Análisis
Nuevas derechas, viejos vicios
“El poder es un centauro: mitad coerción, mitad legitimidad”, Antonio Gramsci.
Por Jorge Elbaum
Las derechas han nacido de las entrañas del poder dominante. Su cometido básico ha sido garantizar la desigualdad, promover la legitimidad del privilegio e imponer formatos supremacistas orientados a inferiorizar a los productores reales de la riqueza, los trabajadores.
El concepto de “derecha” nació para socavar la radicalización de la Revolución Francesa, y desde 1789 cumple la triple función de restringir el empoderamiento popular, fragmentar su identidad y reprimir a sus dirigentes.
Las derechas mutan para ser más efectivas en el control social. Estudian alternativas para debilitar a las mayorías poblacionales mediante mecanismos materiales (económicos, represivos, territoriales) y simbólicos (educativos, culturales, periodísticos). Son conscientes de que la unidad del pueblo supone una confrontación que los llevaría a la derrota y a la consecuente democratización del poder en todas sus formas.
Sus adaptaciones contemporáneas cumplen con los tres designios originales:
(a) impedir la solidificación de redes solidarias compactas capaces de dotar de identidad social coherente a los sectores populares,
(b) segmentar de forma constante –e insistente– a los trabajadores para impedir la configuración de una conciencia de clase unificadora, y
(c) desprestigiar, asilar, espiar, infiltrar e incluso asesinar a quien/es asumen una representación colectiva de los grupos subalternos.
En la actualidad el primer objetivo se operacionaliza a través de la sistemática difamación, chantaje y escarnio de quienes buscan integrar modelos de solidaridad horizontal y de protagonismo asambleario.
Para lograr ese cometido se busca racializar a las organizaciones populares convirtiendo a sus integrantes (despojados, vulnerables y arrinconados) en el espejo donde deben verse quienes se suman a sus fuerzas.
La doctrina de la destrucción moral del pueblo pretende imponer el autodesprecio mediante la insaturación de un aspiracionismo inverso: nadie debe/puede identificarse con el perdedor, el desahuciado y el perseguido.
En este plano se intenta imponer la derrota como el único destino de la lucha colectiva, destruyendo la memoria de las victorias alcanzadas y los hechos heroicos dignos de conmemorarse.
La deshistorización y la construcción de una imagen de superioridad inequívoca (de los sectores dominantes) es la tarea fundamental de quienes buscan darle continuidad al orden establecido: preponderancia “por derechos naturales” y también –al mismo tiempo– por poder de fuego. Una combinación destinada a que los trabajadores se juzguen derrotados antes de intentar siquiera organizarse.
Por supuesto que estos proyectos se instituyen desde el doble andamiaje material de lo económico (bajos salarios, sometimiento al desempleo, amenaza de precarización), y la propagación pedagógica y mediática. Dos caras de la misma moneda, acuñada para imponer el desaliento y el abandono de cualquier forma de rebeldía.
La segunda forma, la vinculada a la fragmentación se lleva a cabo mediante la interiorización de las diferencias. Se trata de imponer la creencia de que las mínimas distinciones (étnicas, de género, de orientación sexual, territoriales, religiosas, fenotípicas, tribales, etc.) compiten con la pertenencia a la clase trabajadora. De esa manera, los múltiples grupos populares son empujados a competir por lo que “no tienen en común”, olvidando aquello que los iguala frente a quien lo subalterniza.
El tercer dispositivo esta diseñado para quebrar la relación entre los dirigente y el pueblo. Para este objetivo se reúne información sobre los referentes populares detallando y demonizando sus faltas o debilidades para reconvertirlas en delitos o ejemplos de corrupción. En el caso de no encontrarlas se buscará inventarlas para manchar el prestigio del o de la dirigente para iniciar, posteriormente, un proceso de criminalización política (law fare).
Los tres mecanismos se superponen y se llevan a cabo de manera simultánea. Tienen como fin último la derrota del pueblo para habilitar su mansedumbre y la aceptación de la dominación.
Conocer el entramado de sus tareas es imprescindible para quienes se plantean superar las nuevas formas de servidumbre.
Análisis
Un siglo de Fidel
A cien años del nacimiento del líder carismático de la Revolución cubana, su transmisión, que etimológicamente significa, acción y efecto de hacer circular una cosa, más allá, sigue intacta. Millones de jóvenes y no tan jóvenes recuerdan esta fecha con una vigencia anacrónica, como si el tiempo todavía pudiera ser socialista.
