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Entrevista

La bendición del agua

Pequeña crónica de una recorrida por territorios del chaco salteño y la visita a beneficiarios de cisternas para acopio de agua de lluvia. Presencia del Estado en comunidades criollas y originarias.

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Por Eduardo Silveyra

Después de hacer noche en Vaqueros, bajamos desde el cerro rumbo a Pichanal con Nacho Garzarón, delegado del Instituto Nacional de Agricultura Familiar Campesina e Indígena (INAFCI), antes haremos un cambio de vehículo y continuaremos el viaje a Pichanal, localidad del Chaco Salteño, en las cercanías de Orán, con Diego Gulazzi, otro técnico del instituto que hará de guía.

Los primeros rayos del sol iluminan los cañaverales del Ingenio Ledesma a ambos lados de la ruta 34, cada tanto aparecen plantaciones de citrus y tabaco, pero casi todo el territorio está poblado y en algunos casos, como el de las fuentes de agua, apropiados por “Ledesma” como dice Diego, aunque el ingenio es propiedad del grupo económico Blaquier. Agua, de eso se trata el viaje, de entrevistar a algunos de los beneficiarios de las cisternas para acopio de agua de lluvia, un proyecto realizado en conjunto entre el INAFCI, la Dirección General de Proyectos Sectoriales y Especiales (DIPROSE) el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) ya que el proyecto de construcción de 279 cisternas también abarco a comunidades originarias wichis y guaraníes.

La realización de las obras fue realizada por la empresa URBAN S.A. que ganó la licitación para construirla y empleó mano de obra de las comunidades, un punto que estaba establecido en la misma. De las 279, se han construido 124 en el término de 2 meses, las restantes están con las obras avanzadas, según me cuenta Diego, que aminora un poco la marcha para que veamos a unos buitres posados sobre el ramaje de un algarrobo.

Después del avistaje, continuamos la marcha y luego de un rato, cruzamos el puente sobre el río Bermejo y salimos de la 34 para entrar en la ruta 81, donde un rebaño de cabras cruza el camino áspero de ripio y nos detiene por unos minutos. Luego de un trecho de unos cuantos kilómetros, Diego, baqueano de estos caminos y senderos, encuentra el camino de tierra que nos llevará al Puesto La Mina, no es difícil ubicarlo, a la entrada hay clavado en un poste, un cartel de chapa con la figura de un yaguareté que además del nombre del puesto, dice: Familia Burgos. 130 años. 

BURGOS. Ignacio Burgos, es un criollo de 67 años, delgado y fibroso, nos esperó justo a la entrada del camino que lleva a su puesto, después de presentarnos, se sube a la moto y nos dice: Me adelanto un poquito y ustedes síganme. Nos internamos en el monte y zigzagueamos por el camino polvoriento, rodeado de cactus, tunas, cardones, algarrobos y tuscas.
La senda a veces se bifurca y se interna en esos misterios del monte, donde el puma y el yaguareté se disputan el reinado, después de recorrer el viboreante trecho, llegamos al rancho de Burgos, un hombre del monte.

Bajo el techo de la galería, su mujer Rosa Palacios, prepara un mate y le dice a su sobrino, Sergio Ismael, que vaya cortando la lechuga, Burgos nos anuncia que está el fuego listo para hacer un asado. A cierta distancia se ven unas vacas bajo la sombra de los algarrobes, a nuestro lado unos perros nos miran echados en el suelo, una gallina es seguida por los pollitos, algunos pasan por encima del lomo un gato e Ignacio me invita a recorrer el patio hay una variedad de árboles que me describe uno a uno.

-Este es una sachasan, este otro un algarrobo, el de al ladito un membrillar y ese de ahí un chañar.

-¿Naciste acá?

-Sí, acá en este monte llevamos 130 años trabajando, ya vamos muchas generaciones, de acá no nos movemos.

-¿Y allá hay una laguna?

-Sí, pero ahora está casi seca, hay que esperar que llegue la lluvia, recién empieza en septiembre-octubre y dura hasta marzo o abril, pero no es que llueve todos los días, llueve cada 20 ó 25 días.

Sentados alrededor de la mesa, Burgos nos cuenta de las vacas criollas que cría con esfuerzo, de las cabras que andan por el monte y también de sus aventuras con tigres y leones, como llaman en la zona al yaguareté y al puma, de los que dice ha comido.

