Memoria, Verdad y Justicia
La monja que rompió el protocolo: una historia de amistad, memoria y justicia en el adiós al Papa Francisco
Entre lágrimas y con una mochila al hombro, Geneviève Jeanningros se despidió de Francisco en un gesto que conmovió a los presentes en la Basílica de San Pedro y reveló un vínculo especial forjado en la lucha por los derechos humanos.
En un funeral marcado por la solemnidad y el estricto protocolo vaticano, una imagen rompió los esquemas establecidos y recorrió el mundo. Una monja de 81 años, con una simple mochila al hombro, se detuvo frente al féretro del Papa Francisco y, quebrada por la emoción, lloró sin contención durante varios minutos. No era una religiosa cualquiera: Geneviève Jeanningros, apodada cariñosamente por Francisco como «la enfant terrible», despedía a un amigo entrañable con quien compartía no solo la fe, sino también una profunda conexión con las heridas de la historia argentina reciente.
Una religiosa en las periferias
La hermana Jeanningros lleva más de cinco décadas trabajando en los márgenes de Roma, específicamente en Ostia, donde desarrolla su labor pastoral con grupos históricamente excluidos. Su misión se ha centrado en el acompañamiento a mujeres transexuales y feriantes, construyendo puentes entre estos colectivos vulnerables y la Iglesia institucional.
Esta vocación por las periferias fue precisamente uno de los puntos de encuentro con Jorge Bergoglio. Según informaron medios como Vatican News y La Nación, Geneviève fue quien acercó repetidamente a mujeres trans a las audiencias papales de los miércoles, facilitando encuentros personales con Francisco que resultaron en gestos históricos de apertura hacia la comunidad LGBT+.
«Ella entendió desde siempre lo que Francisco pregona: una Iglesia que sale a las periferias, que acoge a los marginados sin juzgar», explicó a Il Messaggero Claudia Cicognani, una trabajadora social que colabora con proyectos de Jeanningros en Ostia.
El dolor argentino como vínculo
El lazo entre Jeanningros y Francisco trasciende lo pastoral. La monja francesa es sobrina de Léonie Duquet, una de las dos religiosas francesas secuestradas y desaparecidas durante la última dictadura militar argentina en diciembre de 1977, junto a Alice Domon, en un caso que conmocionó a la opinión pública internacional.
En 2011, Geneviève declaró como testigo en el juicio por delitos de lesa humanidad que condenó a Alfredo Astiz, conocido como el «Ángel de la Muerte», por su participación en el secuestro y desaparición de su tía y otras víctimas. Según consta en los registros judiciales, su testimonio fue clave para reconstruir la historia de las monjas francesas comprometidas con la lucha por los derechos humanos.
Este capítulo doloroso creó un vínculo especial con Bergoglio, quien como superior de los jesuitas durante aquellos años en Argentina, vivió de cerca el terror de la dictadura y mantuvo una posición compleja que posteriormente revisó con una firme defensa de la memoria histórica.
Una amistad que trascendió el protocolo
Durante el pontificado de Francisco, Jeanningros no solo mantuvo contacto frecuente con el Papa sino que se convirtió en una suerte de intermediaria entre el pontífice y diversos grupos marginados. Durante la pandemia, trabajó junto al cardenal Konrad Krajewski, limosnero papal, para gestionar ayuda humanitaria destinada a personas en situación de vulnerabilidad extrema.
Uno de los momentos más significativos de esta amistad ocurrió el 31 de julio de 2024, cuando logró que Francisco visitara el parque de atracciones de Ostia para bendecir una imagen de la «Virgen protectora del espectáculo ambulante y del circo», un gesto sin precedentes hacia comunidades nómades tradicionalmente excluidas del reconocimiento institucional.
«Es una mujer de una fe inquebrantable y una humanidad desbordante», comentó a la agencia ANSA el párroco de Ostia, Don Martino Liborio. «No me sorprende su reacción en el funeral; para ella, Francisco no era solo el Papa, era un compañero de camino».
Su presencia semanal en las audiencias papales, donde solía llevar a grupos diversos, confirmaba la cercanía con el pontífice. Según fuentes vaticanas citadas por Il Fatto Quotidiano, en varias ocasiones Francisco interrumpía brevemente el protocolo para saludarla personalmente o intercambiar algunas palabras.
Un gesto que conmovió al mundo
El pasado lunes, cuando la mayoría de los asistentes mantenían la compostura protocolar, Geneviève Jeanningros encarnó el dolor humano ante la pérdida. De pie frente al féretro, permaneció inmóvil y llorando, en un gesto que muchos interpretaron como la expresión más sincera del duelo colectivo.
El Vaticano, habitualmente estricto con las normas ceremoniales, permitió ese momento de genuina emoción. Ningún maestro de ceremonias, ningún guardia suizo intervino para interrumpir esa despedida personal, reconociendo tácitamente la legitimidad de ese vínculo especial.
La imagen de esta religiosa de 81 años, con su hábito sencillo y su mochila al hombro, rompiendo en llanto frente al féretro papal, se convirtió rápidamente en uno de los momentos más conmovedores del funeral, amplificado por los medios de comunicación de todo el mundo.
Puntos clave:
- Geneviève Jeanningros, religiosa francesa de 81 años, rompió el protocolo funerario al llorar abiertamente frente al féretro del Papa.
- Su vínculo con Francisco se forjó en el trabajo con comunidades marginadas, especialmente mujeres trans y feriantes en Ostia.
