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A 13 años de la Ley de Identidad de Género: una conquista histórica en riesgo

De tener una ley pionera a nivel mundial, a los preocupantes retrocesos en la Era Milei.

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El 9 de mayo de 2012, Argentina marcó un hito en la historia de los derechos humanos al sancionar la Ley de Identidad de Género (Ley 26.743).

Esta legislación pionera reconoció el derecho de las personas a ser identificadas según su identidad de género autopercibida, sin necesidad de intervenciones quirúrgicas, hormonales ni diagnósticos psiquiátricos.

A 13 años de su promulgación, celebramos los avances logrados, pero también alertamos sobre las amenazas que enfrentan estos derechos en el contexto político actual.

Avances significativos

Desde la implementación de la ley:

Más de 12.000 personas han rectificado su género en el DNI, según datos del Registro Nacional de las Personas (RENAPER) .

En 2021, se incorporó la opción de género no binario en los documentos oficiales, y en los primeros dos años, más de 1.000 personas optaron por esta categoría .

Se estableció el cupo laboral travesti-trans en el sector público, buscando revertir la histórica exclusión laboral de este colectivo.

Retrocesos preocupantes en la Era Milei

Sin embargo, en el último año, se han registrado retrocesos significativos:

El Presupuesto 2024 asignó cero pesos a programas centrales de políticas de género, como el Programa Acompañar y la Línea 144 .

El gobierno de Javier Milei ha propuesto eliminar por decreto el DNI no binario, una medida que representaría un grave retroceso en el reconocimiento de identidades diversas.

Se han cerrado organismos estatales dedicados a la promoción de los derechos de las mujeres y diversidades, como el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad.

Impacto en la comunidad travesti-trans

Estos recortes y medidas regresivas tienen consecuencias directas en la vida de las personas travestis y trans:

La expectativa de vida de este colectivo sigue siendo alarmantemente baja, situándose entre los 35 y 40 años.

La falta de acceso a servicios de salud integral, educación y empleo formal perpetúa la exclusión y vulnerabilidad de estas personas.

A 13 años de la sanción de la Ley de Identidad de Género, es fundamental reafirmar el compromiso con la defensa y ampliación de los derechos conquistados.

Las políticas públicas deben garantizar la inclusión y el bienestar de todas las personas, independientemente de su identidad de género.

La sociedad civil, organizaciones y activistas continúan luchando por un país más justo e igualitario, donde la diversidad sea celebrada y protegida.

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Senado: denuncian proyecto de “falsas denuncias” intenta silenciar a las víctimas

A nivel global, organismos como ONU Mujeres ubican las denuncias falsas en torno al 1% de los casos.

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Senado: qué pasa con el proyecto de “falsas denuncias”

El conversatorio “Derecho a la voz: contra la criminalización de quienes denuncian violencia” funcionó como una respuesta urgente frente al proyecto impulsado por Carolina Losada, que ya cuenta con dictamen de mayoría en la Comisión de Justicia y Asuntos Penales. La iniciativa propone agravar las penas por falsa denuncia, falso testimonio y encubrimiento en casos de violencia de género, delitos sexuales y situaciones que involucren a niñas, niños y adolescentes.

Para quienes expusieron, el diagnóstico fue otro: no hay vacío legal ni problema empírico que justifique la reforma. Lo que sí aparece, señalaron, es una estrategia política para disciplinar a quienes denuncian y reinstalar el silencio.

Una arquitectura punitiva para desalentar la denuncia

La abogada Ileana Arduino, referente del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales, desmenuzó el corazón del proyecto. Sostuvo que no se trata de una falla técnica sino de una decisión deliberada: utilizar el derecho penal como herramienta de control social.

Funciona como una extorsión procesal”, advirtió. El planteo es claro: en un sistema judicial que ya resulta hostil, la amenaza de una contra-denuncia penal empuja a las víctimas a no hablar. El resultado no es más justicia, sino menos denuncias.

Arduino también apuntó a un efecto colateral clave: la criminalización de las redes de acompañamiento. Equipos interdisciplinarios, profesionales y organizaciones quedarían bajo sospecha por intervenir en procesos donde la prueba suele ser compleja y el tiempo judicial, lento.

Construir un problema inexistente

La ministra bonaerense Estela Díaz fue directa: “Lo falso es el problema que quieren instalar”.

Respaldada por un documento con más de 1.700 firmas, sostuvo que las falsas denuncias no representan un fenómeno significativo en Argentina. En cambio, sí lo es la subdenuncia en casos de violencia y abuso.

Para Díaz, la iniciativa se inscribe en una narrativa política más amplia que cuestiona la existencia misma de la violencia de género. En ese marco, el proyecto no busca mejorar el sistema penal, sino desplazar el foco: de la protección de las víctimas a la sospecha sobre su palabra.

El miedo como política pública

Desde el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, Natalia Gherardi aportó datos que desarman el argumento central del proyecto:

  • Solo una de cada cuatro mujeres en situación de violencia busca ayuda.
  • En abuso sexual infantil, más del 88% de los casos no llega a la Justicia.

En ese contexto, endurecer penas por denuncias “falsas” no resuelve un problema: crea otro. Introduce una amenaza concreta para quienes están obligados a denunciar, como establece la Ley Lucio.

La contradicción es evidente: el Estado exige denunciar ante la sospecha de abuso, pero al mismo tiempo instala el riesgo de persecución penal si la causa no prospera. El mensaje implícito, señalaron, es el silencio.

Convenciones internacionales vulneradas

La dirigente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, María Elena Naddeo, cuestionó la compatibilidad del proyecto con los estándares internacionales.

Mencionó dos marcos normativos clave:

  • Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer
  • Convención de Belém do Pará

Ambos obligan al Estado a garantizar el acceso a la justicia y a no generar obstáculos para denunciar violencia de género. La iniciativa, en cambio, invierte esa lógica: convierte a la denunciante en potencial imputada.

Naddeo también desarmó una de las falacias centrales: equiparar falta de prueba con falsedad. En delitos que ocurren en la intimidad, esa equivalencia no solo es errónea, sino funcional a la impunidad.

Datos incómodos para el oficialismo

A nivel global, organismos como ONU Mujeres ubican las denuncias falsas en torno al 1% de los casos. Se trata de una cifra marginal, que en general no está vinculada a violencia de género sino a otros delitos.

Sin evidencia empírica que justifique el endurecimiento penal, el proyecto queda expuesto como una definición ideológica: desplazar la centralidad de la víctima y reinstalar la sospecha sobre su palabra.

Efectos concretos: censura, desprotección e impunidad

El rechazo no se agota en el plano simbólico. Las organizaciones advirtieron consecuencias concretas:

  • Bozal mediático: limitaciones a la difusión de casos que han sido clave para visibilizar violencias.
  • Persecución profesional: equipos técnicos y redes de acompañamiento bajo amenaza penal.
  • Inseguridad jurídica: profesionales de salud y educación atrapados entre denunciar o protegerse.
  • Desaliento de denuncias: una profundización en la caída previsible en el acceso a la justicia.

En ese marco, el proyecto aparece como una herramienta de disciplinamiento que redefine el sistema: ya no se investiga al agresor, se sospecha de quien denuncia.

Una disputa de fondo: voz o silencio

Lo que se debatió en el Senado excede una reforma penal. Se trata de una disputa política y cultural: quién tiene derecho a hablar y bajo qué condiciones.

Frente a un escenario que intenta reinstalar el miedo como frontera, el feminismo articuló una respuesta clara. El derecho a la voz no es un privilegio ni una concesión: es un derecho humano básico.

Y su restricción, no fortalece la justicia. La debilita.

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