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Opinión

Mamá me dijo que soy español

La política juega su partido algorítmico. A la espera del debate correspondiente a los presidenciables, los aspirantes a la vicepresidencia y a la jefatura porteña también tuvieron la posibilidad de sus propias contiendas públicas. Ante todo, mucha calma.

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Por Manu Campi / @manucampimaier

Con la intención de voto con perspectiva digital, la búsqueda responde a la necesidad de viralizar cualquier contenido que despierte, o tuerza, el resultado de unos y otros de cara a octubre. Así, los equipos de marketing, imagen y comunicación inundaran las plataformas que consideren necesarias para vender un producto que se pudre por sí solo.

En este sentido, cualquier contenido vivirá del impacto, el tiempo que dure y que solo le dejará lugar a uno nuevo una vez que haya logrado desviar la atención por la falta de lógica que atiende. Partiendo desde la posibilidad, y la necesidad, de decir cualquier cosa, los libertarios entendieron que, digan lo que digan, necesitarán de un nuevo contenido para esconder la ausencia de sentido que el partido propone.

En cualquier otro contexto Ramiro Marra sería solo un pobre tipo que pone de manifiesto su propia formación cuando con llamativa soltura, y ante su propia incoherencia, responde que a él su mamá le contó otra cosa y punto. Para el candidato con esa formación alcanza. Junto a él, entre motosierras, billetes verdes, posturas dictatoriales y la cada vez más evidente falta de propuestas concretas en el plano de lo real, el equipo libertario no tiene más alternativa que la de sostener el hilo conductor para que la saliva no caiga sobre su propio asado. La pólvora pareciera estar ahora algo húmeda. La negación de Emilio Ocampo sobre la filiación nacional de San Martín, dos días después que el pobre de Marra intente convencerse a sí mismo sobre las características de la llegada de los españoles y el exterminio del noventa por ciento de la población originaria que costó la colonización, era, quizás, esperable.

Desviar la atención es su mas honda característica. Volviendo a la colonia, Ocampo en su arrebato, tiene algo de razón, San Martín no fue el padre de la patria, al menos no el único. Para ser patria se necesitaron algunos factores que al pobre de Marra terminan por escapárseles, o que su madre no le contó.

Las revoluciones responden al pensamiento primero, y a la práctica del mismo, segundo. En ese entonces, donde pensar era bastante más complejo, se necesitó que aquel pensamiento fuese carne de varios y bajo una misma premisa. Entre tantos pensadores dispuestos sobresalieron quienes, víctimas de su disposición no dudaron, a la hora de poner sobre la mesa sus humanidades completas. Así, el prócer se forma como tal cuando pasa a la historia como víctima de sus decisiones. Ante la sorpresa con la que se encuentra Marra cada vez que abre un libro de historia, si es que abre alguno, hace unos días Mariano Moreno hubiese cumplido doscientos cuarenta y cinco años. Periodista, abogado y político que, siendo hijo de Manuel Moreno y Argumosa, un funcionario español de la Tesorería de las Cajas Reales, tenía, al igual que usted estimado Marra, ascendencia española. ¡Vaya sorpresa encontraría si leyendo un poco descubriese que tal ascendencia, en mayor o menor medida y dependiendo la época, es de notable significancia para la conformación nacional! Pero no lo quiero abrumar a usted con cuestiones alejadas del algoritmo y que puedan alterar su ya inestable carrera política.

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Mariano Moreno, y vea usted qué asombrosa similitud, fue formado en una familia de claro corte español. Esta, con recursos realistas y colonizadores, mandaron a un joven Mariano a estudiar a Chuquisaca, allá por el 1802, a los veintidós años. La influencia de aquella universidad en la fundación de la república es indiscutible.

El joven Mariano no necesitó demasiado para comprender y, después de visitar Potosí, escribió la “Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios”, donde decía: “Desde el descubrimiento empezó la malicia a perseguir unos hombres que no tuvieron otro delito que haber nacido en unas tierras que la naturaleza enriqueció con opulencia y que prefieren dejar sus pueblos que sujetarse a las opresiones y servicios de sus amos, jueces y curas”. Volvió a Buenos Aires, ejerció la abogacía, impulsó el libre comercio y se acercó a los sectores revolucionarios. Como secretario de Guerra de la Primera Junta desplegó su sentido revolucionario, creó la biblioteca pública el diario La Gazeta que él mismo dirigió y donde en sus primeros números escribió: “el pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal”. Las diferencias con Saavedra, conciliador con el colonialismo, lo fueron aislando. Lo enviaron en misión diplomática a Londres, nunca llegó. Murió envenenado luego de ingerir un medicamento suministrado por el capitán de la fragata inglesa “Fama”. Lo tiraron al mar envuelto en una bandera inglesa. La historia es conocida, hace falta acercarse a ella más allá del capricho gobernante que tienen quienes se hamacan, incoherentes, en el relato de sus perros, o de sus madres.