Por Jesús Rivero*
Fidel Castro Ruz nació el 13 de agosto de 1926 en Birán, antigua provincia cubana en la zona oriente de la isla. Hijo de Angel Castro Argiz y Lina Ruz González. Su padre era un migrante español (gallego) que al llegar a Cuba había conseguido cierta propiedad y, campesino de arraigo, en ella se dedicó a la producción cañera. Su madre provenía de una familia campesina acomodada de la Provincia Pinar del Río.
Inquieto, observador, audaz y agudo en sus reflexiones, Fidel Castro comenzó sus primeros estudios en la escuela pública de Birán, continuando los siguientes niveles educativos en escuelas particulares católicas en la ciudad de Santiago de Cuba. En 1945 se graduó de bachiller en letras en el colegio de Belén en la Habana, perteneciente a la campaña de Jesús.
Entonces ingresó a la Universidad de La Habana para prepararse en Ciencias Sociales y Derecho, Nacional e Internacional.
En el ambiente universitario se integró a las luchas socio-políticas de su época, ocupando diversas posiciones en la Federación Estudiantil Universitaria. De ideología marxista-leninista, favorable a las causas justas, libertarias y populares, se integró pronto a actividades revolucionarias como las del Comité Pro Independencia de Puerto Rico.
Fidel Castro tenía 25 años cuando fue designado por el Partido del Pueblo cubano, como candidato al Congreso en las elecciones previstas para junio de 1952, pero el 10 de marzo de ese mismo año se produjo el golpe de Estado del coronel Fulgencio Batista Zaldívar, siendo Fidel uno de los primeros en denunciar el carácter reaccionario e ilegítimo del régimen de facto y llamar a su derrocamiento.
El 26 de julio de 1953 comandó el asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, plan que incluía tomar también el cuartel de Bayamo, en una acción concebida como detonante de la lucha armada contra Fulgencio Batista. Los jóvenes no lograron su objetivo y fue hecho prisionero por las fuerzas represivas de la tiranía pocos días después del revés militar. Se le mantuvo incomunicado durante 76 días. Fue sometido a juicio donde hizo su autodefensa y condenado a 15 años de prisión, hecho histórico que quedó plasmado en su libro “La historia me absolverá”. La reacción popular en su apoyo y del resto de los moncadistas logró presionar al gobierno y fueron liberados en mayo de 1955. Semanas después fundó el “Movimiento 26 de Julio».
El 17 de enero de 1957 dirigió la primera acción armada contra el ejército de Batista en el cuartel de La Plata y obtuvo su primera victoria. El ejército rebelde comenzó a crecer y fortalecerse.
En su condición de comandante en jefe, dirigió la acción militar y la lucha revolucionaria de las fuerzas rebeldes y del Movimiento 26 de Julio durante 25 meses de belicismo. Tuvo bajo su mando directo a la columna Uno “José Marti» y participó personalmente en casi todas las operaciones, combates que tuvieron lugar durante el belicismo interno en el territorio del primer frente rebelde.
Tras la contundente derrota de las tropas de élite de la tiranía, estas, a través de sus principales jefes, decidieron reconocer la derrota el 28 de diciembre de 1958, es decir la victoria rebelde.
Luego de la victoria de la Revolución cubana fue electo diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, creada en 1976, en presentación con el municipio de Santiago de Cuba. Desde entonces hasta 2008 ocupó los cargos de presidente del Consejo de Estado y presidente del Consejo de Ministros.
Fidel recibió un gran número de condecoraciones extranjeras y nacionales, como así también numerosas distinciones académicas y compañías de espacios de enseñanza superior cubana, América Latina y Europa.
El 3 de enero de 1961, el entonces presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower rompió relaciones diplomáticas con Cuba por diferencias políticas e ideológicas y ordenó el cierre de la embajada de Estados Unidos en La Habana. El 3 de febrero de 1962 el presidente John F. Kennedy ordenó de manera oficial el bloqueó económico y comercial a Cuba vigente en la actualidad, ejerciendo así un brutal aislamiento de la Isla, y generando severas violaciones al derecho internacional y los derechos humanos fundamentales de la población con efectos directos en la vida digna de la población.
El 20 de julio de 2015 como efecto del reordenamiento geopolítico (política internacional) se reanudaron las relaciones diplomáticas en un acto simbólico que marcó el punto final de una ruptura de poco más de medio siglo: Obama visitó Cuba y fue recibido por Raúl Castro en el Palacio de la Revolución. Fidel Castro quien a causa de una salud endeble había renunciado a sus cargos oficiales el 31 de julio de 2006, fue testigo de todo esto ya que murió el 25 de noviembre de 2016. Sus restos fueron cremados y esparcidos en el Cementerio de Santa Ifigenia.
