Opinión
Elijamos creer en un país más justo
Por Demetrio Iramain.

Por Demetrio Iramain
Dicen los comunicadores de la derecha: el fútbol le da a “la gente” la alegría que no le da la política. No es cierto.
La alegría por los resultados de la selección no es comparable con las sensaciones que puede producir la política.
Por definición, la política, que es escenario de disputas y tensiones, cuando genera gozos en algunos ocasiona insatisfacciones en otros. Al revés del triunfo argentino en el Mundial, no puede causar el mismo agrado en unos y otros a la vez.
Con la Selección, sí. Sufrieron y gozaron al mismo tiempo, y por lo mismo, quienes viven en Villa Palito, en La Matanza, y en Highland Park, en Pilar.
La política está hecha para rivalizar, no para confraternizar. Es territorio del disenso, no del consenso.
Pretender lo contrario es asignarle a la política una competencia que no tiene, ni podrá tener. Es claramente un mensaje antipolítico, a lo Milei, aunque sutil, sin tantas estridencias. No hay que buscar ninguna contradicción política en los festejos, porque no la hay.
A propósito, Macri dijo en octubre que la sociedad argentina es la más fracasada del mundo desde hace 70 años. Que hay otra raza superior, que claramente no es la de nuestro fenotipo.
El comentario, que quiso ser un pronóstico deportivo, terminó siendo un sermón político y cultural, y terminó equivocado en ambos sentidos.
En materia futbolística esa raza premium ni siquiera pasó a octavos de final esta vez. El “populismo fracasado” que expresó la multitud que celebró el Mundial, no produjo ni un solo incidente. La única mancha la provocó el alcalde Rodríguez Larreta, cuando su ministro de (in)seguridad valló los alrededores del Obelisco tras la semifinal con Croacia, y provocó detenidos y gases lacrimógenos.
Si pudiéramos, no manipular el hecho cultural que protagonizamos en las calles y en las canchas, sino apenas advertir su potencia política, simbólica, y desnudar así la rancia ideología de la derecha que nos pretende tristes, impotentes y frustrados para dominarnos, qué distinto sería el futuro.
Por lo demás, los verdaderos héroes del mundial fueron los jugadores, el cuerpo técnico y los utileros de la Selección. Y el pueblo. Los hinchas que alentaron.
Pero no aquellos que fueron a Doha, a mil dólares la noche, sino quienes con un amor a prueba de balas le siguen sosteniendo la vela a un país que los margina y los maltrata por pobres. Al dorso de la “unión nacional” que venden en ESPN, un país puja contra otro. Ojalá este Mundial no impulse a hacer una patria más justa para todos, pero más para los que no tienen nada.
Análisis
La tecnología no reemplaza la voluntad popular
Daniel Ríos propone reconstruir un proyecto nacional “soberano y planificado”. “Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos”, afirma.
Por Daniel Ríos
Lejos está, la presente iniciativa, de constituir una visión integral sobre el país que queremos y mucho menos representar a quienes pensamos parecido. Visión que correspondería debiera impulsarse desde las organizaciones que conforman el movimiento nacional y popular de Argentina, y una representación que debemos reconstruir. Sí creo que puede ser un disparador para abordar una discusión transversal y democrática sobre cuestiones que considero urgentes e ineludibles, casi de supervivencia.
Son tiempos de juntarnos con la finalidad de crear escenarios de debate en el seno mismo del Movimiento Nacional y Popular, para que, cuando se presente la oportunidad de accionar, nos encuentre preparados, que no nos tome por sorpresa.
Debemos reconstruir esa capacidad de representación de las mayorías populares con propuestas simples, directas, de sentido común, al alcance de todos y todas. Solo se trata de escucharnos, para poder debatir, si nos hacemos cargo de abordar con coraje la construcción de un gran frente nacional, un gran pacto social, político, económico, científico y cultural que, por el momento, todavía parece lejano.
Mientras tanto, esta nueva versión de la crisis mundial, evidenciada por la polarización de las ideas y la concentración de la riqueza, nos encuentra a los argentinos transitando, en forma históricamente reiterada, otra nueva versión de la entrega de nuestra soberanía por parte de los viejos y conocidos liberales que no quieren el desarrollo del país, empujándonos hacia la desintegración nacional.
Como casi todos, ignoro cuándo y cómo termina, aún así, descarto correrme de esta realidad, ocultarme, hacerme el distraído, resignarme, o militar un silencio cómplice. En cambio, elijo hacerme cargo de proponer ideas para una nueva convivencia con la intención de contribuir a recrear las reglas de un nuevo Estado de Bienestar.
La Tecnología, creada por el hombre, no es, ni será sustituto de la voluntad popular. Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos.
Es por esto que estoy dispuesto a compartir algunos ejes o algunos lineamientos del modelo que abrazo y aportarlos para una experiencia de construcción colectiva, como creo que debe ser, con el objetivo de definir hacia dónde queremos ir, y cómo hacerlo, evitando la improvisación que casi siempre nos impone la urgencia del cronograma electoral y la falta de humildad de la dirigencia, en general.
Una propuesta sólida, representativa de los intereses del pueblo y de la Nación Argentina, de la presente y de la futura, debe basarse en un profundo análisis de la situación actual del país y del contexto internacional, y es precisamente por esto último que resulta imprescindible un diagnóstico preciso, sobre esos problemas que parecen reiterados e insuperables, problemas estructurales que se van reinventando, en materia política, económica, educativa, productiva, etc., etc.
La vertiginosa realidad mundial nos debe hacer pensar, minuto a minuto, el país que queremos para nosotros y para las generaciones futuras. Planificar, accionar, verificar, corregir y volver a planificar podría ser el método normal, la práctica instalada. Planear estratégicamente mal puede considerarse como un fin en sí mismo, simplemente es el camino obligado de una inteligente gestión de lo público.
El oficio y la intuición son útiles, pero ya insuficientes, necesitamos definir, colectivamente, objetivos claros, alcanzables, de mediano y largo plazo, y definir una hoja de ruta estructurada que apuntale un plan de desarrollo armónico, territorialmente equilibrado, gradual, sostenible y soberano.

ARSAT, el primer satélite geoestacionario argentino y prueba de nuestra vocación activa en el desarrollo aeroespacial, largamente saboteado, interrumpido y reducido por administraciones obedientes al llamado «consenso de Washington».
Si “la unión hace la fuerza” no queda otra que unirnos para lograrlo. Hacer nuestros mejores aportes es la actitud militante que debemos tener todos aquellos que pensamos parecido, todos aquellos que nos sentimos con las ganas y la responsabilidad de contribuir para definir el modelo de país que deseamos.
Solo tenemos que juntarnos los de “este lado”, ampliamente hablando, y asumir el coraje de abordar el diseño de un nuevo modelo, desechando prácticas, creencias y discursos perimidos que, en gran medida, nos trajeron hasta acá. Si nos dejamos ganar por la inercia tal vez hoy pueda ser el principio del fin.
Propongo girar 180º o seguir fracasando. Así no va más. Juntémonos, es una oportunidad para empezar de nuevo, ya que no empezamos de cero. Supimos cruzar los Andes para liberar pueblos, hagámoslo de nuevo.
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