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Organizaciones políticas sociales y sindicales se movilizan para exigir el indulto para Milagro Sala

La dirigenta política, social e indígena argentina, referenta de la Organización Barrial Túpac Amaru e integrante de la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA), es víctima de una persecución política y judicial que fue coronada en los últimos días por la Corte Suprema de Justicia.

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Fotos: Gustavo Fraietta

La lucha contra las injusticias y los poderosos es su marca y, según cuenta, empezó a entender una parte del camino a los 18 años, cuando fue detenida por primera vez. En la cárcel organizó una huelga de hambre para que las presas pudieran cocinar y alimentarse mejor, ganaron. Luego de ocho meses fue absuelta por falta de pruebas en su contra e indemnizada por el Estado. 

Milagro relata: “Cuando estaba en la cárcel me puse a pensar que así como el poder era injusto conmigo, con cuántos chicos humildes también era injusto. La Justicia es justa con los que tienen plata, y con los que no tienen, no. Entonces me juré ahí en la cárcel que el día que saliera iba a luchar para que no hubiera más injusticia”.

Así comenzó su militancia, fue delegada de la seccional local de ATE. Luego, durante la presidencia de Carlos Menem, estuvo al frente de la organización barrial de la CTA que a partir de 1999 fue la Organización Túpac Amaru.

La Túpac Amaru en 2016 había construido más de 1.200 “copas de leche” y de 8.000 soluciones habitacionales en la provincia de Jujuy. Un parque acuático, un parque temático, un centro cultural, escuelas de nivel primario, secundario y un ciclo terciario de formación profesional donde sus integrantes terminaban los estudios y obtenían títulos oficiales. Además de fábricas textiles, de construcción de bloques, servicios de salud, obra social, centros de atención primaria, farmacias y consultorios equipados con tecnología superior a la de algunos hospitales públicos y un centro para atención de discapacidades de cinco mil metros cuadrados. 

La sentencia a 13 años de prisión para Milagro Sala busca amedrentar, estigmatizar, castigar ese proceso de lucha y organización del poder popular. Si van por Milagro, van contra el movimiento popular.

Historia de una persecución

Su persecución no empezó hoy. El 21 de octubre de 2013, en plena campaña electoral en la que se postulaba como diputada provincial, Milagro fue atacada a balazos y dos de sus militantes resultaron heridos. ​El entonces senador Gerardo Morales intentó instalar la idea de que se habría tratado de un “enfrentamiento entre mafias” pero el fiscal Lozano afirmó que el hecho había sido una “emboscada” con intención de matar. Finalmente, Morales terminó divulgando los nombres de los sospechosos. 

Milagro Sala está presa en su casa desde hace siete años, fue detenida en enero de 2016 en Jujuy,  acusada de instigación al tumulto durante una protesta contra Gerardo Morales, aliado del entonces presidente Mauricio Macri. La sentencia de la Corte Suprema y el pedido de Morales de trasladarla a la cárcel de Alto Comedero constituyen una nueva amenaza contra su vida. 

Acampe para reclamar el Indulto

Por eso, desde ayer a las 16 horas, organizaciones sociales, gremiales, políticas y de derechos humanos iniciaron una jornada de lucha y acampe en Plaza de Mayo exigiendo el indulto para Milagro Sala.

El presidente, Alberto Fernández, dijo durante una entrevista radial: «Tengo la convicción de que todo el proceso a Milagro Sala estuvo plagado de un tinte político inadmisible y me parece que la solución no pasa por un indulto, porque la Constitución me lo prohíbe».

Este comentario desató la bronca de las organizaciones que desde el escenario montado en la plaza expresaron su descontento, reivindicaron la construcción de Milagro Sala y plantearon la continuidad de la lucha hasta lograr su libertad. 