- Es sobrina de Léonie Duquet, monja francesa desaparecida durante la dictadura militar argentina, lo que creó un lazo especial con Bergoglio.
- Francisco la apodaba cariñosamente «la enfant terrible» por su carácter independiente y su labor en las periferias.
- Durante la pandemia, colaboró con iniciativas humanitarias apoyadas por el Vaticano para asistir a poblaciones vulnerables.
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DDHH
Dos matrimonios identificados en La Perla tendrán su despedida en CABA
El EAAF restituirá este viernes los restos de Nélida Moreno, José Luis Goyochea, Rosa Godoy y Carlos Cruspeire, dos parejas desaparecidas durante la última dictadura cívico-militar. Las familias organizaron un cortejo fúnebre desde la esquina de Perú y Avenida de Mayo y una misa de cuerpo presente en la Basílica Nuestra Señora de la Merced.
Este viernes, la Ciudad de Buenos Aires será escenario de una ceremonia de memoria y reparación: los restos de Nélida Noemí Moreno de Goyochea, José Luis Goyochea Escudero, Rosa Cristina Godoy de Cruspeire y Carlos Cayetano Cruspeire, cuatro personas desaparecidas durante la última dictadura cívico-militar argentina, recibirán por fin una despedida digna. Los cuatro fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) entre los restos hallados en la zona conocida como Loma del Torito, aledaña al ex centro clandestino de detención La Perla, en la provincia de Córdoba.
Casi 50 años después, el EAAF les devuelve un nombre
Las identificaciones fueron parte de un proceso mayor iniciado por la justicia federal cordobesa. En mayo de 2026, el juez federal Hugo Vaca Narvaja anunció públicamente los nombres de 16 de las 17 personas identificadas por el EAAF en la Loma del Torito, en el marco de excavaciones realizadas entre septiembre y noviembre de 2025 en la Guarnición Militar de La Calera. De esos trabajos se recuperaron unos 1.200 restos pequeños y fragmentados, que el EAAF sometió a análisis antropológicos y genéticos para lograr las identificaciones. Estas se sumaron a las 12 ya anunciadas en marzo de 2026, lo que elevó a 29 el total de víctimas identificadas en ese predio.
Entre los identificados en mayo, tres matrimonios aparecieron en la misma área, lo que para los investigadores sugiere que fueron trasladados juntos desde el centro clandestino. Así lo indicó el propio juez Vaca Narvaja, quien señaló que las personas fueron secuestradas en sus hogares, en presencia de sus hijos, y que es probable que hayan corrido la misma suerte, aunque aclaró que esa hipótesis todavía se investiga.
Quiénes eran Nélida, José Luis, Rosa y Carlos
Nélida Noemí Moreno nació en Córdoba en mayo de 1945. Era psicopedagoga y trabajaba como administrativa en la Policía de la Provincia. Tenía 32 años cuando fue secuestrada en agosto de 1977 junto a su esposo y en presencia de sus tres hijos de 5, 3 y 1 año. José Luis Goyochea Escudero había nacido en La Rioja y se mudó a Córdoba para estudiar Ciencias Económicas y Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba. Era administrativo del Colegio de Médicos y de la Subsecretaría de Planeamiento provincial.
Rosa Cristina Godoy nació el 5 de octubre de 1953 en Villa Mercedes, San Luis. Trabajaba como ama de casa, integraba un grupo scout vinculado al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y desarrollaba trabajo social desde su parroquia. Tenía 23 años cuando fue secuestrada junto a su marido en el barrio de Bella Vista. Su hija pequeña fue entregada a sus abuelos. Carlos Cayetano Cruspeire trabajaba en una compañía de seguros y funeraria, y fue secuestrado en su lugar de trabajo en septiembre de 1977, a los 22 años, para luego ser llevado a su domicilio donde también detuvieron a Rosa.
La restitución de los restos es un acto privado, a pedido de las familias. Sin embargo, las mismas familias organizaron dos instancias públicas para este viernes en CABA. A las 17.30, el cortejo fúnebre partirá desde la esquina de Perú y Avenida de Mayo. Las familias caminarán con las urnas por la Avenida de Mayo, pasando por la Plaza de Mayo y la Catedral, hasta llegar a la Basílica Nuestra Señora de la Merced, en Reconquista 209, CABA. A las 18.00 comenzará allí la misa de cuerpo presente.
Águeda Goyochea, hija de José Luis y Nélida, es una de las impulsoras de estas ceremonias públicas. Como lo indica el sentido de su decisión de abrirlas a la comunidad, se trata de devolver a sus padres un ritual de despedida que la dictadura les negó hace casi medio siglo.
La Perla: el ex centro clandestino que sigue entregando verdad
La Perla fue uno de los centros clandestinos de detención y exterminio más grandes del país durante el terrorismo de Estado de la última dictadura cívico-militar (1976-1983). Por allí pasaron miles de personas secuestradas, torturadas y asesinadas bajo las órdenes del entonces comandante del Tercer Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez. Las excavaciones en los predios aledaños, ordenadas por la justicia en el marco del expediente iniciado hace 40 años, continúan aportando pruebas materiales de los crímenes de lesa humanidad cometidos allí. Con cada nombre restituido, se consolida la verdad que el Estado argentino les debe a las víctimas y sus familias.
El trabajo del EAAF en este caso confirma además que los perpetradores intentaron destruir los restos para volverlos inhallables. Sin embargo, casi cinco décadas después, la ciencia y la justicia lograron lo que la impunidad quiso evitar: devolverles la identidad y, ahora, también la despedida.
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