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Dos relatos, una historia

«La historia sigue girando y los 30.000 se multiplican en el corazón de los millones que levantan sus banderas y pelean por sus causas».

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Sus manos se entrelazaron sobre la enclenque mesa del comedor en aquel departamento de Chacarita. Se miraron a los ojos, sonrieron y preguntaron sus nombres.

–María Cristina –dijo una de ellas sin bajar la mirada– ¿Y vos?

–¡La puta! María Cristina, respondió.

El 9 de septiembre de 1977, María Cristina Cárdenas “La Negra” regresaba a su casa en la calle Gluck 3380 del barrio Villa Tessei, Hurlingam, en la provincia de Buenos Aires. Caminaba por una calle paralela a la suya. Una vecina se acercó, la tomó del brazo y avanzó junto a ella.

–Es en tu casa, a tu marido ya lo mataron, le dijo.

–¿El bebé?, preguntó “La Negra”.

–Lo recuperó la vecina de la esquina, no se lo llevaron.

Ella, María Cristina Cárdenas “La Negra”, se alejó del barrio, tomó un colectivo, después un tren y llegó a la zona de Chacarita.

“Me senté en un banco a reflexionar, a ver qué hacía. Habían matado a mi compañero Chacho –Jorge Fortunato Camilión–, mi hija Cecilia estaba en Córdoba y Moi, el bebé, en la casa de una vecina. Encontré datos que identificaban un departamento al que había ido a visitar a Sole. Así que seguí mi instinto, di vueltas, hasta que vi la puerta de entrada al edificio. La zona la recordaba. Una vez íbamos caminando y tu padre me dijo: ‘Negrita, hay una pinza, así que te quiero mucho’, me abrazó, yo me acosté sobre él y algo veía. Cuando me encontré en esa situación, sin nadie a quién recurrir, observé las señales, la torre de una iglesia, el parque, la avenida y empecé a dar vueltas hasta llegar al edificio. Toqué el timbre y ella –María Cristina Mena– me contestó por el portero. Preguntó quién era. Le dije”.

–Sí, subí, respondió Cristina cuando reconoció la voz de “La Negra” al otro lado del portero.

El vínculo entre las Cristinas había comenzado algún tiempo atrás, cuando aún sin conocer sus nombres, “La Negra” comenzó a visitar a Soledad –Czury Edith Lamy– en aquel departamento de Chacarita.

“Cuando recibimos a Soledad en casa tenía una pierna lastimada. Con mi compañero Antonio resolvimos darle cobijo. Y así comenzó nuestra relación. Tuvimos que contribuir a su curación, pasó por una cirugía. Fue muy traumática su salida del lugar en el que estaba, donde funcionaba la imprenta de su organización El Obrero. Cuando entró el ejército, se llevó a la familia con la que convivía, que aún está desaparecida. Ella estaba alojada en la parte superior de la casa y un oficial le dio un par de horas para salir. En ese momento estaba e nye s a d a , h a b í a tenido un accidente y la única manera que encontró para escapar fue rodar por las escaleras y arrastrarse hasta la vereda a pedir ayuda. Los vecinos la acompañaron hasta un taxi y comenzó su peregrinación hasta llegar con nosotros. Fue casi un año y medio de convivencia, éramos una familia. Soledad mejoró y nos pidió volver a hacer contacto con sus compañeros y así ‘La Negrita’ comenzó a venir a visitarla”, cuenta María Cristina Mena con el cuerpo emocionado y la voz partida.

Soledad se recuperó y resolvió volver a la militancia, eso se respetaba.

–Había que dejarla ir –dice Cristina– porque Soledad era libre y sobre todo una militante. Teníamos controles semanales, con toda la mecánica que implicaba tener un control de ese tipo, para saber que todo iba bien. Un día la llamada primera no entra, la llamada segunda no entra y en la llamada tercera dimos por sentado que Soledad tenía problemas.

Soledad –Czury Edith Lamy– al día de hoy se encuentra desaparecida.

