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Horror en Monserrat: falleció un niño de 3 años al caer de un sexto piso

El padre reconoció haberlo dejado solo para buscar a otros dos hijos fuera de la casa.

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Un hecho lamentable sucedió en las últimas horas en el barrio porteño de Monserrat por la muerte de un nene de 3 años que cayó desde un piso sexto.

Cuando el padre dio testimonio a los efectivos sobre qué pudo haber ocurrido, admitió que había dejado solo al menor dentro del departamento para ir a buscar a otros dos hijos.

Todo sucedió en la tarde del martes cuando personal de la Comisaría Vecinal 1B de la Policía de la Ciudad fue desplazado hasta la calle Solís al 600, en Monserrat, por un niño que yacía en el piso inconsciente. 

De esta manera, se solicitó de manera inmediata la llegada del SAME y los médicos confirmaron el fallecimiento tras varios intentos de reanimación.

En el lugar los oficiales se entrevistaron con el padre del niño, de nacionalidad ghanesa, quien admitió que había dejado al niño solo en el departamento del sexto piso para ir a buscar a sus otros dos hijos.

“De allí se desprende la hipótesis que el niño habría caído al vacío desde esa altura. La madre del menor, argentina de 30 años, llegó momentos después y fue asistida, junto a su pareja, por psicólogos del SAME y del Gabinete de Psicólogos en Emergencias (GAPE) de la Policía de la Ciudad”, informaron fuentes policiales.

El Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional 16, a cargo del Dr. Iturralde, Secretaría 111 de la Dra. Turconi,dispuso imputar al padre por abandono de persona, sin detención.

A su vez, solicitó la intervención de la Unidad Criminalística Móvil, el traslado a la morgue judicial y una consigna en el inmueble.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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