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La vacuna creada por la Universidad de Oxford demostró ser segura

Según los resultados de las pruebas realizadas en 1.077 voluntarios, la fórmula es segura para el sistema inmunitario, produce anticuerpos y una reacción favorable en las «células T».

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Según los resultados de las pruebas realizadas en 1.077 voluntarios, la fórmula es segura para el sistema inmunitario, produce anticuerpos y una reacción favorable en las «células T».

La vacuna desarrollada por científicos de la Universidad de Oxford y el laboratorio AstraZeneca es uno de los productos científicos más avanzados para combatir el coronavirus, que “demostró ser seguro para el sistema inmunitario y haber producido anticuerpos contra la Covid-19”, según uno de los trabajos científicos publicados en la revista científica The Lancet.

Los ensayos ya fueron realizados en Fase 1 y 2 en unos 1.077 voluntarios y mostraron que la vacuna los llevó a producir anticuerpos y tuvo una reacción favorable en las «células T», dentro de los 14 días de la vacunación.

Esta reacción significa que los glóbulos blancos pueden atacar a las células infectadas con el virus SARS-CoV-2, se explicó en The Lancet. En ese contexto, la producción en Argentina de la vacuna de Oxford sería anunciada en las próximas horas.

Ginés González García adelantó que el presidente Alberto Fernández podría realizar un anuncio vinculado a la lucha contra el coronavirus.

Según la publicación, la vacuna fue producida en base a un adenovirus que tradicionalmente causa resfríos en chimpancés, al que se modificó con un vector que expresa una proteína que permite que el sistema inmune humano detecte al agente infeccioso, y esa respuesta inmunológica pueda prevenir la enfermedad.

El ministro de Salud, Ginés González García, adelantó que el presidente Alberto Fernández podría realizar un anuncio vinculado a la lucha contra el coronavirus.»Podría haber una muy buena noticia», sostuvo González García al visitar La Matanza.

El ministro aseguró que en el Gobierno saben que hay «muchas vacunas contra el coronavirus» y agregó que están “con seis de los proyectos que están en punta y probablemente se incorpore una más esta semana».

Los resultados contrastados

Durante el estudio que viene realizando en Oxford, los participantes que recibieron la vacuna tenían anticuerpos neutralizantes detectables, algo que los investigadores sugirieron como importante para la protección contra el virus.

También indicaron que estas respuestas fueron más fuertes después de una dosis de refuerzo, con el 100% de la sangre de los participantes teniendo actividad neutralizante contra el coronavirus. En ese marco, los investigadores indicaron que el siguiente paso en el estudio de la vacuna será confirmar que puede proteger eficazmente contra la infección del SARS-CoV-2.

«Además de continuar probando nuestra vacuna en ensayos de Fase 3, necesitamos aprender más sobre el virus».

«Vimos la respuesta inmune más fuerte en los 10 participantes que recibieron dos dosis de la vacuna, lo que indica que esta podría ser una buena estrategia para la vacunación», explicó oportunamente Andrew Pollard, investigador jefe del Ensayo de Vacunas de la Universidad de Oxford.

La primera fase del ensayo comenzó en abril e incluyó al menos 1.000 voluntarios adultos, mientras que ahora se está probando en 10.000 voluntarios, incluidos personas mayores de más de 70 y niños de 5 a 12 años, en Brasil, Sudáfrica y el Reino Unido, y próximamente en India.

Según los investigadores, la vacuna no provocó ninguna reacción inesperada y tuvo un perfil de seguridad similar al de las vacunas anteriores de este tipo. Además, indicaron que sólo causó pocos efectos secundarios que desaparecieron cuando se les suministró paracetamol a los pacientes.

«Todavía no sabemos qué tan fuerte es la respuesta inmune que debemos provocar para proteger eficazmente contra la infección por SARS-CoV-2».

Por su parte, Sarah Gilbert, investigadora de la Universidad de Oxford, resaltó que estos resultados son prometedores, y añadió: «Además de continuar probando nuestra vacuna en ensayos de Fase 3, necesitamos aprender más sobre el virus; por ejemplo, todavía no sabemos qué tan fuerte es la respuesta inmune que debemos provocar para proteger eficazmente contra la infección por SARS-CoV-2».

En aquella oportunidad el ministro de Gobierno de Comercio británico, Alok Sharma, sostuvo que «los resultados de hoy son extremadamente alentadores, ya que nos acercan un paso más a la búsqueda de una vacuna exitosa para proteger a millones de personas en el Reino Unido y en todo el mundo».

Existen desarrollos en varios países

A fines julio, el gobierno de Brasil había anunciado un acuerdo con el laboratorio farmacéutico británico AstraZeneca y la Universidad de Oxford para adquirir 100 millones de dosis de la vacuna contra la enfermedad.

En la primera de las dos etapas previstas en el acuerdo, Brasil tendrá a su disposición un primer lote de 15,2 millones de dosis de la vacuna en diciembre de este año y otros 15,2 millones hasta el 15 de enero de 2021, por los que abonará en total 127 millones de dólares.

Este martes avanzó la autorización que los voluntarios reciban una segunda dosis de la vacuna de Oxford que está en fase de experimentación. En tanto, Sudáfrica también lleva a cabo el primer ensayo clínico en el continente africano con la vacuna contra el Covid-19 que desarrolló la casa de altos estudios.

Por último, cabe destacar que los resultados de los estudios que difundió la revista The Lancet fueron calificados como una buena noticia por la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo que genera esperanzas para planificar un mundo pospandemia.

Análisis

La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo

Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».

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Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia

Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.

Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.

Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.

Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.

El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina

La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.

Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.

La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.

Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)

La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.

Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.

Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.

El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas

El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.

Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.

El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.

Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala

La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.

El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.

En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.

Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.

Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.

Machismo de guardapolvo blanco

Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.

La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.

Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.

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