Análisis
Al menos no nos gobierna el peronismo…
Pero cómo, ¿desabastecimiento en tiempos de la libertad? Parece que la falta de inversión pública, regulaciones y acción directa del Estado para garantizar el volumen de gas necesario para nuestro país trajeron como resultado un cuello de botella que, paradójicamente no puede resolver el mercado.
Martín Epstein*
Era el mes de octubre de 2023 y Argentina atravesaba una campaña electoral muy intensa. El entonces ministro de economía y candidato se desdoblaba en una difícil tarea que incluía además de la gestión y las recorridas atajar presiones de diversos sectores que decididamente intentaban (a la postre con éxito) incidir en el resultado electoral. Tras unas internas abiertas condicionadas por el Fondo Monetario Internacional que supeditaba el giro de divisas comprometidas al cumplimiento de metas complejas en el contexto de la sequía, Sergio Massa había salido airoso hasta de una devaluación del 22% de agosto con política de recuperación de ingreso. Parece de hace tiempo, pero hace menos de un año se devolvía parte del impuesto al valor agregado al consumo, se avanzaba en aumentos y beneficios crediticios para jubilados, se eliminaba el impuesto a las ganancias para la cuarta categoría.
Pero octubre será otra vez tiempo de presiones. Los medios insistían y machacaban en coordinación asombrosa con la idea del desabastecimiento de combustible. La tan mentada ruta que nos conducía a ser Venezuela ahora si cuadraba con una problemática que parecía tan evidente como irrefutable: se terminó la nafta. O al menos eso parecía, porque poco después se confirmó que se trataba de una nueva maniobra con tintes electoralistas. La decisión de restringir el abastecimiento no obedecía a una verdadera caída en los volúmenes disponibles, sino a una ‘apretada’ que tenía como fin una disparada del precio de las naftas en Argentina.
Apenas unos días después del triunfo de Milei, las estaciones de servicio de todo el país ya no tenían faltantes ni largas filas de automovilistas atemorizados por el desabastecimiento, sino incrementos que engordaban los bolsillos de los productores y distribuidores a costa de un salario que cada vez rendía menos en litros de nafta. La liberación completa de la economía con la gestión de Milei y Caputo (más el ahora blanqueado Sturzenegger) incluyó además la posibilidad de exportar libremente sin contemplar necesidades o demanda del mercado interno.
No llegamos a medio año de gestión y la política de desregulaciones y feroz ajuste del gasto público arrojó un primer saldo problemático. Por faltante de gas, el gobierno decidió restringir el acceso a la energía para las grandes industrias, al tiempo que prohibió la venta de GNC en estaciones de servicio, provocando una seria pérdida para trabajadores que dependen de ese insumo como taxistas.
Pero cómo, ¿desabastecimiento en tiempos de la libertad? Parece que la falta de inversión pública, regulaciones y acción directa del Estado para garantizar el volumen de gas necesario para nuestro país trajeron como resultado un cuello de botella que, paradójicamente no puede resolver el mercado. Escuchar las excusas de las caras visibles de este gobierno no deja de sorprender, pero suponer que en tiempos de recesión económica (o sea, digamos, menor demanda energética con uso de capacidad instalada en mínimos históricos) la razón del faltante es que ‘hace más frío’ es cuanto menos infantil o poco seria.
La desinversión, el ajuste fiscal, la falta de planificación muestran una brutal impericia de quienes predican una libertad de mercado que impone una enorme incertidumbre hacia adelante. Mientras tanto, los adoradores del excel siguen celebrando un superávit que cada día se hace menos sostenible y más dañino para una sociedad que ya no solo pasa hambre, sino también ve muy cerca un invierno tan cruel como quienes nos gobiernan.
*Politólogo y Analista Económico del Centro de Economía Política Argentina (CEPA)
Por Jesús Rivero*
Deseo comenzar por la etimología de transmisión, porque como planteaba Jacques Marie Emile Lacan, el origen me colma.
Transmisión etimológicamente significa acción y efecto de hacer circular una cosa, más allá.
¿Qué se transmite?
El objeto petit “a» que agujerea al sujeto-sujetado y lo sostiene desde su pérdida.
¿Es pedagógico?
Se puede decir que no. Aunque las palabras no pueden decir todo.
Éste petit “a» de Jacques Lacan es su invento privilegiado, ya que a la nada le cedió un lugar topológico, lo nombró y dio (donó) existencia.
Falta irreductible que opera más allá del sujeto supuesto saber. Es la hiancia que motoriza el deseo. Lacan en su última enseñanza transmite esto, la cosa, el ruido. No un supuesto saber platónico y universal, esto obtura.
Hagan la prueba, pongan sobre un escritorio una piedra y un libro frente a una audiencia y observen las miradas de dicha audiencia, que se transmite. El ruido, la enunciación del enunciado. El dicho del decir del disertante, cuyo rasgo unario, no tiene que ver con la pedagogía. Lo que se transmite es otra cosa, el objeto petit “a».
Lo que todos buscan en este movimiento, que es el peronismo, cuyo significante vacío busca negociar con un significado. Es el punto de capitón que anuda la significación. Esta lucha casi interminable que auguran para siempre los opositores, pero nadie mejor que ellos saben, que dicha disputa de poder (lucha de clases) siempre llega a su anudamiento.
El significante vacío sin negociación, no es nada. La problemática es intentar identificar un líder, sin transmisión. Sin hacer circular una cosa, más allá. Esto no puede ser forzado, no es pedagógico, responde a la lógica de la falta, de lo que se perdió. El mismo Sigmund Freud en “Psicología de las masas y análisis del yo” planteó que “las masas no se identifican al ideal del yo, sino que se identifican entre sus yoes, al objeto ideal que es el líder». Es decir, no hay identificación al significante, sino entre las masas a un rasgo, que es el objeto ideal.
Este objeto (poder) no es pedagógico. No se aprende, se comprende. La conducción no es para cualquiera, se tiene o no se tiene. Todos tienen el bastón de mariscal en la mochila, pero no todos saben transmitirlo. De aquí, vemos a grandes teóricos no entender la fórmula de dicha conducción, nunca la van a entender, porque no se entiende se comprende.
El mismo Juan Domingo Perón, que en lo singular creo es el mejor en conducción, no decía: “la política no se aprende, se comprende, y solamente comprendiendo es posible realizarla racionalmente. Decía el Mariscal de Sajonia que él tenía una mula que lo había acompañado en más de diez campañas, pero decía que la mula no sabía nada de estrategia. Lo peor es que él pensaba que muchos de los generales que también lo habían acompañado, sabían lo mismo; hay hombres que toda su vida han hecho política, pero nunca la han comprendido. El éxito será siempre para quien la haya comprendido, no para el que pretenda aprenderla”.
Hoy en día hay muchos que pretenden aprenderla, y hay pocos que desde el exilio, cárcel o proscripción, la comprenden. Es cuestión de tiempo y comprensión, no de pedagogía.
*escritor y activista político.
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