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El adoptado

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Estoy seguro que alguna vez se encontraron en un bar con un hombre solo. Hablo de un domingo, mediodía, un horario de frontera entre el café y el almuerzo. Un día en que las hojas de los árboles alfombran las veredas y se desplazan hacia los cordones para comenzar la espera, un arrullo de hojas amarillas y marrones, como si fueran palomas o tórtolas, hasta que alguien las levante, el viento las empuje o se pudran. Un mediodía en que la esperanza reside en que el sol gane la batalla de los cielos y la nostalgia vuelve a un tiempo perdido que es una fantasía, porque no hubo un tiempo mejor y probablemente no lo haya. Un bar donde el ruido de la cafetera es de otra máquina, de un barco o de un tren y el vapor sacude la mano del barista. Un café que es tan caliente que no se puede sentir el grano. 

Un hombre es en ese momento todos los hombres, incluso cuando hay otros. Está, por ejemplo, el mozo y hay otros dos conversando más allá, también se escucha la voz de El Español, dueño del bar, estoy yo. No veo mujeres, no están, se fueron, pero a mí me importa un hombre, ese hombre que está solo. 

Adivino sus pensamientos como si fueran colores, son marrones y violetas, están hartos de la tristeza y tienen el efecto del sol cuando destiñe las telas. Hace un buen rato que se sentó, llegó antes que yo y por lo tanto es bastante tiempo. Lo miro con delicadeza, como si fuera un bebé o un gato, uno de esos gatitos que causan la misma sensación que el desamparo. 

No quiero que sepa que lo estoy mirando, entonces revoleo los ojos, me escondo detrás de mi taza, detrás de mis anteojos, detrás de algo, de alguien, de lo que pueda.

El hombre tiene una camisa clara, parece sucia o tal vez, el tiempo y el uso la volvieron así, una camisa abatida. No puedo ver sus pantalones, la mesa cuadrada y la luz diagonal que entra por la ventana no me permiten distinguir cómo son. Veo, sí, sus zapatitos, son microscópicos y están rotos. Pienso en el texto de Natalia Guinzburg, pienso en su patria, que es para mi sorpresa Italia, me acuerdo de un pasaporte que nunca haré y también pienso en Daniela, que fue la que me presentó el texto en que pienso y me leyó en la cama: “yo llevo rotos los zapatos y la amiga con la que vivo en este momento también lleva rotos los zapatos. Si le hablo del tiempo en que yo seré una vieja escritora famosa, ella inmediatamente me pregunta: «¿Qué zapatos llevarás?». Entonces yo le digo que llevaré zapatos de gamuza verde, con una gran hebilla de oro a un lado”.

Los ojos del hombre tienen un color enfermizo, un exceso de lágrima, de barro, de bronce. Sé que las personas mayores comienzan a percibir las cosas con menos brillo, los colores se apagan, las sombras se alargan, el amor late pausado. Lo sé, no puedo explicar por qué lo sé, como nadie puede explicarme por qué estoy viendo a ese hombre que tiene los ojos derretidos, brillantes por fuera y secos por dentro.

No puedo dejar de ver a ese hombre que me da una enorme tristeza y hago el esfuerzo para no sentir pena. Quiero que la angustia que lleva ese hombre se evapore y tal vez mejor, que me haga una transferencia de ese dolor así compartimos la carga.

Le traen el almuerzo. Mi corazón se descompone, recuerdo la mesa familiar en casa de mis abuelos, el pase de las botellas, las mujeres en un lugar, los hombres en otro. Veo ese patio repleto de arbustos y de niños. Un perro que se esconde porque prefiere dormir un rato. Escucho los gritos de mis tíos y una canción, el ritmo de los cubiertos que arman la mesa, siento el estofado que camina hacia el medio y la orden de venir a sentarse. Recuerdo a mi tío Ernesto que venía siempre a esas reuniones. Se paraba arriba de las sillas para contar un chiste o para putear a Perón, todavía lo veo borracho alzando a la abuela. Ernesto venía siempre, hasta que una tarde en Chajarí, lo mataron como a una bestia. Me enteré porque la historia se filtró, siempre se había dicho lo mismo, un accidente. Las historias no resisten tantos accidentes.

Ese hombre está solo y come solo. Le traen un vaso de vino y un sifón. A mí me traen un café. Vengo todos los domingos antes de salir a caminar. El mozo ya me conoce, me saluda afectuosamente, a veces nos permitimos hablar de algo.

Me parte el alma que un hombre, un viejo, esté solo y que coma solo un domingo.

Tengo ganas de invitarlo a sentarse conmigo, de aniñarlo, de vestirlo con ropa de algodón y tirantes, con perfume almizclado. Qué lindo sería cortar sus uñas, los pelos que sobresalen de su nariz, ese arroyo blanco que se junta con los bigotes. Me mira, cada tanto mira con esos ojos de tortuga, de inocencia. Tengo ganas de adoptarlo, de hacerle la cama, pero estoy seguro que me rechazará con cortesía y luego le dirá a algún amigo que no puede creer que todos los domingos hay un chico de gafas y ropa moderna, que me mira como un idiota, como un enfermo, un perverso que malgasta su juventud mirándome cada domingo en el bar.

