Mujeres
Mujeres en la Resistencia Peronista: rol activo y guardianas de la memoria
«Las mujeres participaron en una gama muy variada de actividades. Escribiendo y dirigiendo periódicos clandestinos, intentando organizar el partido que había quedado desestructurado luego del golpe de Estado de 1955», señalan.
Las mujeres durante la Resistencia Peronista participaron en actividades que implicaban el uso de la violencia, organizadas y con iniciativa propia dirigieron prensa clandestina y actuaron como correo o enlaces, pero también cumplieron un rol clave al ser guardianas de la memoria del peronismo, tarea que cumplieron de manera subrepticia pero efectiva, según reconstruyó la historiadora Anabella Gorza en su libro «Insurgentes, misioneras y políticas. Mujeres y género en la Resistencia peronista (1955-1966).
La escritora relató a Télam que «las mujeres participaron en una gama muy variada de actividades. Escribiendo y dirigiendo periódicos clandestinos, intentando organizar el partido que había quedado desestructurado luego del golpe de Estado de 1955, en acciones obreras y sindicales, en otras que implicaban el uso de la violencia, como la colocación explosivos, actuaron como correo, enlaces, etc»
Destacó que «también fue importante su participación en aquellas intervenciones que tenían como fin mantener la memoria del peronismo».
La historiadora e investigadora del Conicet y el Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Género de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata precisó que «empecé con este tema en el año 2008, en el marco de un seminario de historia argentina con perspectiva de género que dictaba Adriana Valobra en la carrera de Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP».
«Había estudios sobre las mujeres peronistas durante sus primeros gobiernos y a la vez se estaban realizando muchas investigaciones sobre las mujeres en las organizaciones políticas y armadas de los años setenta, pero existía un gran vacío historiográfico sobre las mujeres peronistas que habían militado en los años inmediatamente posteriores al golpe de Estado de 1955, con la excepción de algunos trabajos muy breves. Faltaba un trabajo sistemático sobre ese tema», destacó.
Tras el derrocamiento del presidente constitucional Juan Domingo Perón, el gobierno de facto de Pedro Aramburu- Isaac Rojas sancionó el decreto 4161 que prohibió la pronunciación del nombre de Perón y Eva Perón y el uso de los símbolos peronistas, bajo pena de cárcel de seis meses o mas. Los y las militantes peronistas comenzaron lo que se denominó como Resistencia Peronista, que abarcó desde acciones directas, pintadas en paredes de las letras P y la V, y el uso de la flor «nomeolvides» en la solapa para identificarse.
¿Qué rol ocupó la mujer en esa Resistencia?, ¿fue pasivo, subordinado a las órdenes de los hombres, limitado a las posibilidades que le brindaba su género?, fueron algunas de las preguntas que guiaron su investigación.
«Durante esos años las mujeres militaron junto a los varones en diferentes espacios, en las calles, en los barrios, en los lugares de trabajo, etc. Y Si bien compartieron formas y espacios de militancia, hubo formas de intervención en las que las mujeres participaron de manera extensiva, mientras que en otras lo hicieron en forma minoritaria con respecto a los varones o en forma subordinada en función de los estereotipos de género sobre la participación política que circulaban en la época así como también de la familiarización que tenían las mujeres con ciertas prácticas, las experiencias de socialización y las relaciones de género que atravesaban a los espacios de militancia», sostuvo.
Tal como analiza en su libro, publicado por la Editorial Biblos «fue muy común encontrar a las mujeres haciendo homenajes a Eva Perón, una actividad que estaba prohibida en la época, porque no podía nombrarse al peronismo públicamente. También era común la participación en acciones vinculadas al uso del disfraz. Con ello me refiero a las acciones disimuladas, donde hacían un uso estratégico de las presunciones de inocencia que se tienen sobre las mujeres para burlar la vigilancia. Por ejemplo, hacerse pasar por una madre que pasea con su esposo y su hijo o hija, para ayudar a escapar a un militante prófugo, para pasar información, para esconder explosivos, etc.».
Gorza subrayó que «las mujeres participaron en todo tipo de acciones, pero si las analizamos a la luz de la perspectiva de género, encontramos que a veces esas acciones tomaban ciertas características específicas; por ejemplo, debían evaluar qué hacer con les hijes cuando había que ir a tomar una fábrica o cuándo eran las mujeres quienes tenían que esconderse o fugarse».
