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Análisis

El lujo es vulgaridad

A 74 años de su nacimiento, el Indio Solari no solo atenta contra la demagogia clasista, sino que también entendió de qué lado de la mecha había que estar de pie.

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El-Argentino-Manu Campi

Por Manu Campi | @manucampimaier

Fue otro tiempo. El olor a Parakultural picoteaba cerca. El misterio sobre el porqué del nombre de la banda. Los shows anunciados de boca en boca. Las entradas en Locuras o Lee Chi, jamás difundidas en los medios masivos hicieron, por aquel entonces, que la mística flote en el aire como los cuentos que viven, nacen y mueren de boca en boca.

Los pibes en las esquinas, sentados en los umbrales con zapatillas de lona y vino barato de ocasión atendían el zumbido social que pregonaba su mera puesta en escena. La adolescencia de bolsillo roto y pantalón gastado. Las letras imposibles y una sonoridad que atravesó, como una bestia enferma que busca amparo en el sinsabor oculto debajo del cuero, las propias complejidades de un artista sin calendario.

Y ahí estábamos nosotros, politizando la cuadra mano a mano ni bien comprendimos que el Indio nos soltaba la rienda. Que a Bulacio lo mató, encerrado y a los golpes, la policía y no el arte ni el aullido popular que, todavía, tanto asusta, nos dio un punto de partida humano. No era odio contra una fuerza penosa, sino saber que Walter éramos nosotros, como una mosca que jode detrás de la oreja. Y los animales éramos nosotros, con el pecho ancho, la sangre fresca y la herida abierta mucho antes de los chupines y las bebidas de moda.

Ahí vivía el Indio, con la llanura contractual debajo de las suelas de goma de los pibes de los barrios argentinos. Aquellos que esperaban ansiosos, como ahora, que el bálsamo siempre prometido y jamás cumplido, esté servido arriba de una mesa única. Aquel aroma sin jeta escondido en un chillido humano nos bebía a todos de golpe y nos escupía de nuevo al juego grande. La cobardía paternal de una generación aburguesada a lo Nixon y las portadas de los matutinos no conseguían borrar la huella.

Ahí habitaba la marejada prolija, cardinal y auténtica. Ahí estábamos nosotros, aprendiendo a ser libres. Ahí andábamos, curtiendo el placer de renegar sin grises y el tipo de camisa nos convidaba el sorbo de una legitimidad que siempre nos había sido esquiva. Identificarnos como salvajes librados a nuestra única suerte.

Cómo se escribe sobre el Indio Solari. Qué cuento tengo que contar más que no sea propio y hermanado. Leer en los diarios pobres reseñas de un artista que cumple años me dio cierta perspectiva. No puedo estar sujeto al tecnicismo que empobrece la comunicación nacional. Tampoco tengo que vender esta nota. Colegas sin sangre y sin primera persona, esquivan el alma del artista brindado, con el culo en una silla de pan para hoy.

La mediocridad general que atenta con la propuesta hecha carne hace ya casi medio siglo, escapa a los titulares que pretenden enmarcar una pintura que no se ha terminado, como si la necesidad de acomodar el mal gusto bailara desnuda sobre el espanto que ofrece la vulgaridad. Como si la necesidad de barrer debajo de la alfombra lo que protestan tantos, lo que pregonan otros y lo que nos duele enormemente a todos y todas, estuviese únicamente sujeto a un único sentido escueto y amalgamado para la ocasión.

Es así. Porque el peligro nunca fue ver al Indio en vivo, sino más bien lo que el hombre de a pie representa cuando gruñe, cuando vive y cuando siente. Yo estuve ahí, igual que ahora y con el mismo enfado popular que aprendí mientras los bastones y las balas de goma tenían el mismo miedo que tienen ahora. Ni antes ni ahora nos contagiamos de tal temor. Y así, con pasta de campeones, aprendimos a cantar, a contar nuestro propio cuento y a escribir la historia a través de la trova nacional encarnada en un autor sublime. Con todo, y entre tanto caldo, estoy seguro que, al himno popular por excelencia no lo soñé, igual que tantos. Gracias Carlos Solari por no prometer nada y cumplir con todo.

Análisis

Transmisión y política 

Es cuestión de tiempo y comprensión, no de pedagogía. 

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El-Argentino-Por Jesús Rivero

Por Jesús Rivero*

Deseo comenzar por la etimología de transmisión, porque como planteaba Jacques Marie Emile Lacan, el origen me colma.

Transmisión etimológicamente significa acción y efecto de hacer circular una cosa, más allá. 

¿Qué se transmite?

El objeto petit “a» que agujerea al sujeto-sujetado y lo sostiene desde su pérdida. 

¿Es pedagógico?

Se puede decir que no. Aunque las palabras no pueden decir todo.

Éste petit “a» de Jacques Lacan es su invento privilegiado, ya que a la nada le cedió un lugar topológico, lo nombró y dio (donó) existencia.

Falta irreductible que opera más allá del sujeto supuesto saber. Es la hiancia que motoriza el deseo. Lacan en su última enseñanza transmite esto, la cosa, el ruido. No un supuesto saber platónico y universal, esto obtura.

Hagan la prueba, pongan sobre un escritorio una piedra y un libro frente a una audiencia y observen las miradas de dicha audiencia, que se transmite. El ruido, la enunciación del enunciado. El dicho del decir del disertante, cuyo rasgo unario, no tiene que ver con la pedagogía. Lo que se transmite es otra cosa, el objeto petit “a».

Lo que todos buscan en este movimiento, que es el peronismo, cuyo significante vacío busca negociar con un significado. Es el punto de capitón que anuda la significación. Esta lucha casi interminable que auguran para siempre los opositores, pero nadie mejor que ellos saben, que dicha disputa de poder (lucha de clases) siempre llega a su anudamiento.

El significante vacío sin negociación, no es nada. La problemática es intentar identificar un líder, sin transmisión. Sin hacer circular una cosa, más allá. Esto no puede ser forzado, no es pedagógico, responde a la lógica de la falta, de lo que se perdió. El mismo Sigmund Freud en “Psicología de las masas y análisis del yo” planteó que “las masas no se identifican al ideal del yo, sino que se identifican entre sus yoes, al objeto ideal que es el líder». Es decir, no hay identificación al significante, sino entre las masas a un rasgo, que es el objeto ideal.

Este objeto (poder) no es pedagógico. No se aprende, se comprende. La conducción no es para cualquiera, se tiene o no se tiene. Todos tienen el bastón de mariscal en la mochila, pero no todos saben transmitirlo. De aquí, vemos a grandes teóricos no entender la fórmula de dicha conducción, nunca la van a entender, porque no se entiende se comprende. 

El mismo Juan Domingo Perón, que en lo singular creo es el mejor en conducción, no decía: “la política no se aprende, se comprende, y solamente comprendiendo es posible realizarla racionalmente. Decía el Mariscal de Sajonia que él tenía una mula que lo había acompañado en más de diez campañas, pero decía que la mula no sabía nada de estrategia. Lo peor es que él pensaba que muchos de los generales que también lo habían acompañado, sabían lo mismo; hay hombres que toda su vida han hecho política, pero nunca la han comprendido. El éxito será siempre para quien la haya comprendido, no para el que pretenda aprenderla”.

Hoy en día hay muchos que pretenden aprenderla, y hay pocos que desde el exilio, cárcel o proscripción, la comprenden. Es cuestión de tiempo y comprensión, no de pedagogía. 

*escritor y activista político.

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