DDHH
El 40% de los adolescentes sufrió acoso online: cómo proteger a los chicos en Internet
Un relevamiento del Centro de Estudios en Ciberentornos de BTR Consulting reveló que el 97% de los adolescentes usa redes sociales y que cuatro de cada diez jóvenes de entre 12 y 17 años experimentó ciberacoso. Solo uno de cada diez lo comunicó a un adulto. En la previa del Día del Niño, especialistas advierten sobre el grooming, el sexting y el robo de identidad, y proponen la educación digital como herramienta central de prevención.
El Día del Niño llega este año con una advertencia urgente: el entorno digital se consolidó como uno de los principales espacios de riesgo para niños y adolescentes en Argentina. Así lo señala un informe del Centro de Estudios en Ciberentornos de BTR Consulting, que traza un mapa preocupante sobre los peligros que enfrentan los menores en Internet y la llamativa brecha entre la exposición real y el reporte a los adultos.
Según el relevamiento, el 97% de los adolescentes utiliza redes sociales, lo que convierte a estas plataformas en el principal escenario de interacción social para esa franja etaria. Sin embargo, esa omnipresencia digital tiene un reverso inquietante: el 40% de los jóvenes de entre 12 y 17 años sufrió alguna forma de acoso online. Y lo que más preocupa a los especialistas no es solo la magnitud del problema, sino el silencio que lo rodea: apenas uno de cada diez adolescentes que atravesó una situación de ese tipo se lo comunicó a sus padres o a algún adulto de confianza.
Un ecosistema de amenazas: del grooming al robo de identidad
El informe de BTR Consulting advierte que el ciberacoso representa solo una parte del espectro de peligros al que están expuestos los menores en entornos digitales. El documento identifica un conjunto de amenazas que van desde el grooming hasta las estafas, pasando por el sexting, el ciberbullying y el robo de identidad, con distintos niveles de gravedad y consecuencias sobre la salud física y emocional de las víctimas.
El grooming ocupa un lugar especialmente crítico en la lista. En estos casos, un adulto construye un perfil falso en redes sociales o plataformas de mensajería y establece de manera progresiva un vínculo de confianza con un menor, con el objetivo de obtener imágenes íntimas, datos personales u otro tipo de material sensible. La gradualidad del proceso y el uso de técnicas de manipulación emocional lo convierten en una de las amenazas más difíciles de detectar para los propios chicos y para sus familias.
El informe también pone el foco en la circulación de imágenes íntimas. Una vez que una fotografía o un video es compartido en plataformas digitales, puede ser descargado, reenviado o difundido en otros espacios, incluso si quien lo publicó lo elimina posteriormente. Esta característica irreversible del ecosistema digital amplifica el daño potencial para las víctimas y torna prácticamente imposible el control posterior del material.
El ciberbullying y el rol del anonimato
El ciberbullying constituye otra de las formas de violencia más extendidas en los entornos digitales adolescentes. A diferencia del acoso presencial, las redes sociales ofrecen la posibilidad del anonimato y la viralización, dos factores que amplifican de manera significativa el impacto sobre las víctimas. Un mensaje, una imagen o una publicación humillante puede alcanzar en pocas horas a cientos o miles de personas, extendiendo el daño mucho más allá del círculo inmediato de la persona afectada.
A esto se suman las estafas digitales, que también encontraron en los adolescentes un blanco fácil. La combinación de escasa experiencia, alta exposición y confianza excesiva en los vínculos online genera condiciones propicias para que adultos con intenciones delictivas accedan a datos bancarios, contraseñas o información personal de los menores.
Educar, no prohibir
Frente a este panorama, los especialistas de BTR Consulting rechazaron de manera categórica el enfoque restrictivo como respuesta al problema. Señalaron que prohibir o limitar el uso de la tecnología no resuelve los riesgos, porque la vida digital es ya una dimensión constitutiva de la experiencia cotidiana de niños y adolescentes. El desafío, plantearon, pasa por otro lado: educar para reconocer situaciones de peligro y construir herramientas para responder ante ellas.