Apuntó que «no es una vida tranquila la de las y los militantes en tiempos de resistencia, proscripciones, persecuciones políticas, pero además, las mujeres tienen la carga de las tareas de cuidado».
«Esa tensión fue encarada de diferentes maneras por las mujeres. Hubo quienes delegaron el cuidado en familiares, o que decidieron no tener hijos o que se divorciaron cuando sus parejas no aceptaban su militancia, entre otras decisiones, y hubo quienes militaron con sus hijes, con el riesgo que ello podía implicar o con las consecuencias que podía traer aparejada para la vida cotidiana para les niñes», aclaró.
Respecto a los riesgos durante esa época de Resistencia, que abarcó de 1955 a 1966, Gorza puntualizó que «varones y mujeres estaban expuestos de la misma manera. El problema es que, como señalé antes, muchas veces las mujeres se veían obligadas a decidir qué hacer con sus hijes y no siempre existía la posibilidad de dejarlos al cuidado de otra persona. Uno de los relatos más ilustrativos sobre esta cuestión es el de Elsa Mura, una delegada sindical que participó de la toma de una fábrica con su beba de nueve meses, y en la entrevista que pude realizarle manifestó el riesgo que ello implicaba en una fábrica que no tenía una salida alternativa por donde escapar en caso de que entrara la policía a reprimir. Hay varios relatos de este tipo».
La historiadora remarcó que «las mujeres en la Resistencia peronista desarrollaron actividades variadas que, en muchos casos, implicaron autonomía, organización, planificación y la puesta en práctica de conocimientos previos. No se circunscribieron a actuar desde su rol de madres y esposas, ni tampoco como acompañantes de los militantes varones, sino que tuvieron proyectos e iniciativas propias».
«Una práctica de resistencia muy extendida fueron los homenajes en su memoria. Hubo mujeres que se organizaron para llevar a cabo los homenajes y sus organizaciones adoptaron nombres que remitían a Eva, como las Misioneras de Eva Perón o la Cruzada Evita Capitana. También hubo muchas mujeres que escondieron y protegieron los bustos de Evita para evitar que fueran destruidos en la época del gobierno de la Revolución Libertadora», destacó.
La investigación histórica de Gorza, en base a testimonio y estudio de diversas fuentes escritas, entre ellas expedientes judiciales de la época le permiten concluir que durante la Resistencia Peronista «las mujeres, a través de su militancia, desbordaron los límites impuestos por los estereotipos. Estuvieron atravesadas por altos grados de iniciativa y autonomía, en especial en lo que refiere a la reorganización partidaria, los homenajes a Eva Perón y el desarrollo de la prensa gráfica».
Espectáculos 🎭
Femicida en pantalla: la película «Barreda» no escapa del relato del asesino
El 15 de noviembre de 1992, Ricardo Barreda asesinó a su esposa, sus dos hijas y su suegra en La Plata. Tres décadas después, Prime Video estrena una película protagonizada por Luis Machín que reconstruye el caso, el juicio y la figura de las víctimas, aunque no todo lo que muestra tiene respaldo documental.
La pantalla volvió a poner en el centro de la escena uno de los crímenes más impactantes de la historia argentina. «Barreda», la película de Prime Video dirigida por Daniela Goggi (El Rapto), llegó a la plataforma este viernes y reconstruye el cuádruple femicidio cometido por el odontólogo Ricardo Barreda en su casa de La Plata.
Luis Machín encarna al femicida; Carla Peterson interpreta a su esposa Gladys McDonald; Mercedes Morán da vida a la suegra Elena Arreche; y Maite Lanata y Margarita Páez encarnan a las hijas Cecilia y Adriana. La producción recorre el crimen, el juicio oral de 1995 y algunas dimensiones más íntimas de la vida familiar del femicida, combinando hechos verificados con escenas de elaboración ficcional.
El arma que regaló la suegra: un dato confirmado
Uno de los elementos más fuertes del relato tiene sustento documental. La película muestra que la suegra de Barreda, Elena Arreche, le obsequió la escopeta con la que el odontólogo posteriormente mató a las cuatro mujeres de su familia. Se trata de una Víctor Sarasqueta calibre 16, un arma de origen español que el femicida utilizaba para la caza.
Durante el juicio oral, el propio Barreda declaró que el arma había sido un regalo de su suegra. El dato también aparece registrado en distintas reconstrucciones periodísticas del caso. Según la declaración del acusado, después de los asesinatos se deshizo del arma arrojándola en la zona de Punta Lara, en Ensenada, episodio que la película también recrea.
