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Análisis

Lo mismo, en la misma dirección, pero más rápido

Los trazos gruesos de estos primeros sesenta días de Milei ya permiten adelantar un rumbo que, salvo designio divino o místico, conduce a una nueva crisis social, económica y política.

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Martín Epstein*

Los primeros dos meses de gobierno de Javier Milei confirman que el proyecto económico libertario no es otra cosa que un furioso regreso a los preceptos más elementales del neoliberalismo: lo que importa son los números, y hay que hacerlos cerrar sin contemplaciones. Por eso no hay política productiva, industrial, de generación de empleo y crecimiento de ingresos. Los trazos gruesos de estos sesenta días ya permiten adelantar un rumbo que, salvo designio divino o místico, conduce a una nueva crisis social, económica y política. La puesta en marcha del programa de desregulaciones extremas, de la mano de una estampida de precios con salarios y pensiones estancados configuran las variables de una tormenta perfecta.

Sin demasiada originalidad, el autopercibido académico sigue confrontando contra el Estado, carga contra el sistema político y ubica en el trinomio gasto – déficit – emisión el problema estructural que condena a la Argentina a un régimen de alta inflación como el que estamos acostumbrados. La postura antinómica no es nueva, líderes de todo el mundo, y en diversas etapas apelaron a esa forma para construir sus imágenes y su poder. Mucho menos novedosa es la idea simplista de que bajando el gasto público se logra domar la inflación.

Pero veamos los primeros resultados de la experiencia liberal libertaria. En el haber, podrían anotarse como poroto la acumulación de reservas sostenida desde el inicio del gobierno. Claro, con una devaluación del 118%, encareciendo importaciones y contrayendo el mercado interno si el Banco Central no acumula sería catastrófico. Pero en paralelo, vía endeudamiento en dólares, el propio BCRA se propone saldar deuda de los importadores a través de los BOPREAL, cuyo saldo viene nivelando, pero en rojo, el crecimiento de reservas.

El otro dato que Caputo esgrime casi golpeándose el pecho es que en enero el tesoro logro superávit tanto fiscal como financiero (0,48% y 0,20% del PBI respectivamente). Claro, no cuentan cómo se logro ese número. El ‘ahorro’ se logro aprovechando la inflación, tras el balde de nafta que implicó la devaluación de diciembre. Partidas con aumentos inferiores, o sea con caída en términos reales: -75,6% en obra pública, -59,6 programas sociales (el potenciar trabajo se licuó a la mitad con una caída del 98%). Jubilaciones y pensiones perdieron, sólo en enero 32% de poder de compra. Transferencias a las provincias cayeron en términos reales 53,3%, y el desfinanciamiento del sistema educativo universitario ya está en marcha también.

Contra una inflación del 25,5% en diciembre, los salarios están en caída libre. Medido por el Ministerio de Trabajo, apenas aumentaron en promedio 8,3% y por INDEC 8,9%. La sangría del último mes del año pasado fue brutal, y conocido ya el dato de enero con un aumento de precios de 20,6% el deterioro de los ingresos de la sociedad argentina no parece haber encontrado piso. En apenas 2 meses Milei y Caputo licuaron los ingresos tanto como Macri en 4 años. Parece que era cierta esa máxima de ‘lo mismo, en la misma dirección, pero más rápido’.

Aumento de tarifas y transportes en niveles insoportables; salud y educación camino a ser prohibitivas para las grandes mayorías; canasta alimentaria cada día más alejada de los ingresos populares. Combo demoledor al que la perversión del gobierno agrego la idea de congelar partidas de alimentos para comedores y exponer a miles de personas a pasar hambre en un país repleto de comida convierten a este, en un gobierno al que decididamente las y los argentinos le son un estorbo para sus tablas y planes de negocios.

La pregunta que hace rato flota en el aire es ¿cuánto tiempo aguantará el humor social frente al ajuste más feroz del que se tenga recuerdo?

*Politólogo y Analista Económico del Centro de Economía Política Argentina (CEPA)

Las opiniones expresadas en la presente nota de opinión y/o análisis son las de los autores. No pretenden reflejar las opiniones de El Argentino Diario o de sus integrantes. Las denominaciones empleadas en la misma y la forma en que aparecen presentados los datos que contiene no implican, de parte de El Argentino Diario juicio alguno sobre la información y/o datos y/o valoraciones aquí expuestas.

Análisis

La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo

Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».

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Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia

Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.

Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.

Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.

Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.

El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina

La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.

Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.

La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.

Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)

La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.

Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.

Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.

El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas

El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.

Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.

El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.

Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala

La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.

El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.

En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.

Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.

Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.

Machismo de guardapolvo blanco

Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.

La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.

Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.

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