

El caso Araceli Pintos condensa además una cadena de impunidad institucional que va más allá de la represión callejera. Un policía acosó a una trabajadora en su lugar de trabajo; la empresa la despidió a ella; el policía siguió en funciones; y cuando sus compañeros y compañeras salieron a reclamar justicia, la misma institución que protegió al agresor original mandó efectivos a golpear a quienes protestaban, hiriendo en el proceso a un adolescente que pasaba por ahí. El círculo de la violencia institucional no podría estar más perfectamente cerrado.

La Posta y el CeProDH: quienes curan lo que el Estado rompe

Que hayan sido la Posta de Salud y Cuidado y el CeProDH quienes contuvieron y asistieron al menor herido no es un detalle menor. Ambas organizaciones llevan años cubriendo el daño que genera el accionar represivo en Buenos Aires, atendiendo a manifestantes, jubilados, trabajadores y vecinos que resultan lastimados por las fuerzas de seguridad. Su presencia sistemática en cada episodio de represión dice algo sobre el Estado: que no protege a quienes agrede, y que la tarea de reparar recae sobre colectivos de salud y derechos humanos que funcionan a pulmón.

Desde la Posta de Salud y Cuidado se repudió la represión y se exigió que se investiguen los hechos. «Ningún pibe tiene que ser víctima de la violencia policial por simplemente salir de la escuela y volver a su casa», plantearon públicamente. La frase no necesita más comentario. La Policía de la Ciudad, responsable de garantizar la seguridad, convirtió una jornada de solidaridad en una zona de peligro para menores de edad.

Lo que está en juego

El derecho a la protesta es un derecho constitucional. El derecho de un menor a circular libremente y en seguridad también lo es. Cuando la Policía de la Ciudad vulnera ambos en el mismo operativo, no está cometiendo un «exceso»: está ejecutando una política. Una política que desde el gobierno de Jorge Macri se aplica con creciente impunidad y con el silencio cómplice de quienes tienen la responsabilidad de controlar a las fuerzas de seguridad. Que el damnificado sea un estudiante de 15 años que volvía a su casa no debería generar indignación solo en las redes sociales: debería generar una investigación penal inmediata y respuestas políticas concretas.

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