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La ducha: la máquina de hacer llover

Entre la higiene, el canto, los calefones y el paciente arte de domar el agua.

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El-Argentino-ilustración ducha

Por Manu Campi | @manucampimaier

Investigaciones de marcado carácter biológico y evolucionista, sostienen que las canciones de cuna no son otra cosa que una manera de conciliar intereses, en el eterno conflicto entre las demandas infantiles y otras actividades fundamentales para la supervivencia familiar.
“Se trataría, entonces, de una estrategia tan primitiva como la de dejar al niño tranquilo para poder salir a cazar, y a la vez evitar que su llanto atrajera a los depredadores”.

Las niñeras de antaño serían “la base para el desarrollo de otras formas musicales más complejas». Los investigadores sostienen que de ningún modo la música instrumental pudo llegar antes, pero tampoco coinciden en arriesgar cuanto tuvo que ver la ducha en la evolución higiénica y, más lejos aún, en la manera de cantar.

Dejando vocalizaciones y sonidos guturales de lado, pero atendiendo su servidumbre como un buen disparador, bañarse fue el resultado de siglos de progreso universal en donde la fuerza de la mugre tuvo ciertas tendencias a prevalecer; domar el agua no supuso más miramientos que privar el sueño de quienes a tal fin se brindaron.

El agua dulce ofreció la posibilidad de asearse, pero sin atender la dificultad de hacerlo durante las estaciones frías. El dominio del agua no planteó más que la necesidad de calentarla y esta, una vez caliente, propuso comodidades que a la fecha resultan de lo más prácticas; solo basta tener un poco de yerba, abrir la canilla y prender la hornalla para tomar mate, o echar a andar la cena, pero a riesgo de confusiones el dios que interviene en este caso no es otra cosa que el gas.

En tiempos del gran historiador y geógrafo griego Heródoto, si hacía falta tomar un baño caliente, el mejor método era verter agua sobre piedras calientes, con este mismo método se utilizaba abundantemente en las termas romanas, en bañeras o piletones hartamente conocidos y documentados. En Francia se lo conocía como baño moro, refiriéndose a los de la España musulmana, o baño turco por los demás occidentales.

El “hammam” –agua caliente en árabe– es un baño de vapor húmedo con orígenes en aquellas termas romanas. La mayoría de las ciudades de la Antigua Roma albergaban una o varias termas públicas –se pueden encontrar en todo el Mediterráneo llegando hasta Inglaterra–, cuyo uso no era únicamente la higiene, sino que también eran consideradas lugares de reunión y de actividades gimnásticas y lúdicas. Estos ejemplos son solo baños de agua caliente, pero ¿cómo conseguir domesticar el uso del agua?

Sus orígenes se remontan al Antiguo Egipto y, aunque la ducha moderna se remonta al siglo XIX, existe alguna evidencia de que los antiguos egipcios y mesopotámicos pertenecientes a la clase alta poseían, en la intimidad de sus hogares, espacios interiores donde eran bañados por sus sirvientes. Sin embargo, estos lugares eran muy diferentes a los de una ducha moderna pues solo tenían rudimentarios sistemas de drenaje y el agua era transportada, y no bombeada, hasta la habitación.

La primera civilización que utilizó un tipo de instalación que hoy podríamos considerar como una ducha fueron los antiguos griegos. Sus acueductos y alcantarillados hechos con tuberías de plomo, permitían que el agua que se bombease hacia dentro y hacia fuera de las grandes salas de duchas comunales utilizadas tanto por las élites como por los ciudadanos comunes en los baños públicos.

Los antiguos romanos, con declarado amor por todo lo griego, siguieron también esa costumbre y no solo tenían estos baños y duchas, sino que los empleaban múltiples veces a la semana, incluso todos los días. Después de la caída del Imperio, y el surgimiento del cristianismo, la práctica de lo que hoy se considera una buena higiene se convirtió en un tabú religioso y fue abandonado casi por completo desde la Baja Edad Media hasta la época victoriana.

La época victoriana, o era victoriana, marcó la cúspide de su Revolución Industrial y del Imperio Británico. Aunque esta expresión se usa comúnmente para referirse al extenso reinado de Victoria (20 de junio de 1837-22 de enero de 1901).

Todavía tendrían que pasar más de cincuenta años para que encontremos testimonio de las primeras duchas –English Regency– que bombeaban agua sobre el usuario y posteriormente la devolvía al depósito superior para su reutilización. Sin embargo, estos prototipos todavía se veían con cierto exotismo o directamente como una extravagancia; opinión mayoritaria hasta la reinvención de las tuberías de plomo que consiguieron evitar problemas graves de fugas de agua en el circuito y llevar agua hasta las casas de la Inglaterra victoriana. Así, conectar las duchas al agua corriente dio ese giro de ciento ochenta grados que se requería para empezar a maximizar la práctica.

