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A 20 años, acto en memoria de Ezequiel Demonty

Al cumplirse 20 años del asesinato del joven, se recordará este emblemático episodio de violencia institucional a orillas del Riachuelo en el barrio porteño de Nueva Pompeya.

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Como cada 21 de septiembre, el homenaje se repite y en ese Flores para Ezequiel, va la demanda permanente contra los episodios de amenazas, agresiones y muerte protagonizados por efectivos de las fuerzas de seguridad.

En esta oportunidad, en el vigésimo aniversario, familiares y amigos de Ezequiel Demonty convocan al acto que se desarrollará, a partir de las 14, en el cruce de la avenida 27 de Febrero y Agustín de Vedia en Nueva Pompeya, frente al Riachuelo, allí donde el joven, de entonces 19 años, murió ahogado, cuando tras ser torturado por policías lo obligaron a tirarse al agua, pese a sus ruegos porque no sabía nadar.

Dolores Sigampa, la madre de Ezequiel, se convirtió desde entonces en una luchadora contra la violencia institucional, logró que los oficiales de la Policía Federal Argentina que participaron de ese criminal procedimiento fuera condenados y hoy continua bregando por una ley ara combatir los atropellos de las fuerzas de seguridad hacia los jóvenes.

Todo se inició en la noche del 14 de septiembre de 2002, cuando Ezequiel Demonty junto a dos amigos volvían de un boliche de la zona de Constitución cuando fueron interceptado por personal de la entonces comisaría 34ta. de la Policía Federal, que los acusaron del presunto robo de una bicicleta.

Los subieron a un patrullero y los llevaron hasta las orillas del Riachuelo, en cercanías del Puente Alsina de Nueva Pompeya (que llevaba el nombre de José Félix Uriburu y luego fue rebautizado como Ezequiel Demonty por iniciativa del diputado Leonardo Grosso), donde los golpearon, torturaron y empujaron al agua.

Ezequiel Demonty le rogó que no lo hicieran, no sabía nadar y se ahogó. Su cuerpo fue encontrado una semana más tarde y la autopsia no dejó dudas sobre la causa de su fallecimiento, asfixia por inmersión.

Tras una larga investigación, dos años más tarde, el subinspector Gastón Samohano, el inspector Gabriel Barrionuevo y el cabo Alfredo Fornasari fueron condenados a prisión perpetua por los delitos de “tortura seguida de muerte, privación ilegal de la libertad. En el mismo fallo, los otros seis policías acusados por encubrimiento (Luis Funes, Luis Gutiérrez, José Luis Martínez, Sandro Granado, Jorge Solís y Maximiliano Pata) recibieron penas de entre 3 y 5 años de cárcel.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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