“Tenemos la obligación de tomar la mano de Milagro y exigir su libertad. Su prisión pesa sobre todos los que quieren denunciar una injusticia. El ejemplo de Milagro es lo primero que nos tiene que nutrir. La lucha por su libertad es un compromiso de todos nosotros. Lamentablemente no tenemos en la Casa Rosada a quien sea capaz de asumir las decisiones que son para defender a un compañero y enfrentar al poder. Que Milagro esté presa hace siete años es un insulto, una humillación, un oprobio para nuestro pueblo, por eso exigimos el indulto”, manifestó Hugo Yaski, Secretario General de la CTA y Diputado nacional por el Frente de Todos.

Eli Gómez Alcorta, quien fuera su abogada varias de sus causas, expresó: “A Milagro y a Cristina las quieren muertas o presas, a nuestras referentas. Con esta sentencia, de ese poder judicial impúdico, quieren que vuelva al penal, la quieren a Alto Comedero. El carcelero de Milagro, Gerardo Morales, no tiene un solo límite. No nos vamos a mover ni un poquito así de nuestras convicciones porque nuestra dignidad se pone en juego con la libertad de Milagro”.

“Eso muestra el ensañamiento de las clases poderosas contra los que luchan, con una mujer que enfrentó al poder económico, que enfrentó a Blaquier. Por eso los organismos de derechos humanos la queremos tanto, porque fue la que movilizó al pueblo de Jujuy para reclamar justicia, cárcel para Blaquier, para los genocidas del Apagón de Ledesma”, recalcó María Elena Naddeo, presidenta de la APDH.

Y concluyó: “Le decimos al presidente Alberto Fernández, con quien vamos a seguir hablando y reclamando que tome las medidas necesarias, que firme el indulto presidencial para Milagro Sala. Le decimos, como personas también de derecho, que puede haber contradicciones jurídicas pero es más inconstitucional tener a alguien preso durante siete años, digitar a los jueces y al fiscal para el seguimiento de las causas que plantarse, ponerse de pie y confrontar con esta Corte Suprema de Justicia que no es legítima, no nos representa y está generando una situación política particularmente grave, de avasallamiento de la democracia y de todos nuestros derechos”.

DDHH

“El hambre no es terrorismo, la protesta tampoco”: ATE Capital rechaza la guía antiterrorista de Casal

La Procuración General aprobó un protocolo para investigar «radicalización» antes de que ocurra un ataque. Sus indicadores de riesgo incluyen «sentir injusticia», «rechazar figuras de autoridad» y «criticar instituciones». ATE Capital salió al cruce con una campaña directa: «El hambre no es terrorismo. La bronca no es terrorismo. Organizarse no es terrorismo».

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“¿Estar en contra del gobierno es terrorismo?”: por qué la guía de Casal impulsada por el Gobierno de Milei alarma a sindicatos, abogados y organismos de DDHH.

El procurador general de la Nación interino, Eduardo Casal, firmó el 14 de agosto la Resolución PGN N° 56/2026, que aprueba la «Guía para la investigación de incidentes terroristas previos a un ataque». El documento, elaborado conjuntamente por la Secretaría de Análisis Integral del Terrorismo Internacional (SAIT) y la Unidad Fiscal Especializada en Criminalidad Organizada (UFECO), con aportes de la Unidad Fiscal Especializada en Ciberdelincuencia (UFECI), introduce por primera vez en el país criterios comunes para que fiscales y jueces investiguen procesos de radicalización antes de que se produzca un atentado. Lo que en principio se presentó como una herramienta técnica de prevención antiterrorista desató en las últimas horas una oleada de rechazo de organizaciones sindicales y de derechos humanos que advierten que sus categorías, deliberadamente amplias, habilitan la persecución de la disidencia política.

Qué dice la guía: el «ciclo terrorista» y sus indicadores

La resolución parte de una premisa doctrinaria: el terrorismo debe entenderse como un «proceso criminal organizado, continuo y permanente», al que la literatura especializada denomina «Ciclo Terrorista». Bajo esa concepción, el atentado es apenas el eslabón final y visible de una cadena que incluye glorificación, propaganda, reclutamiento y radicalización ideológica; etapas todas ellas que, según el texto, deben ser investigadas antes de que el hecho violento se produzca. El documento se apoya en el marco teórico de investigadores de la Universidad de Maryland financiados por el Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, además de citar estudios de Europol, el UNODC y la Red de Concienciación sobre la Radicalización (RAN) de la Comisión Europea.