Cultura

Murió Carlos Alonso, el pintor que hizo de la memoria una herida abierta

Tenía 97 años y falleció en Unquillo, Córdoba, donde vivió durante décadas. Con una obra que atravesó el expresionismo, la denuncia política y el dolor de la dictadura que desapareció a su hija, Alonso construyó uno de los legados más poderosos del arte argentino del siglo XX.

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El Argentino Diario-Carlos Alonso, pintor.
Carlos Alonso: el pintor que convirtió la desaparición de su hija y el horror de la dictadura en arte irreductible.

Una hija desaparecida, el exilio, los cuerpos como metáfora de la violencia de Estado y más de setenta años de producción ininterrumpida: Carlos Alonso no fue solo un pintor, sino uno de los registros más lúcidos y dolorosos que el arte argentino dejó sobre sus propios traumas.

El artista plástico Carlos Alonso, nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, murió este lunes 21 de septiembre de 2026 en su casa de Unquillo, Córdoba, a los 97 años. Su obra, que abarcó la pintura, el dibujo y el grabado, atravesó más de siete décadas marcadas por el expresionismo y por una mirada profundamente crítica sobre la Argentina y sus heridas.

De Cuyo a Europa: una formación entre maestros

Su trayectoria comenzó en 1944 en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde tuvo como maestros a Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez y Francisco Bernareggi. En 1950 se trasladó a Tucumán para sumarse al grupo encabezado por Lino Enea Spilimbergo, experiencia que resultó decisiva en su desarrollo artístico. Tres años después viajó a Europa y tomó contacto directo con la obra de Diego Velázquez y Vincent van Gogh, influencias que reaparecerían de manera recurrente en sus trabajos.

En 1957 obtuvo el primer premio en un concurso para ilustrar la segunda parte del Quijote de la Mancha y en 1968 se instaló en Florencia para trabajar sobre La Divina Comedia de Dante Alighieri. Esas incursiones en la gran literatura occidental no fueron ejercicios académicos; fueron el laboratorio donde Alonso afiló una mirada sobre el poder, el castigo y el cuerpo que luego trasladaría a la realidad argentina.

El cuerpo como territorio político

A fines de los años 60 comenzó su serie Lección de anatomía, inspirada en Rembrandt, en la que la disección del cuerpo se convirtió en metáfora de la violencia que el poder ejerce sobre los sujetos. Esa misma línea lo llevó a su trabajo sobre El matadero de Esteban Echeverría, donde la carne animal y el cuerpo humano se fusionan bajo el mismo signo del sacrificio y la dominación. En esas obras, Alonso demostró que la tradición pictórica europea y la historia argentina podían dialogar sobre el mismo territorio: el de los cuerpos que el poder destruye.

La dictadura, el exilio y Paloma

La última dictadura militar marcó su vida de manera irreversible. Alonso debió exiliarse y vivió primero en Italia y luego en España. En 1977, su hija Paloma Alonso, de 21 años, fue secuestrada por el terrorismo de Estado y permanece desaparecida. Esa ausencia que no cierra se convirtió en el eje alrededor del cual giró su producción posterior.

Su regreso a la Argentina en 1980 y su instalación definitiva en Unquillo no significaron un cierre, sino una profundización. La serie Manos anónimas, en la que abordó el terrorismo de Estado y la violencia política, es quizás la síntesis más descarnada de esa experiencia: manos que no tienen cara, cuerpos sin nombre, la brutalidad como sistema. La desaparición de Paloma no fue solo una tragedia personal; fue la herida que le dio a su obra una dimensión que ninguna técnica podría haber construido artificialmente.

Reconocimientos y una última exposición

Su trayectoria recibió los premios Konex de Platino en 1982 y 1992. En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una gran exposición retrospectiva que revisó su producción y su diálogo con la tradición pictórica occidental. Sus obras integran las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Museo Carlos Alonso-Mansión Stoppel de Mendoza.

En 2025, Alonso realizó en el Museo de Arte Contemporáneo de Unquillo, institución que contribuyó a fundar, su última exposición pública. Fue una muestra dedicada a una faceta menos difundida de su obra: su relación con el paisaje de las sierras cordobesas, el territorio que eligió para vivir y donde finalmente murió. Hasta el final, el paisaje y la memoria coexistieron en su pintura como dos formas de habitar el tiempo.

Lo que tenés que saber

  • Carlos Alonso murió el 21 de septiembre de 2026 en Unquillo, Córdoba, a los 97 años.
  • Fue uno de los artistas plásticos más importantes del siglo XX argentino, con una obra que abarcó pintura, dibujo y grabado durante más de siete décadas.
  • Su hija Paloma fue secuestrada y desaparecida por la última dictadura militar en 1977, hecho que transformó de manera definitiva su producción artística.
  • En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una gran retrospectiva; en 2025 realizó su última exposición en Unquillo.
  • Su obra integra las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Museo Carlos Alonso-Mansión Stoppel de Mendoza.
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