«La clave en temas de ciberseguridad tiene que ver con la necesidad de educar y concientizar a las personas y, en este caso, preparar a los niños y adolescentes, no solo para evitar riesgos en el presente sino a futuro», afirmó Gabriel Zurdo, CEO de BTR Consulting.
Entre las recomendaciones concretas que difundió la consultora figuran: utilizar perfiles privados en redes sociales, no aceptar solicitudes de contacto de personas desconocidas, proteger las cuentas con contraseñas robustas y evitar compartir información sensible como domicilio, nombre de la escuela o ubicación en tiempo real. Pero, por encima de todas las medidas técnicas, los especialistas subrayaron la importancia de generar un clima de confianza en el entorno familiar, de modo que los chicos puedan pedir ayuda cuando una situación online les genere incomodidad, miedo o malestar, sin temor a ser juzgados o castigados.
El silencio de nueve de cada diez adolescentes que vivieron situaciones de acoso es, en ese sentido, el dato más elocuente del informe y el que más interpela a las familias, a las instituciones educativas y al Estado. La brecha entre la exposición al riesgo y la capacidad de pedir ayuda no es técnica, es vincular. Y ninguna app de control parental puede sustituir esa conversación.
Puntos clave
- El 97% de los adolescentes argentinos usa redes sociales, según BTR Consulting.
- El 40% de los jóvenes de 12 a 17 años sufrió acoso online; solo 1 de cada 10 lo reportó a un adulto.
- El grooming implica la construcción gradual de un vínculo de confianza con el menor por parte de un adulto con perfil falso.
- Las imágenes íntimas compartidas en plataformas digitales no pueden controlarse una vez difundidas, aunque se eliminen.
- Los especialistas proponen educación y diálogo familiar, no restricciones tecnológicas, como eje de la prevención.
DDHH
“El hambre no es terrorismo, la protesta tampoco”: ATE Capital rechaza la guía antiterrorista de Casal
La Procuración General aprobó un protocolo para investigar «radicalización» antes de que ocurra un ataque. Sus indicadores de riesgo incluyen «sentir injusticia», «rechazar figuras de autoridad» y «criticar instituciones». ATE Capital salió al cruce con una campaña directa: «El hambre no es terrorismo. La bronca no es terrorismo. Organizarse no es terrorismo».
El procurador general de la Nación interino, Eduardo Casal, firmó el 14 de agosto la Resolución PGN N° 56/2026, que aprueba la «Guía para la investigación de incidentes terroristas previos a un ataque». El documento, elaborado conjuntamente por la Secretaría de Análisis Integral del Terrorismo Internacional (SAIT) y la Unidad Fiscal Especializada en Criminalidad Organizada (UFECO), con aportes de la Unidad Fiscal Especializada en Ciberdelincuencia (UFECI), introduce por primera vez en el país criterios comunes para que fiscales y jueces investiguen procesos de radicalización antes de que se produzca un atentado. Lo que en principio se presentó como una herramienta técnica de prevención antiterrorista desató en las últimas horas una oleada de rechazo de organizaciones sindicales y de derechos humanos que advierten que sus categorías, deliberadamente amplias, habilitan la persecución de la disidencia política.
Qué dice la guía: el «ciclo terrorista» y sus indicadores
La resolución parte de una premisa doctrinaria: el terrorismo debe entenderse como un «proceso criminal organizado, continuo y permanente», al que la literatura especializada denomina «Ciclo Terrorista». Bajo esa concepción, el atentado es apenas el eslabón final y visible de una cadena que incluye glorificación, propaganda, reclutamiento y radicalización ideológica; etapas todas ellas que, según el texto, deben ser investigadas antes de que el hecho violento se produzca. El documento se apoya en el marco teórico de investigadores de la Universidad de Maryland financiados por el Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, además de citar estudios de Europol, el UNODC y la Red de Concienciación sobre la Radicalización (RAN) de la Comisión Europea.
