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Opinión

Caleidoscopiando Momentos…

En su reflexión, la autora explora la experiencia de la vida y el lenguaje como si estuviera dentro de un caleidoscopio, donde las palabras y las imágenes se mezclan en un constante cambio. Este viaje literario nos lleva a cuestionar la importancia de las palabras y a apreciar la riqueza de la experiencia más allá de ellas.

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Por Cecilia Sigler Relgis

«Vi a un tiempo cada letra de cada página, vi la noche y el día contemporáneo… vi un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin…, vi tigres, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra y en la tierra otra vez el Aleph, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo, y lloré»

“El Aleph”, Jorge Luis Borges

Sin un rumbo definido, las teclas danzan bajo mis dedos o me envuelven en su abrazo, llevándome por un camino incierto hacia quién sabe dónde. En medio del bullicio circundante, me pregunto qué palabras o silencios surgirán de esta danza caótica. Padre, patria, equilibrio, palíndromo, libertad, Fito Páez, un censo en la ciudad, una exposición en el Palacio Barolo; me muevo de un lado a otro en un laberinto de significados.

Incertidumbre, rarezas, giros sinuosos y peligrosas vueltas; no emerjo, no retengo. Pero entonces, de repente y sin motivo aparente, surge una palabra: caleidoscopio. Proveniente del griego: kalós (‘bello’) y eîdos (‘imagen’), esta palabra me envuelve como una ola.

Un caleidoscopio es un tubo oscuro que contiene dos o tres espejos inclinados y en uno de sus extremos, dos láminas de vidrio que albergan objetos de forma irregular. Al girar el tubo y mirar por el extremo opuesto, estas imágenes se multiplican simétricamente, creando un conjunto diverso y cambiante. Así me siento ahora, dentro de ese caleidoscopio, experimentando los colores y navegando por sus patrones en constante transformación.

Cada día, cada paso, es como uno de los fragmentos efímeros y cambiantes dentro de ese tubo. Imagino una mano mágica que lo gira una y otra vez, transformando triángulos en rombos, rojos en fucsia furioso, verdes en negros, y plateados brillantes en blancos o tonos naranjas y celestes.

Estamos inmersos en remolinos de tinta colorida, pero esta vez, sin las ataduras de las letras. ¿Qué sucede cuando las palabras nos abandonan y quedamos suspendidos en una espiral de fuego? Aquí, encontramos no solo un caleidoscopio de pensamientos, sino también de música, gritos, ruidos fugaces y voces distantes.

La vida se despliega en una paleta de colores, en el movimiento y, a menudo, más allá de las palabras. Tal vez, la vida, en última instancia, reside fuera de las palabras. Es un territorio extraño y en constante cambio, donde el énfasis se desplaza a lugares diferentes. Es el tejido de los laberintos entre aferrarse a las letras y dejarse llevar por las imágenes. Quizás, todo es parte de lo mismo: un sinfín de gotas de lluvia que caen sobre el arcoíris más grande, caleidoscopiando momentos. Hasta que, finalmente, nos detenemos en el centro, aquí mismo, en el punto final.

Análisis

El Che escribió como Rubén Darío: Marcha Triunfal

Los cuadernos escritos a mano del Che.

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Por Jesús Rivero

Según quiénes acompañaban a Ernesto Guevara de la Serna en Bolivia, que en paralelo que avanzaba en su marcha, escribía, demasiado escribía. Cuando lo capturaron el 8 de octubre de 1967 encontraron en su mochila varios cuadernos escritos a mano, el más conocido es su diario de campaña, pero había un cuaderno rojo en el que había transcrito (escrito más allá) tres poemas de Rubén Darío. Uno de ellos era Marcha Triunfal. 

Setenta y dos años antes, una fría madrugada de fines de abril de 1895, el gran poeta nicaragüense aún no había escrito aquella marcha. En el contexto de nuestra Plaza de Mayo, estaba en un banco, desalineado, desmejorado. Seguro había pasado una noche de vino y juerga. Cuando sucedió algo inesperado, lo encontró el amigo indicado, era el doctor Plaza, responsable de la Isla Martín Garcia, donde por aquellos días se hacía la cuarentena, por la epidemia de fiebre amarilla. El doctor Plaza cubrió a Darío con un sobretodo y lo llevó directamente hasta el puerto para embarcarse en el vaporcito que los trasladará hasta la isla.

En la Isla Martín Garcia, se recuperó, al mismo tiempo que escribió, demasiado escribió. Un día llegó un telegrama en donde le pedían un poema para el próximo aniversario de la revolución del 25 de mayo de 1810. Cuyo lugar físico de celebración era “El Ateneo de la calle Florida». Tenía tres días para hacerlo, Darío se sentó y escribió su marcha triunfal que pasaría a la historia. Y, como a tantas bibliotecas de nuestro país, llegó también a la de la familia Guevara.

Ernesto Guevara de la Serna “Che» nació el 14 de junio de 1928, pleno auge de la crisis del sistema capitalista a nivel global. En lo que respecta a la Marcha Triunfal, Ernesto se la aprendería de memoria como efecto de escuchar a su padre recitarla repetidamente. Esta transmisión lo acompañaría hasta sus últimos días, transcribiendo la misma,  en su cuaderno  en la selva boliviana. Hoy, el manuscrito de Rubén Darío está en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores en Ciudad Autonoma de Buenos Aires. Y, el cuaderno con la transcripción del Che, en un archivo del ejército en la ciudad de La Paz, Bolivia. Marcha Triunfal, poema que celebra una revolución, escrito en el río de La Plata, que fue transcripto por un revolucionario en la selva de Bolivia.

* escritor y activista político

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