Sobre esa base, la guía propone una matriz de indicadores de riesgo clasificados en cuatro niveles: medio, medio-alto, alto y crítico. Los indicadores más tempranos, de nivel medio, incluyen conductas como «sentir injusticia, traición o humillación», «búsqueda de sentido o propósito», «rechazo a figuras de autoridad», «publicación de teorías conspirativas», «usar consignas o símbolos combativos», «participar en comunidades digitales» y «desconfianza sistemática en las instituciones y liderazgos democráticos». El propio texto aclara que la crítica institucional «constituye una manifestación legítima protegida por la libertad de expresión» y que ningún indicador aislado habilita medidas coercitivas; pero fija que su relevancia investigativa «aumenta» al combinarse con otros factores, sin establecer un umbral claro ni preciso para esa combinación.

Las herramientas de investigación previstas incluyen el ciberpatrullaje, el rastreo sistemático de redes sociales, foros y plataformas de mensajería, el monitoreo de comunidades de videojuegos en línea, el análisis de fuentes abiertas (OSINT), la interceptación de comunicaciones con autorización judicial, el uso de agentes encubiertos y reveladores previstos en la Ley 27.319, y la cooperación internacional. La guía fue elaborada por los fiscales Juan Manuel Olima Espel y Armando Antao Cortez (SAIT), el fiscal Santiago Marquevich (UFECO) y el fiscal Horacio Azzolin (UFECI), y fue firmada un mes después de que el canciller Pablo Quirno participara en la «Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político» convocada en Washington.

ATE Capital: «El hambre no es terrorismo. Organizarse no es terrorismo»

La respuesta más contundente llegó desde ATE Capital, que lanzó una campaña en redes sociales con una pregunta que resume el rechazo del movimiento sindical: «¿Estar en contra de este gobierno es terrorismo?». El posteo, publicado en la cuenta verificada de Instagram @atecapitalok, acumula más de 240 «me gusta» y 56 compartidos, y lleva como texto: «Estar en contra de este gobierno no es terrorismo. Una nueva guía del Ministerio Público Fiscal incorpora preocupantes criterios que pueden poner bajo sospecha el ejercicio de importantes derechos democráticos de todos los argentinos y argentinas. Organizarse, reclamar y cuestionar al poder no puede ser considerado una amenaza».

La campaña gráfica del sindicato estatal enumera punto a punto las conductas que la guía incorpora como «indicadores de radicalización»: sentir injusticia o humillación, rechazar figuras de autoridad, criticar a gobiernos e instituciones, usar consignas o símbolos combativos, participar en comunidades digitales, publicar teorías conspirativas, cuestionar el orden institucional. Y frente a esa lista, la respuesta de ATE es categórica: «El hambre no es terrorismo. La bronca no es terrorismo. La organización no es terrorismo. La protesta no es terrorismo. Organizarse no es terrorismo». El comunicado también advierte que la norma «habilita herramientas que pueden intervenir a cualquier persona y cualquier tipo de espacios que atente a criticar este gobierno», refiriéndose al ciberpatrullaje, el rastreo de redes, la interceptación de comunicaciones y los agentes encubiertos. La pieza visual fue construida con el sello «A 50 años del Golpe. Ni olvido, ni perdón», una señal política que no parece casual en el contexto de un protocolo que habilita la vigilancia preventiva de la disidencia.

Desde otras organizaciones sindicales y de derechos humanos, el cuestionamiento apuntó a la misma dirección. ATE Capital advirtió que el documento «convierte el descontento social en un problema de seguridad» en un contexto de «creciente conflictividad social y ajuste sobre las condiciones de vida», y reivindicó la protesta y la organización colectiva como «ejercicios legítimos de la democracia». La pregunta que circuló en ese entorno fue la misma: «¿Puede una persona ser considerada sospechosa por criticar al gobierno? ¿Por participar de una organización? ¿Por expresar su bronca frente al hambre, la desigualdad o la pérdida de derechos?»