Pirucha, la vidente: personaje real con un rol todavía discutido
El personaje interpretado por Paola Barrientos es uno de los que más puede generar dudas entre quienes no conocen el caso en detalle, pero tiene existencia real. María de las Mercedes Guastavino, conocida como «Pirucha», fue una vidente que mantuvo un vínculo cercano con Barreda y que declaró en el juicio de 1995.
Según distintas reconstrucciones del caso, la mujer lo habría persuadido de que las mujeres de su familia practicaban magia negra contra él y querían matarlo. La película fiel a ese relato muestra a Pirucha alimentando los miedos del odontólogo. También se retrata que, luego de cometidos los crímenes, Barreda pasó por su casa en busca de ayuda. De acuerdo al relato del psiquiatra forense que lo peritó, Miguel Maldonado, el asesino le dijo al llegar: «Me mandé una macana». La influencia real de Pirucha sobre las decisiones de Barreda fue debatida durante el proceso judicial, sin que se llegara a una conclusión definitiva sobre su responsabilidad.
Las hijas: vidas que la historia oficial silenció
La película reconstruye a Cecilia y Adriana Barreda como dos mujeres jóvenes con proyectos concretos: Cecilia planeaba mudarse con su pareja e instalar un consultorio odontológico en la casa familiar, mientras que Adriana estaba próxima a casarse. En la vida real, la historia de las víctimas quedó durante décadas relegada frente al relato construido alrededor de su asesino. Hay registros que confirman que el novio de Cecilia declaró como testigo en el juicio en contra de Barreda. Amigas de las jóvenes le dijeron al periodista Enrique Russo, en 1992, que evitaban ir a la casa porque Barreda «era mano larga». Las escenas que recrean vínculos y conversaciones cotidianas de las hijas pueden partir de datos fragmentarios, pero en buena medida se completan con elaboración ficcional.
La venta de la casa y el divorcio: sin respaldo documental
Uno de los elementos que la película presenta como detonante de la violencia es la intención de Gladys McDonald y su madre de vender la propiedad, junto con el deseo de Gladys de separarse definitivamente de Barreda. Sin embargo, no hay registros documentales que confirmen que la familia estuviera planeando vender la casa en los términos que plantea el film. Distintas reconstrucciones del caso sí señalan que Barreda y su esposa habían atravesado una separación previa al crimen, aunque continuaban conviviendo bajo el mismo techo. La decisión de incorporar ese elemento como disparador dramático responde a una licencia narrativa de la dirección.
«Conchita»: el apodo que tal vez nunca existió
Durante el juicio, Barreda sostuvo que las mujeres de su familia lo apodaban «Conchita» como forma de humillación y que esa degradación constante había sido el motor de los crímenes. Con el tiempo, ese apodo se convirtió en uno de los elementos más recordados del caso.
La película va un paso más lejos: muestra que el propio Barreda construyó la idea de que lo llamaban así como parte de una estrategia de defensa, algo que no tiene una prueba definitiva. En 2011, el periodista Rodolfo Palacios publicó Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres, donde puso en duda la veracidad del apodo y planteó que Barreda pudo haberlo inventado para justificar la masacre familiar y evitar la condena. La película toma esa hipótesis y la presenta como un hecho, cuando en rigor sigue siendo una versión periodística sin confirmación judicial.
Una historia que siempre corrió el riesgo de reproducir el relato del asesino
El caso Barreda fue durante años un ejemplo de cómo el sistema mediático y judicial argentino tendió a construir el relato desde la mirada del perpetrador, relegando a las víctimas a meros datos del expediente. La película de Goggi hace un esfuerzo visible por devolverle humanidad a Gladys, Elena, Cecilia y Adriana, mostrando sus vínculos, sus proyectos y sus voces antes de los disparos.
Ese gesto no es menor en términos simbólicos. Al mismo tiempo, la producción no escapa del todo a la lógica del true crime que fascina con la figura del criminal, algo inherente al género y que el espectador tendrá que procesar con perspectiva crítica. «Barreda» llega a Prime Video en un momento en que el femicidio en Argentina sigue siendo una crisis estructural sin respuesta institucional suficiente, lo que hace que la pregunta sobre qué historia se cuenta y desde qué lugar no sea un detalle menor.
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