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Análisis

A cinco años de la desaparición de Santiago Maldonado, siguen exigiendo justicia

Santiago era consciente del poder de las grandes corporaciones»

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Al grito de ¡Santiago Maldonado presente!, Plaza de Mayo, la plaza del pueblo comenzó a llenarse de jóvenes, organización sociales, políticas y de derechos humanos que a cinco años de su desaparición exigen justicia.

«Somos las familias las que debemos batallar contra la impunidad del poder judicial que se ha convertido en el garante de los poderosos».

sergio maldonado

Sobre el escenario las pinceladas del artista sobre el lienzo hicieron su rostro presente mientras la multitud se fundía en un aplauso.

Al rato, Las Manos de Filippi quebraron el aire con su potencia mientras el pogo encendió la audiencia bajo banderas flameantes

«Faltó una clara voluntad política para saber qué pasó con Santiago»

Sergio maldonado

«Somos las familias las que debemos batallar contra la impunidad del poder judicial que se ha convertido en el garante de los poderosos», agregó el hermano de Santiago Maldonado, y continuó: «Santiago era consciente del poder de las grandes corporaciones».


«Tengamos memoria del accionar de jueces y políticos».

sergio maldonado


«Memoria, verdad y justicia por Santiago Maldonado, los 30.000 y todas las víctimas de la represión del Estado», fueron algunos de los reclamos del discurso de Sergio Maldonado.

En desarrollo…

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El Argentino
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Análisis

La condena del peón

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Por Agustín Sosa

El 23 de enero de 2013 miró el cielo mientras estaba en el piso, tirado sobre bosta de vaca. Marcos Pizarro Costa Paz había recibido un escopetazo en el cuello y pronto moriría camino al hospital.

Descendiente de Julio Argentino Roca, el joven estanciero alquilaba alrededor de setecientas hectáreas en el partido de Adolfo Gonzales Chaves, donde tenía unas quinientas cabezas de ganado.

A sus órdenes estaba Alberto Bonifacio Martínez, un peón al que le debía varios meses de sueldo y aguinaldo, lo obligaba a trabajar de sol a sol y a vivir en condiciones infrahumanas. El maltrato ya había despertado la indignación de varios testigos ocasionales que veían cómo el terrateniente humillaba al empleado, que entonces tenía 72 años.

La identidad nacional fue construida, entre otras cosas, por la relación entre patrón y obrero, o dueño de la tierra y peón, y sobre cómo los pobres se manifiestan frente a la opresión de los ricos. Una vez afianzados los límites que fijó la Campaña al Desierto, los terratenientes se sirvieron de la coacción instrumentada con el Estado como aliado para explotar a cuanta persona le quedara a la mano.

Martín Fierro y Juan Moreira dan cuenta de eso que también se observa en hechos reales que prolongan ese argumento narrativo de nuestra historia que sigue recreando los mismos sistemas de relaciones entre los dueños de todas las cosas y los desposeídos de la Patria.
Masacres, asesinatos y cruentas represiones a obreros no hubiesen sido posibles sin la promiscua relación de los empresarios con los resortes judiciales y políticos. Solo la intervención del peronismo ha revertido, por momentos, las condiciones nefastas del trabajo rural, pero de todos modos es el sector con mayor nivel de trabajo no registrado y son repetidas las noticias que dan cuenta de operativos para liberar trabajadores explotados en cualquier punto del país.

Ese 23 de enero el sol no daba respiro, el trabajo desde el amanecer, había sido muy intenso y todavía quedaba bastante por hacer en la manga para terminar de cargar los cinco camiones que había llevado Costa Paz. Tenía que dejar el campo que arrendaba y debía llevarse su hacienda.

Una vez más, el patrón maltrató a Martínez. Otra vez le faltó el respeto, esta vez frente a transportistas y veterinarios. Fue la última.

El único que me ha gritado ha sido mi padre y se murió hace 50 años. Yo soy una persona mayor y a mí no me grita nadie. Le voy a pegar un tiro”, dijo el peón. Después se dirigió hasta la tapera que habitaba, tomó la escopeta y volvió a la manga para ultimar al terrateniente con un tiro en la garganta que lo dejó tan mal herido que murió desangrado, camino a la salita del pueblo más cercano.

Alberto Bonifacio Martínez esperó la partida en el rancho y, a su llegada, se entregó sin resistencia. Al año siguiente fue condenado a once años de prisión efectiva, sin habérsele otorgado el beneficio de la prisión domiciliaria, al menos hasta donde la crónica policial se ocupó de él.

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