-Acá en el monte se come todo. –Y señala los caparazones de mulitas puestos sobre los troncos de la cerca.

-¿La obra de la cisterna, qué le parece?

-Muy buena, ya hemos hecho una huerta, con lechugas, tomates y acelgas. El agua es la vida de uno.

-Un criollo sin agua, no es nada. Podés tener de todo, pero sino tenés agua, no tenés nada. -Agrega Rosa, al tiempo que pasa la fuente con los trozos de carne.

Después del almuerzo, partimos, Ignacio, Rosa y Sergio nos despiden desde la tranquera abierta y vuelven a agradecer por la cisterna.

GALLARDO. Unos cuantos kilómetros nos separan de Embarcación, vamos rumbo a una comunidad Weenayek, emparentados con los wichis, pero que abogan por ser reconocidos como Weenayek, ya que hablan un idioma propio y sus rasgos también difieren un poco del de los wichis. La comunidad se llama Gallardo y casi todos los miembros llevan ese apellido. En determinado momento abandonamos la ruta y nos internamos en un camino de tierra, atravesamos un caserío, pasamos por el cementerio y un basural, para llegar a los ranchos de la comunidad, vamos en busca de un Gallardo del cual no anoté el nombre, pero al llegar al rancho donde vive, su hija nos informa que no está.

-Pueden hablar con el hermano, Tomás, es la casa del fondo. 

Pocos metros separan un rancho de otro. Apenas pisamos el patio, sale y nos recibe, es un hombre flaco, las arrugas marcan la severidad de su rostro, le decimos que venimos hablar acerca de las cisternas y acerca unas sillas de madera para que nos sentemos. Le pregunto acerca de la controversia que se da con los wichis y me dice:

-El wichi habla conmigo lo entiendo y me entiende, usted habla castellano y nos entendemos, somos todo lo mismo, no hay diferencia.

-¿Qué edad tiene?

-Soy clase 48, antes vivía en Misión Vieja, ahora hace 8 años que estamos acá. Nos han apoyado mucho, comunidades de Jujuy y los diaguitas, acá viven 16 familias y ellos han apoyado. Yo acá vivo solo, mi mujer desapareció hace años.

-¿Falleció?

-Sí, el que muere desaparece.

-¿El tema del agua cómo es?

-En este momento hace años que no llueve, anoche llovió alguito pero no alcanzó. La cisterna está mal hecha y no se pudo juntar agua, no la voy a usar.

Diego le pregunta cuál es la falla para arreglarla, pero Tomás insiste en que si algo está mal hecho no se debe usar. En realidad, es una falla pequeña en la inclinación y le promete al día siguiente avisarle a la empresa, para efectuar el arreglo. Después de tomar nota del reclamo, decidimos partir, pero Tomas nos detiene y nos dice:

-Antes de que se vayan les quiero preguntar algo, a ustedes que están metidos.

-Sí, pregunte.

-¿Qué va a pasar con nosotros si gana Milei. Quiere hacer desaparecer el estado y no se puede vivir sin estado.

-Así es, va a perjudicar a todos. ¿Acá en la comunidad votaron a Milei?

-Acá no creo, pero muchos no fueron a votar.

-Hay que convencerlos para que vayan.

-Sí, va a perjudicar a todos los originarios, voy a ver de convencerlos.

El sol ya comienza a enrojecer el cielo, cuando retornamos a la ruta camino a Palpalá, donde haremos noche y día siguiente ir al encuentro con otras comunidades campesinas y la bendición del agua.

Entretenimiento

La Granja de Zenón cumple 10 años: «Cuando veo conectar a los chicos con los personajes, siento que todo vale la pena»

En diálogo con El Argentino, el productor Maximiliano Córdoba reconstruye la historia de La Granja de Zenón y explica por qué el fenómeno sigue vigente diez años después. Además, comparte las experiencias que más lo marcaron junto al público y recuerda la casualidad que terminó llevándolo al universo del teatro.

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La Granja de Zenón celebra diez años sobre los escenarios con una nueva temporada de En busca del arcoíris, el espectáculo que forma parte de la cartelera de vacaciones de invierno y permanecerá en el Teatro Astral hasta el 2 de agosto. Lo que comenzó como una propuesta para llevar al teatro a los personajes que millones de chicos ya seguían en YouTube terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos del entretenimiento infantil más importantes del mundo hispanohablante.