De cualquier modo, serían otros tres grandes eventos los que han terminado por componer el escenario actual de los partidarios de la ducha: el agua caliente que convirtió el baño en una actividad mucho más relajante. Las mejoras constantes de los modelos que llegaron de la mano de los centros penitenciarios a través de la ducha que inventó el doctor Merry Delabost en Bonne-Nouvelle (Ruan), para dar una mejor higiene a los internos y al ejército; el costo económico del agua y el descubrimiento del cambio climático como sello distintivo –y definitivo– que ha supuesto ese cambio de la bañera a la ducha, donde la primera ha continuó siendo mayoritaria pasado el 1950.

Bañarse devino en cierta dificultad estética: el pelo, cuando se seca, tiende a ser de lo más desobediente y necesita, necesitó y necesitará, que se lo peine.

El análisis de las momias del Antiguo Egipto ha demostrado que se peinaban el cabello con un gel a base de grasa. Los investigadores detrás del análisis dicen que los egipcios usaban el producto para asegurar que su estilo se mantuviera en su lugar tanto en la vida como en la muerte. Se estudiaron muestras de cabello tomadas de 18 momias y la más antigua tiene aproximadamente 3.500 años.

En el pantano irlandés Clonycavan Man, fechado por radiocarbono entre 392 a. C. y 201 a. C., se usaba un gel para el cabello hecho de resina de pino importada desde España o el suroeste de Francia. Las primeras pomadas se llamaban ungüento, que viene de la palabra latina “untuentum” que significa “untar”, y eran cosas que utilizaban los curanderos para sanar heridas y que tenían como base grasa de animal, esencia de plantas y flores; como las grasas tenían un olor desagradable, se le agregaban las esencias para que tuvieran un aroma ameno.

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Con todo, en 1914, en una pequeña farmacia ubicada en el corazón de Buenos Aires (Florida al 600), el estudiante veterinario José Antonio Brancato mezcló goma arábiga, tragacanto persa y diferentes esencias creando así el primer fijador para el cabello: la «gomina». Más temprano que tarde se convirtió en sinónimo de fijador desplazando los jabones y aceites utilizados para este fin.

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A 212 años de la Revolución de Mayo

Veinticinco centavos, el módico precio de la gran ilusión.

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El-Argentino-Cabildo-25 de Mayo

Por Carlos Del Frade

No resulta casual que la imagen del Cabildo, emblema de la revolución de Mayo, valga 25 centavos. El módico precio de la gran ilusión, de la esperanza original. Pocos centavos vale la fecha patria. De allí que no está mal preguntar si tiene sentido celebrar algo el 25 de mayo. Si la historia solamente fuera una cuestión de fechas y sucesos que se produjeron ese día, no habría, efectivamente, muchos motivos para la celebración. Ciento sesenta y cinco personas, ni una más, ni una menos, decidieron inventar un país.

Tenían una edad promedio de 35 años. El problema era que la población del entonces Virreynato del Río de la Plata era de casi 600 mil personas y esas jornadas que van desde el 22 de mayo en adelante solamente le importaban a algunas familias de la ciudad puerto de Buenos Aires. Un hecho municipal saludado por los cañones de buques ingleses que esperaban esa señal para comercializar con los porteños. Poco para festejar. Sin embargo hubo un proyecto político que dio inicio a un proceso histórico de liberación, nacional y, simultáneamente, social.

Las ideas fuerzas de la plataforma política de mayo de 1810 se escriben en agosto de ese año: el plan de operaciones, redactado por Mariano Moreno sobre los principios de Manuel Belgrano. Está en los versos finales del himno mutilado: se vivirá con gloria cuando en el trono de la vida cotidiana esté la noble igualdad.

Pero celebrar el 25 de mayo es darse cuenta que el cabildo tiene continuidad en el cruce de los Andes y en el reparto de tierras de Artigas y Güemes; y cuestiona el presente porque sigue válido el sueño colectivo inconcluso de la igualdad. La noble igualdad pierde por goleada en el presente.

De allí la necesidad de descubrir la huella por la que caminan las mayorías. O somos continuadores del proyecto original o somos cómplices testigos de la perpetuación de la pesadilla que imponen las minorías. Esa es la cuestión. En la respuesta existencial de cada uno de nosotros está la resolución del misterio, de celebrar o no el 25 de mayo.

Nosotros festejamos. Porque sabemos que somos insistidores en la pelea por la igualdad, el viejo sueño amanecido en 1810.

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