«Derecho penal de autor» y el riesgo de criminalizar la disidencia

El análisis crítico de El Cohete a la Luna señaló que el encuadre teórico de la guía proviene de la sociología y la psicología, no del campo jurídico, y advirtió sobre el riesgo de derivar en lo que la doctrina penal denomina «derecho penal de autor»: juzgar a sujetos por quiénes son o qué piensan, en lugar de por actos concretos y verificables. El mismo análisis planteó la necesidad de leer la resolución de Casal en diálogo con la discusión sobre la baja de la edad de imputabilidad y la Ley 26.734 antiterrorista de 2011, instrumentos que, combinados con esta guía, configuran una arquitectura legal de control social de amplio espectro. Como antecedente concreto de esa tensión, citó una causa federal abierta en La Pampa donde un adolescente de 15 años quedó involucrado en una investigación por terrorismo a partir de su vinculación por redes con un joven de 17 años detenido en Australia.

El programa antiterrorista Prevent, implementado en Gran Bretaña desde 2003, constituye el antecedente internacional más relevante para evaluar estos riesgos. Ese esquema obliga a escuelas, hospitales y otras instituciones públicas a identificar y reportar personas consideradas «vulnerables» a la radicalización, y es señalado hoy en ese país como un modelo en crisis, que terminó funcionando como herramienta de estigmatización de comunidades musulmanas y de vigilancia de la disidencia política.

El contexto político: un gobierno en conflicto con su propia sociedad

La aprobación de la guía no ocurre en el vacío. El gobierno de Javier Milei enfrenta una ola sostenida de protestas y medidas de fuerza de jubilados, personas con discapacidad, trabajadores estatales, docentes universitarios, gremios viales, prestadores de salud y deudores; un cuadro de conflictividad social en expansión que el propio protocolo de Casal podría encuadrar, según las organizaciones críticas, bajo sus categorías más amplias de «descontento», «rechazo a la autoridad» y «cuestionamiento del orden institucional». La guía fue aprobada, además, en el marco de una arquitectura institucional que desde 2018 viene ampliando de manera sostenida las capacidades del Ministerio Público Fiscal en materia de seguridad: la creación de la SAIT, la reconversión de la UFECO en 2023, y la incorporación del organismo al Centro Nacional Antiterrorismo mediante la Resolución PGN 51/2026 son los escalones previos de ese proceso.

Desde la Procuración General defienden la herramienta como un instrumento técnico de gestión de riesgo, necesario ante la expansión de la radicalización violenta en entornos digitales, y subrayan que los indicadores «no constituyen tipos penales ni supuestos de imputación» y que su valoración debe ser «contextual, proporcional y acumulativa». El Terrorism Global Index 2026, citado en el propio documento, indica que el 93% de los ataques terroristas fatales en Occidente en los últimos cinco años fueron cometidos por actores solitarios radicalizados digitalmente. La pregunta que no responde la resolución de Casal es si la herramienta diseñada para detectar ese fenómeno no termina, en la práctica, barriendo también con el ejercicio ordinario de la política, la organización sindical y la protesta social. Una pregunta que la Argentina ya supo formular en sus épocas más oscuras, y que hoy vuelve a plantearse con urgencia renovada.

Puntos clave

  • El procurador Eduardo Casal aprobó el 14 de agosto la Resolución PGN 56/2026, que habilita investigar procesos de «radicalización» antes de que ocurra un atentado.
  • Entre los indicadores de riesgo de nivel inicial figuran «sentir injusticia», «rechazar figuras de autoridad», «usar consignas combativas», «participar en comunidades digitales» y «criticar instituciones».
  • ATE Capital lanzó una campaña en redes sociales con la consigna «¿Estar en contra de este gobierno es terrorismo?» y afirmó que «el hambre, la bronca, la organización y la protesta no son terrorismo».
  • Abogados y organizaciones de DDHH alertan sobre el riesgo de «derecho penal de autor» y de criminalización de la disidencia política y sindical.
  • El antecedente internacional más directo, el programa Prevent del Reino Unido, es considerado hoy un modelo en crisis por haber derivado en vigilancia sistemática de comunidades y disidentes.

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