Detrás de ese recorrido está El Reino Infantil, el universo creado por Roberto «Kuky» Pumar, que hoy supera los 240 millones de suscriptores en YouTube y se expandió a la televisión, las plataformas digitales, los videojuegos, los productos licenciados y los espectáculos en vivo. En diálogo con El Argentino, el productor Maximiliano Córdobareconstruyó cómo nació la apuesta teatral, explicó por qué el vínculo con el público sigue siendo el corazón del proyecto y recordó las experiencias que, diez años después, todavía lo emocionan.

Entradas en Plateanet

Del éxito en YouTube al teatro: el encuentro que pedían las familias

Cuando La Granja de Zenón se convirtió en un fenómeno en YouTube, el universo de El Reino Infantil ya había trascendido la pantalla. Las canciones, los juguetes, los libros y los peluches acompañaban la vida cotidiana de miles de familias, mientras la comunidad crecía en distintos países. En ese contexto surgió una nueva pregunta: ¿cómo llevar esa experiencia al mundo real?

«Fue una necesidad que surgió del pedido del público en las redes»,recuerda Córdoba.

 «Leader Entertainment trabajamos como una empresa 360. Tratamos siempre de completar un poco más la experiencia. Teníamos algo sin precedentes en plataformas digitales, los juguetes, los libros, los peluches… lo que nos faltaba era el encuentro genuino con el público, poder verlo cara a cara. Querés ver nuestros capítulos y nos tenés en YouTube; querés tener nuestros personajes y vas a las jugueterías más importantes del país; ahora, querés vernos en vivo y conectarte con nosotros, vení a vernos al teatro», comenta.

Con el paso de los años, esa propuesta también fue transformándose. No porque cambiara el público al que apunta -niños de entre uno y seis años-, sino porque el equipo fue aprendiendo qué esperaba la audiencia de cada función. La tecnología, las proyecciones y la puesta en escena evolucionaron, pero el cambio más importante estuvo en la manera de vivir el espectáculo.

«El público ya no quiere ser más un simple espectador, sino que quiere ser parte del show. Eso fue mutando mucho en estos años. Tratamos de encontrar esa comunión entre la música, el texto y la interacción», explica el productor. Para Córdoba, ese intercambio es el que permite que, por un momento, un personaje de dos metros de altura deje de ser un actor disfrazado para convertirse, a los ojos de los chicos, en el verdadero Bartolito o la Vaca Lola.

El vínculo con los chicos, la clave de un fenómeno que cruzó fronteras

Si el teatro nació para acercar los personajes a las familias, la permanencia del fenómeno, cree Córdoba, tiene otra explicación. No habla de estrategias comerciales ni de fórmulas para sostener el éxito. La respuesta, dice, la encontró hace tiempo en una conversación con Roberto «Kuky» Pumar, creador de El Reino Infantil.

«En una charla que tuve con Roberto Pumar le pregunté por qué creía que el fenómeno seguía vigente. Su respuesta fue muy simple, pero a la vez muy profunda: ‘Todos tratan de generar un producto para la familia; yo simplemente creo personajes para los chicos. Están pensados para entretener, acompañar y convertirse en un amigo, en un compañero. Están pensados para ese público, qué es lo que el niño necesita'», recuerda Córdoba.

Esa manera de pensar los contenidos, sostiene, también terminó reflejándose fuera de la Argentina. Lo que comenzó como un fenómeno local hoy tiene elencos que recorren distintos países y funciones que convocan a miles de familias en España y Latinoamérica. Y todavía se sorprende con la respuesta del público: «He estado en los mejores teatros de España y, de repente, empiezan a sonar los clásicos de La Granja de Zenón y ves a mil o tres mil personas cantando sin parar. Esto es un fenómeno».

Las escenas se repiten una y otra vez, sin importar el país. «Veo salir a la Vaca Lola en Manizales, Colombia, y parece que salieran los Rolling Stones. Lo mismo pasa con Bartolito en Bolivia, Perú o Centroamérica». Para Córdoba, esa reacción confirma que la música y los personajes lograron construir un lenguaje común que atraviesa generaciones y fronteras.

