Géneros 🟣
8M: mujeres campesinas movilizarán por una ley de acceso a la Tierra
La secretaría de Género de la UTT informó que las mujeres trabajadoras de la tierra, quienes marcharán desde las 16, también cuestionarán el acuerdo con el FMI y reclamarán que la deuda «la paguen las que la fugaron», detalló un comunicado de la entidad campesina.
Mujeres campesinas nucleadas en la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Tierra (UTT) se movilizarán este martes, en el marco del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, hasta el Congreso de la Nación en demanda de un modelo de producción agroecológico y una ley de acceso a la Tierra.
La secretaría de Género de la UTT informó que las mujeres trabajadoras de la tierra, quienes marcharán desde las 16, también cuestionarán el acuerdo con el FMI y reclamarán que la deuda «la paguen las que la fugaron», detalló un comunicado de la entidad campesina.
«Somos las mujeres trabajadoras de la tierra, las que históricamente producimos alimentos, recreamos la vida, cuidamos las semillas, y logramos la supervivencia de nuestras familias con esfuerzo, lucha y amor. Somos las mujeres trabajadoras de la tierra, las que históricamente rechazamos y nunca nos alineamos con el modelo agroindustrial capitalista, que reproduce la matriz de la violencia machista. Somos las mujeres trabajadoras de la tierra, las que históricamente sostenemos los trabajos de cuidado y sufrimos la precarización del mercado laboral formal y de las economías populares», precisaron en la nota.
Destacaron que «somos las mujeres trabajadoras de la tierra, las que históricamente enfrentamos los acuerdos con el FMl, y ahora volvemos a hacerlo para repudiar el pago de la deuda ilegítima contraída por el gobierno de Mauricio Macri, que solo permitirá sostener y fortalecer el modelo del agronegocio, del modelo extractivista, responsables del aceleramiento de la crisis climática».
«Somos las que históricamente somos víctimas de la soja transgénica, que envenena nuestros suelos y nuestros cuerpos, desatando diferentes enfermedades y pestes que se cobran la vida de nuestros niños y niñas. Somos las que históricamente sufrimos el impacto negativo del desarrollo agroindustrial que solo destroza al medio ambiente, provocando desmontes, sequías e inundaciones. Somos las mujeres, lesbianas, travestis y trans trabajadoras de la tierra, las que históricamente somos excluidas de la toma de decisiones y de la elección del modelo de producción», remarcaron.
«Estamos convocando, desde la Secretaría de Género de la UTT, a una gran movilización. Nosotras formamos parte de las asambleas del movimiento feminista de Argentina que se construyeron para realizar esta acción 8M y como siempre volvemos a las calles para sumarnos al paro de mujeres trabajadoras», remarcó Rosalia Pellegrini, coordinadora nacional de Género de la UTT.
Consideraron que «el impacto que va a tener pagar la deuda significa más deuda ecológica y también más ajuste. Y eso en la vida cotidiana de nosotras, las mujeres agricultoras, va a tener consecuencias: vamos a tener que seguir endeudándonos para pagar esos paquetes tecnológicos que se utilizan para producir alimentos, mientras el Estado no promueve ni tiene ningún incentivo concreto para la agroecología y el acceso a la tierra».
Luego agregaron que «por eso mismo, en estas jornadas de manifestaciones vamos a pedir por nuestro reclamo histórico de Ley de Acceso a La Tierra Ya, que nuevamente fue presentada por el oficialismo en el Congreso, aunque sigue siendo un compromiso incumplido del actual Gobierno. Frente a esa posibilidad, desde la UTT proponemos otro modelo de producción que garantice una vida digna para las familias agricultoras y alimentos sanos para el pueblo, en el marco de una transición hacia un Modelo Agroecológico».
Análisis
La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo
Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».
Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia
Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.
Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.
Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.
Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.
El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina
La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.
Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.
La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.
Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)
La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.
Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.
Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.
El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas
El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.
Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.
El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.
Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala
La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.
El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.
En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.
Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.
Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.
Machismo de guardapolvo blanco
Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.
La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.
Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.
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