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Análisis

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Tras una semana en que la que la desconfianza de los mercados se sigue haciendo evidente, Luis Caputo dejó dos mensajes en uno que auguran un futuro sombrío para la sociedad: “La realidad probará que en breve la gente va a tener que vender dólares para pagar impuestos y el peso va a ser la moneda fuerte”. Una reversión del célebre consejo de Lorenzo Sigaut contra la especulación, “el que apuesta al dólar, pierde” que concluyo con una brutal devaluación que licuó a quienes siguieron el consejo

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Martín Epstein*

Gran parte de la campaña electoral se ordenó detrás de una ficción que un sector de la sociedad eligió: el programa dolarizador, apoyándose sobre la estabilidad inflacionaria lograda de la mano de la convertibilidad menemista, se impuso y catapultó a Javier Milei a la presidencia de la nación. Pero cumplir con esa propuesta tenía un factor ‘flojo de papeles’, la falta de dólares en un país que funciona desde mediados de la década de 1970 como una economía bimonetaria.

A 7 meses de gobierno, tras diversas volteretas y piruetas discursivas pasaron de despreciar al peso, plantear una competencia de monedas, la dolarización endógena de la economía volvió a aparecer en los discursos oficiales. Cuando el ministro de economía necesita ponerse en el centro de los reflectores constantemente, lejos de ser señal de fortaleza, deja expuesta la endeblez de un funcionario que pareciera tener los días contados. Luis Caputo, evidencia una notable incapacidad para conformar al mercado con un programa económicos que a esta altura sólo cuenta con la ficción de un superávit que no resiste un control de calidad básico. Si deja de pagarse a las universidades, si la partida para pago de subsidios a la energía se reducen drásticamente de un mes al siguiente, la cuenta que se presenta como positiva se revierte rápidamente.

Aún cuando esta semana con algarabía celebraron desde el gobierno lo que presentan como una notable recuperación económica, reflejada en el crecimiento de 2,3% interanual del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) del INDEC, se debe meramente a un factor estadístico.El rebote se explica al comparar un año normal contra un año de sequía. La actividad económica sigue en caída y en el mes de mayo, excluyendo al agro la contracción fue del 5,5% interanual.


Sobre el terreno monetario, el camino parece incluso cada vez más resbaladizo. La tan anunciada  liquidación de la cosecha gruesa no dejó el saldo de divisas que el gobierno esperaba. Hace casi 2 meses que la capacidad de acumulación de dólares es muy magra o negativa. Y como cada vez que los dólares escasean, la búsqueda de dolarización empuja la brecha de todos los tipos de cambio por los cuales se puede hacer ese pasaje. Sube el dólar blue (antes ilegal, hoy libre), sube el MEP (financiero pero que queda dentro del sistema en Argentina), sube el CCL (contado con liquidación, o cable, fuera del mercado argentino).

En un lapso de una semana, vía redes o entrevistas radiales y televisivas, el ministro ‘experto en finanzas’ pasó de anunciar que el gobierno liberal libertario iba a intervenir para que no se escapara la brecha, vendiendo dólares para bajar el CCL. Luego tuvo que salir a aclarar que, aunque se quemen las reservas magras, los bonos en dólares los van a pagar para apaciguar al mercado. Finalmente, frente a una semana en que la que la desconfianza de los mercados se sigue haciendo evidente, dejó dos mensajes en uno que auguran un futuro sombrío para la sociedad: “La realidad probará que en breve la gente va a tener que vender dólares para pagar impuestos y el peso va a ser la moneda fuerte”. Una reversión del célebre consejo de Lorenzo Sigaut contra la especulación, “el que apuesta al dólar, pierde” que concluyo con una brutal devaluación que licuó a quienes siguieron el consejo. Pero además, termina de quedar en claro que, de avanzar en un esquema de competencia o dolarización será, una vez más a costas de los ahorros de la sociedad.

*Politólogo y Analista Económico del Centro de Economía Política Argentina (CEPA)

Análisis

El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar

La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.

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Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.

El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.

«Una bomba en el medio del pueblo»

Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.

La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.

Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».

Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal

Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».

Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.

Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.

Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».

La intendenta y el pedido de los trabajadores

Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.

Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».

La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.

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