“Cuando los veo conectar, siento que todo vale la pena»

Más allá del éxito, Córdoba asegura que lo que más recuerda no son las cifras ni las giras, sino los encuentros con las familias que asisten a cada función de La Granja de Zenón.

Uno de esos recuerdos está ligado a las funciones distendidas, una propuesta que incorporaron para que chicos con diferentes necesidades sensoriales y de apoyo puedan disfrutar del espectáculo. «Me ha pasado de ver a chicos autistas, a chicos con parálisis cerebral, y lo que genera la música en ellos es indescriptible. Se me pone la piel de gallina de ver cómo el cuerpo responde, de ver cómo la música empieza, y tiene que ver con esa cosa maravillosa que tiene la música, que nos une, que nos moviliza el cuerpo, que nos iguala, que nos hace sentir», cuenta el productor.

Momentos como ese son los que, según cuenta, le reafirman por qué eligió dedicarse al teatro. Incluso admite que nunca había experimentado una emoción similar con otro espectáculo. «Esto no me ha pasado nunca con otro personaje, con otro producto. Cuando los veo conectar, siento que todo vale la pena. Que ya marcamos algo en un niño, dos o tres, ya está. Poder darle un ratito de alegría a tantos niños me afirma que fue el camino correcto», confiesa.

Esa idea de encuentro atraviesa toda la propuesta de La Granja de Zenón. Para Córdoba, el objetivo nunca fue solamente montar un espectáculo, sino construir un espacio donde los chicos puedan reencontrarse, año tras año, con personajes que sienten cercanos. «A mí me pasa que cuando era chico era fanático de Los Muppets y de Plaza Sésamo. Lo que tenían de maravilloso, y es lo que busco con mis espectáculos, es que los chicos se lleven que siempre hay un lugar donde nos pueden encontrar. Que el teatro es un lugar de reunión porque siempre nos vamos a poder volver a encontrar. Es mantener viva la ilusión de que nosotros estamos ahí».

“Sentí que pertenecía a ese lugar» 

La manera en que Córdoba habla del teatro también tiene una explicación personal. Mucho antes de convertirse en productor y recorrer escenarios de distintos países, hubo una función que cambió su vida para siempre.

«Yo era un pibe muy tímido. Un día, la empresa para la que trabajaba mi tío regaló entradas para ir a ver Arlequín, servidor de dos patrones, en el Teatro Margarita Xirgu. Yo nunca había ido al teatro, creo que tenía ocho o nueve años, y me enamoré. Sentí que pertenecía a ese lugar, a los olores, a la comunidad, a esa fiesta que iba a suceder. Esa fue mi primera conexión con el teatro», recuerda.

Esa sensación fue el punto de partida de un recorrido que todavía continúa. Primero estudió actuación, aunque pronto entendió que su lugar estaba detrás del escenario. «Empecé a estudiar actuación, me di cuenta de que no era lo mío, pero que yo quería estar ahí«, cuenta el productor de La Granja de Zenón. Poco después consiguió su primera oportunidad como utilero en el Teatro Broadway y empezó a descubrir cada uno de los engranajes que hacen posible una función.

«Lo que más me fascinó del teatro fue que te da la posibilidad de ver demasiadas áreas en conjunto y de todo podés aprender. Fui encontrando mi lugar de alguna manera. Siempre quise hacer producción», afirma. Desde entonces recorrió la Argentina de punta a punta con distintas compañías y más tarde llevó ese trabajo a escenarios de otros países, una experiencia que, asegura, sigue disfrutando como el primer día.

«Me siento muy privilegiado con el recorrido que pude hacer. Siempre trato de no dejar de sorprenderme, que creo que es lo que me hace feliz», dice. Y enseguida vuelve sobre una idea que atravesó toda la charla: la necesidad de escuchar al público y crecer con él: «El teatro también va cambiando. La gente consume cada vez más y hay que darle propuestas mejores, más elaboradas. A mí me interesa hacer productos que te dejen pensando».

Diez años después de llevar a La Granja de Zenón a los escenarios, Córdoba sigue buscando que cada función provoque en otros chicos algo parecido a lo que él sintió aquella primera vez que cruzó la puerta de un teatro: la sensación de haber encontrado un lugar al que siempre vale la pena volver.

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