Análisis

La tecnología no reemplaza la voluntad popular

Daniel Ríos propone reconstruir un proyecto nacional “soberano y planificado”. “Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos”, afirma.

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Por Daniel Ríos

Lejos está, la presente iniciativa, de constituir una visión integral sobre el país que queremos y mucho menos representar a quienes pensamos parecido. Visión que correspondería debiera impulsarse desde las organizaciones que conforman el movimiento nacional y popular de Argentina, y una representación que debemos reconstruir. Sí creo que puede ser un disparador para abordar una discusión transversal y democrática sobre cuestiones que considero urgentes e ineludibles, casi de supervivencia.

Son tiempos de juntarnos con la finalidad de crear escenarios de debate en el seno mismo del Movimiento Nacional y Popular, para que, cuando se presente la oportunidad de accionar, nos encuentre preparados, que no nos tome por sorpresa.

Debemos reconstruir esa capacidad de representación de las mayorías populares con propuestas simples, directas, de sentido común, al alcance de todos y todas. Solo se trata de escucharnos, para poder debatir, si nos hacemos cargo de abordar con coraje la construcción de un gran frente nacional, un gran pacto social, político, económico, científico y cultural que, por el momento, todavía parece lejano.

Mientras tanto, esta nueva versión de la crisis mundial, evidenciada por la polarización de las ideas y la concentración de la riqueza, nos encuentra a los argentinos transitando, en forma históricamente reiterada, otra nueva versión de la entrega de nuestra soberanía por parte de los viejos y conocidos liberales que no quieren el desarrollo del país, empujándonos hacia la desintegración nacional.

Como casi todos, ignoro cuándo y cómo termina, aún así, descarto correrme de esta realidad, ocultarme, hacerme el distraído, resignarme, o militar un silencio cómplice. En cambio, elijo hacerme cargo de proponer ideas para una nueva convivencia con la intención de contribuir a recrear las reglas de un nuevo Estado de Bienestar.

La Tecnología, creada por el hombre, no es, ni será sustituto de la voluntad popular. Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos.

Es por esto que estoy dispuesto a compartir algunos ejes o algunos lineamientos del modelo que abrazo y aportarlos para una experiencia de construcción colectiva, como creo que debe ser, con el objetivo de definir hacia dónde queremos ir, y cómo hacerlo, evitando la improvisación que casi siempre nos impone la urgencia del cronograma electoral y la falta de humildad de la dirigencia, en general.

Una propuesta sólida, representativa de los intereses del pueblo y de la Nación Argentina, de la presente y de la futura, debe basarse en un profundo análisis de la situación actual del país y del contexto internacional, y es precisamente por esto último que resulta imprescindible un diagnóstico preciso, sobre esos problemas que parecen reiterados e insuperables, problemas estructurales que se van reinventando, en materia política, económica, educativa, productiva, etc., etc.

La vertiginosa realidad mundial nos debe hacer pensar, minuto a minuto, el país que queremos para nosotros y para las generaciones futuras. Planificar, accionar, verificar, corregir y volver a planificar podría ser el método normal, la práctica instalada. Planear estratégicamente mal puede considerarse como un fin en sí mismo, simplemente es el camino obligado de una inteligente gestión de lo público.

El oficio y la intuición son útiles, pero ya insuficientes, necesitamos definir, colectivamente, objetivos claros, alcanzables, de mediano y largo plazo, y definir una hoja de ruta estructurada que apuntale un plan de desarrollo armónico, territorialmente equilibrado, gradual, sostenible y soberano. 

ARSAT, el primer satélite geoestacionario argentino y prueba de nuestra vocación activa en el desarrollo aeroespacial, largamente saboteado, interrumpido y reducido por administraciones obedientes al llamado «consenso de Washington».

Si “la unión hace la fuerza” no queda otra que unirnos para lograrlo. Hacer nuestros mejores aportes es la actitud militante que debemos tener todos aquellos que pensamos parecido, todos aquellos que nos sentimos con las ganas y la responsabilidad de contribuir para definir el modelo de país que deseamos.

Solo tenemos que juntarnos los de “este lado”, ampliamente hablando, y asumir el coraje de abordar el diseño de un nuevo modelo, desechando prácticas, creencias y discursos perimidos que, en gran medida, nos trajeron hasta acá. Si nos dejamos ganar por la inercia tal vez hoy pueda ser el principio del fin.

Propongo girar 180º o seguir fracasando. Así no va más. Juntémonos, es una oportunidad para empezar de nuevo, ya que no empezamos de cero. Supimos cruzar los Andes para liberar pueblos, hagámoslo de nuevo.

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