Sobre esa base, la guía propone una matriz de indicadores de riesgo clasificados en cuatro niveles: medio, medio-alto, alto y crítico. Los indicadores más tempranos, de nivel medio, incluyen conductas como «sentir injusticia, traición o humillación», «búsqueda de sentido o propósito», «rechazo a figuras de autoridad», «publicación de teorías conspirativas», «usar consignas o símbolos combativos», «participar en comunidades digitales» y «desconfianza sistemática en las instituciones y liderazgos democráticos». El propio texto aclara que la crítica institucional «constituye una manifestación legítima protegida por la libertad de expresión» y que ningún indicador aislado habilita medidas coercitivas; pero fija que su relevancia investigativa «aumenta» al combinarse con otros factores, sin establecer un umbral claro ni preciso para esa combinación.
Las herramientas de investigación previstas incluyen el ciberpatrullaje, el rastreo sistemático de redes sociales, foros y plataformas de mensajería, el monitoreo de comunidades de videojuegos en línea, el análisis de fuentes abiertas (OSINT), la interceptación de comunicaciones con autorización judicial, el uso de agentes encubiertos y reveladores previstos en la Ley 27.319, y la cooperación internacional. La guía fue elaborada por los fiscales Juan Manuel Olima Espel y Armando Antao Cortez (SAIT), el fiscal Santiago Marquevich (UFECO) y el fiscal Horacio Azzolin (UFECI), y fue firmada un mes después de que el canciller Pablo Quirno participara en la «Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político» convocada en Washington.
ATE Capital: «El hambre no es terrorismo. Organizarse no es terrorismo»
La respuesta más contundente llegó desde ATE Capital, que lanzó una campaña en redes sociales con una pregunta que resume el rechazo del movimiento sindical: «¿Estar en contra de este gobierno es terrorismo?». El posteo, publicado en la cuenta verificada de Instagram @atecapitalok, acumula más de 240 «me gusta» y 56 compartidos, y lleva como texto: «Estar en contra de este gobierno no es terrorismo. Una nueva guía del Ministerio Público Fiscal incorpora preocupantes criterios que pueden poner bajo sospecha el ejercicio de importantes derechos democráticos de todos los argentinos y argentinas. Organizarse, reclamar y cuestionar al poder no puede ser considerado una amenaza».
La campaña gráfica del sindicato estatal enumera punto a punto las conductas que la guía incorpora como «indicadores de radicalización»: sentir injusticia o humillación, rechazar figuras de autoridad, criticar a gobiernos e instituciones, usar consignas o símbolos combativos, participar en comunidades digitales, publicar teorías conspirativas, cuestionar el orden institucional. Y frente a esa lista, la respuesta de ATE es categórica: «El hambre no es terrorismo. La bronca no es terrorismo. La organización no es terrorismo. La protesta no es terrorismo. Organizarse no es terrorismo». El comunicado también advierte que la norma «habilita herramientas que pueden intervenir a cualquier persona y cualquier tipo de espacios que atente a criticar este gobierno», refiriéndose al ciberpatrullaje, el rastreo de redes, la interceptación de comunicaciones y los agentes encubiertos. La pieza visual fue construida con el sello «A 50 años del Golpe. Ni olvido, ni perdón», una señal política que no parece casual en el contexto de un protocolo que habilita la vigilancia preventiva de la disidencia.
Desde otras organizaciones sindicales y de derechos humanos, el cuestionamiento apuntó a la misma dirección. ATE Capital advirtió que el documento «convierte el descontento social en un problema de seguridad» en un contexto de «creciente conflictividad social y ajuste sobre las condiciones de vida», y reivindicó la protesta y la organización colectiva como «ejercicios legítimos de la democracia». La pregunta que circuló en ese entorno fue la misma: «¿Puede una persona ser considerada sospechosa por criticar al gobierno? ¿Por participar de una organización? ¿Por expresar su bronca frente al hambre, la desigualdad o la pérdida de derechos?»