En lo que respecta a su relación con Argentina, estuvo cuatro veces en nuestro país. La primera fue el 1 de mayo de 1959, durante el gobierno de Arturo Frondizi, apenas cuatro meses después de la Revolución. El día siguiente habló ante la comisión de los 21 de la Organización de los Estados Americanos, en el noveno piso de la Secretaria de Industria.
La segunda visita se dio 36 años después. Fue en octubre de 1995 durante la presidencia de Carlos Saúl Menem. Fidel Castro fue alojado en el hotel Llao Llao por razones de seguridad en donde se reunió con el entonces presidente argentino quien hacía su juego presumiendo que intercambiaba habanos por vinos riojanos con el líder cubano, aunque ideológicamente los separaba un abismo.
Esta segunda visita estuvo enmarcada en la Cumbre iberoamericana que congregó a una treintena de mandatarios, y Fidel Castro era una de las voces más esperadas ya que su intervención tendría una repercusión internacional, más allá del contexto de aplicación de políticas neoliberales, no solo a nivel nacional, sino a nivel global como efecto de la caída del muro de Berlín en 1989.
La tercera visita es la más recordada por su afinidad con el mandatario electo y porque era la primera vez que venía a la asunción de un presidente y porque dio un discurso histórico ante la multitud. Fue en 2003 nada más ni nada menos que para la jura del Flaco, nuestro Flaco, Nestor Carlos Kirchner. El día después, el 26 de mayo, fue muy activo, ya que primero se congregó a la plaza San Martín para homenajear al libertador, luego al Rosedal, para hacer lo mismo con José Martí y más tarde almorzar con unos doscientos invitados en el hotel Four Seasons.
Para finalizar su visita dio una charla histórica en la Facultad de Derecho, pensada inicialmente para 800 personas pero el acto debió trasladarse a las afueras donde se concentraban unos 30.000 asistentes que llegaron a ser alrededor de 50.000.
La cuarta y última visita es recordada también porque fue la última actividad internacional de Fidel Castro. Fue en julio de 2006 para la cumbre del Mercosur.
Además de los actos protocolares Fidel Castro y el entonces presidente de Venezuela Hugo Chávez Frías, hablaron ante unas 40.000 personas en el cierre de la llamada Cumbre de los Pueblos, en un descampado de la Universidad de Córdoba. Al día siguiente y acompañado por Chávez visitó en Alta Gracia a casi 40 kilómetros de la capital cordobesa el museo montado en una de las casas de la infancia de Ernesto Guevara de la Serna. Esa misma noche Fidel Castro regresó a la Isla y ya no volvería a dejar Cuba.
Nombrar a Hugo Chávez no es en vano. Nos retrotrae a la lll “Cumbre de los Pueblos de América» en 2005, que se realizo en el marco de la lV Cumbre de las Américas en Mar del Plata en la que Estados Unidos no consiguió imponer su voluntad de que se firmará el acuerdo de apoyo al ALCA.
“Estoy un poco sorprendido, acá pasó algo que no tenía imprevisto” le dijo George Bush (hijo) a Nestor Kirchner. Y, Chavez regalo a la historia aquel “¡Alca, Alca, al carajo!”. “Hoy en Mar del Plata hemos enterrado al ALCA, y no solo debemos ser enterradores del ALCA, sino enterradores y en mucha mayor dimensión, complejidad y profundidad del modelo capitalista neoliberal que desde Washington arremete contra nuestros pueblos desde hace tanto tiempo” dijo, el ex presidente venezolano y discípulo de Fidel.
Ese día Chávez llamó a impulsar el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de América), organismo creado por Fidel Castro quien convocó a todos los países de América Latina y el Caribe a construir una alternativa justa y solidaria: la Patria Grande para hacerle frente al ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) u tratado de Libre Comercio impulsado por el imperialismo estadounidense con el legado de próceres como San Martín, Sucre, O` Higgins, Petión, Bolívar, Morazán, Garvey, Tupac Katari, Julián Apaza, Bartolina Sisa, Sandino y Martí y un presente marcado por mandatarios como Lula da Silva, Nestor Carlos Kirchner, Evo Morales y Rafael Correa.
Fidel fue quien junto al pueblo revolucionario de Cuba, a pesar de que la Isla sigue sometida al bloqueo férreo de Estados Unidos, consiguió sostener la soberanía, en varias ocasiones limitada, y se convirtió en referencia del siglo xx para todos los pueblos que buscan autonomía.
Fidel es símbolo de lucha global. No solo hizo signo en el pueblo cubano, sino también escribió historia a nivel mundial, abriendo espacio para que otros reescriban su propia historia, la historia de todos.
*escritor y activista político (fundador del Frente de Liberación Socialista).
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