–Si estoy viva es gracias a tu mamá que me abrió la puerta y a tu papá también –dice Cristina “La Negra” –. Me dieron documentación, hicieron todas las conexiones para que yo pudiera salir, organizaron un encuentro con mi mamá que venía desde Córdoba para Buenos Aires a entregarme a mis hijos. Pude salir con los dos y arrancar otra parte de la historia. Cómo se sobrevive. Cada uno que sobrevive tiene una historia tan difícil como la mía. Llegué a Brasil, me refugió el Alto Comisionado en San Pablo y de allí partí a Suiza, aterricé en Ginebra precisamente. Entre los que fuimos llegando hicimos una nueva familia. Se estableció un barrio nuestro, nos ayudábamos con todo, una experiencia de vida muy fuerte. Llegaron compañeros que salían de la ESMA, de La Perla, todos los que pudieron escapar. Hicimos una red de solidaridad entre nosotros que nos ayudó a sobrevivir, porque no es solamente el techo y la comida lo que te hace sobrevivir. Fuimos de los primeros grupos en volver apenas retornó la democracia. Regresamos escalonadamente de acuerdo a cómo el gobierno nos podía traer, en el ‘84 volví a la Argentina.

Hoy ambas Cristinas cuentan la historia, una gran historia de vida, supervivencia y solidaridad infinita que supo enfrentar la violencia de la última dictadura cívico-militar-eclesiástica en nuestro país.

Mientras escribo, Paula, la sobrina de Soledad, me envía la invitación a una intervención en memoria de Czury Edith Lamy hoy en la Plaza Benjamín Vicuña Mackenna. María Cristina Mena –mi madre– me vuelve a contar la historia y María Cristina Cárdenas –“La Negra”– a sus 80 años se emociona al oír mi voz al otro lado del teléfono. La historia sigue girando y los 30.000 se multiplican en el corazón de los millones que levantan sus banderas y pelean por sus causas.

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Abuelas de Plaza de Mayo alerta por la suspensión de entregas de kits de ADN en el exterior

El envío de kits de ADN no es un trámite administrativo más: es una herramienta concreta para restituir identidades. Su interrupción abre un conflicto que excede lo técnico y vuelve a poner en tensión el rol del Estado frente a los crímenes de la dictadura.

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La política de derechos humanos volvió a quedar en discusión tras la denuncia de Abuelas de Plaza de Mayo: el Gobierno habría suspendido el envío de kits de ADN a consulados argentinos en el exterior, una herramienta clave para avanzar en la identificación de hijos de desaparecidos.

La medida impacta directamente sobre personas que viven fuera del país y que sospechan haber sido apropiadas durante la última dictadura. Sin esos kits, queda interrumpida la posibilidad de realizar pruebas de filiación sin viajar a la Argentina.

Un canal de búsqueda bloqueado

Desde la Red Internacional de Abuelas en Europa señalaron que el sistema funcionaba desde hace años sin inconvenientes. A través de consulados, las muestras se tomaban bajo supervisión oficial y eran enviadas para su análisis.

El argumento oficial, según trascendió, apunta a dificultades en la custodia de las muestras. Pero desde la organización lo rechazan de plano: sostienen que el mecanismo tenía validez y respaldo institucional desde hace casi dos décadas.

Impacto en el derecho a la identidad

La decisión golpea uno de los pilares del trabajo de Abuelas: el derecho a la identidad. Se estima que alrededor de 400 bebés fueron apropiados durante el terrorismo de Estado y aún falta restituir la identidad de muchos de ellos.

Organismos advierten que la suspensión de estos dispositivos ralentiza o directamente paraliza investigaciones que dependen de la voluntad de quienes viven en el exterior para iniciar el proceso.

Denuncias de desarticulación

Referentes del espacio también apuntaron contra la falta de articulación estatal. Señalan que la CONADI y áreas vinculadas a Cancillería quedaron debilitadas, lo que repercute en la continuidad de políticas públicas construidas durante años.

Las críticas no se limitaron a lo operativo: también denunciaron un retroceso en la política de memoria, verdad y justicia, con cuestionamientos a la falta de diálogo con los organismos.

El envío de kits de ADN no es un trámite administrativo más: es una herramienta concreta para restituir identidades. Su interrupción abre un conflicto que excede lo técnico y vuelve a poner en tensión el rol del Estado frente a los crímenes de la dictadura.

En ese terreno, la denuncia de Abuelas marca algo más profundo: no sólo un problema de gestión, sino una disputa sobre el lugar que ocupan los derechos humanos en la agenda libertaria..

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