«Derecho penal de autor» y el riesgo de criminalizar la disidencia
El análisis crítico de El Cohete a la Luna señaló que el encuadre teórico de la guía proviene de la sociología y la psicología, no del campo jurídico, y advirtió sobre el riesgo de derivar en lo que la doctrina penal denomina «derecho penal de autor»: juzgar a sujetos por quiénes son o qué piensan, en lugar de por actos concretos y verificables. El mismo análisis planteó la necesidad de leer la resolución de Casal en diálogo con la discusión sobre la baja de la edad de imputabilidad y la Ley 26.734 antiterrorista de 2011, instrumentos que, combinados con esta guía, configuran una arquitectura legal de control social de amplio espectro. Como antecedente concreto de esa tensión, citó una causa federal abierta en La Pampa donde un adolescente de 15 años quedó involucrado en una investigación por terrorismo a partir de su vinculación por redes con un joven de 17 años detenido en Australia.
El programa antiterrorista Prevent, implementado en Gran Bretaña desde 2003, constituye el antecedente internacional más relevante para evaluar estos riesgos. Ese esquema obliga a escuelas, hospitales y otras instituciones públicas a identificar y reportar personas consideradas «vulnerables» a la radicalización, y es señalado hoy en ese país como un modelo en crisis, que terminó funcionando como herramienta de estigmatización de comunidades musulmanas y de vigilancia de la disidencia política.
El contexto político: un gobierno en conflicto con su propia sociedad
La aprobación de la guía no ocurre en el vacío. El gobierno de Javier Milei enfrenta una ola sostenida de protestas y medidas de fuerza de jubilados, personas con discapacidad, trabajadores estatales, docentes universitarios, gremios viales, prestadores de salud y deudores; un cuadro de conflictividad social en expansión que el propio protocolo de Casal podría encuadrar, según las organizaciones críticas, bajo sus categorías más amplias de «descontento», «rechazo a la autoridad» y «cuestionamiento del orden institucional». La guía fue aprobada, además, en el marco de una arquitectura institucional que desde 2018 viene ampliando de manera sostenida las capacidades del Ministerio Público Fiscal en materia de seguridad: la creación de la SAIT, la reconversión de la UFECO en 2023, y la incorporación del organismo al Centro Nacional Antiterrorismo mediante la Resolución PGN 51/2026 son los escalones previos de ese proceso.
Desde la Procuración General defienden la herramienta como un instrumento técnico de gestión de riesgo, necesario ante la expansión de la radicalización violenta en entornos digitales, y subrayan que los indicadores «no constituyen tipos penales ni supuestos de imputación» y que su valoración debe ser «contextual, proporcional y acumulativa». El Terrorism Global Index 2026, citado en el propio documento, indica que el 93% de los ataques terroristas fatales en Occidente en los últimos cinco años fueron cometidos por actores solitarios radicalizados digitalmente. La pregunta que no responde la resolución de Casal es si la herramienta diseñada para detectar ese fenómeno no termina, en la práctica, barriendo también con el ejercicio ordinario de la política, la organización sindical y la protesta social. Una pregunta que la Argentina ya supo formular en sus épocas más oscuras, y que hoy vuelve a plantearse con urgencia renovada.
Puntos clave
- El procurador Eduardo Casal aprobó el 14 de agosto la Resolución PGN 56/2026, que habilita investigar procesos de «radicalización» antes de que ocurra un atentado.
- Entre los indicadores de riesgo de nivel inicial figuran «sentir injusticia», «rechazar figuras de autoridad», «usar consignas combativas», «participar en comunidades digitales» y «criticar instituciones».
- ATE Capital lanzó una campaña en redes sociales con la consigna «¿Estar en contra de este gobierno es terrorismo?» y afirmó que «el hambre, la bronca, la organización y la protesta no son terrorismo».
- Abogados y organizaciones de DDHH alertan sobre el riesgo de «derecho penal de autor» y de criminalización de la disidencia política y sindical.
- El antecedente internacional más directo, el programa Prevent del Reino Unido, es considerado hoy un modelo en crisis por haber derivado en vigilancia sistemática de comunidades y disidentes.
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