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La “modernización” laboral que atrasa y no se debe sancionar

Desde el Foro de Economía y Trabajo rechazan la pretendida “modernización laboral”.

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El proyecto de ley  “de modernización laboral” del gobierno no moderniza, atrasa, arrasando derechos individuales y colectivos.  Profundizar las asimetrías de poder entre los trabajadores y el capital es su principal objetivo económico y político.

Se trata de reducir aún más el salario real e imponer condiciones  laborales cada vez más precarias,  debilitar y fragmentar a la organización sindical en la negociación colectiva y la acción gremial, e incrementar las ganancias empresarias con una fenomenal transferencia de ingresos, que por experiencia sabemos no aumentará la inversión sino la fuga de capitales.

Será a costa de los trabajadores – activos y jubilados, del sector formal  o informal–, desfinanciando al sistema previsional y al sistema solidario de salud -por la reducción de la alícuota a cargo del empleador para las obras sociales del 6 al 5%-. Y también de las provincias como se desprende de dos normas del proyecto que representan un alto costo fiscal y deberían tratarse por separado. Son las contenidas en el Título XIII – Régimen de Incentivos para Medianas Inversiones- y el Título XIV -Modificaciones a leyes impositivas- y suponen un sacrificio fiscal que significará un mayor ajuste todavía para la economía real.

Este proyecto de ley no solo es contra las y los trabajadores sino también contra el país. Es clave para los objetivos del gobierno ultra neoliberal de Javier Milei, coherente  con los intereses de los conglomerados empresarios más fuertes y las condiciones de los fraudulentos acuerdos con el Fondo Monetario Internacional(FMI).

Tiene en sus 196 artículos la misma matriz  política que el decreto ley 21297 del 23 de abril de 1976, conque la dictadura cívico militar, derogó 25 artículos de la Ley de Contrato de Trabajo (LCT) sancionada en 1974 y modificó otros 99 para implementar un modelo neoliberal idéntico al de Javier Milei, con una brutal “flexibilización laboral” . También tiene antecedentes en la Ley de Empleo (24013) de Carlos Menem que también quitó derechos y redujo contribuciones desfinanciando a la seguridad social, o con la Ley “Banelco” (25250) de Fernando de la Rúa. Ninguno de estos  engendros contrarios a la Constitución Nacional, o la flexibilización de hecho que impulsó Mauricio Macri, resultó en más empleo formal, o en mayor calidad laboral.

Tampoco lo hará este mamarracho inconstitucional que se busca imponer con extorsiones a los gobiernos provinciales. Al afectar los ingresos de los trabajadores activos y jubilados, una de sus consecuencias será menos demanda en el mercado interno, menos actividad e inversión productiva, menos industria, menos empleo y de menor calidad. 

Es más, así se acentuará la actual pérdida de ganancias para la mayoría de las empresas que operan en el mercado nacional, que el proyecto pretende compensar reduciendo “costos laborales”, financiar despidos con fondos de la seguridad social, cediendo recursos fiscales imprescindibles para el sistema de salud o la educación, o contribuciones a las obras sociales.

Es decir, lo contrario de lo que reclama la mayoría de la sociedad: más producción, más industria, con más trabajo argentino agregado y desarrollo científico técnico, con salarios suficientes, educación y sistema de salud para vivir bien. 

Estas son las razones por las que el Congreso de la Nación NO DEBE sancionar, en ninguna de sus partes, el proyecto de “modernización” presentado por Javier Milei.

Debe sí abocarse, en cambio, a una actualización de la legislación laboral sumando derechos, no quitándolos como hace el gobierno. El trabajo no es una mercancía y no debe tratarse como un simple factor de la producción; sin creatividad humana, por ejemplo, no habría revoluciones tecnológicas. 

La reforma que Argentina necesita debe ser coherente con los profundos cambios operados en la organización del trabajo debido a la creciente incorporación de tecnología, comenzando por la reducción de la jornada laboral,  junto con la inclusión en la LCT , reconociendo la relación de dependencia real, de los trabajadores de plataformas,  los denominados “colaboradores” y los de las locaciones de obra (monotributistas) que el proyecto de Milei excluye.

El crecimiento del empleo  de manera sostenida sólo será efectivamente posible en el marco de una política económica impulsada por los salarios reales y la recuperación del ahorro nacional, orientando el excedente hacia una transformación de nuestra matriz productiva y una reconversión industrial, imprescindible para crear empleo y salir del actual desastre económico.

Por ello, para comenzar a recuperar empleo formal, sí es urgente que los legisladores impulsen y sancionen una ley deemergencia económica que, dando prioridad a la recuperación de la demanda, disponga entre otras medidas: una inmediata recuperación del poder adquisitivo de los salarios, las jubilaciones, y el salario social complementario; revertir la apertura irrestricta de importaciones; regular el comercio exterior y administrar los precios de los bienes y servicios básicos para vivir, y de los insumos para producir, que hoy continúan subiendo.

FORO ECONOMIA Y TRABAJO

Sergio Arelovich, Ricardo Aronskind, Gabriel Barceló, NoemíBrenta, Marcelo Di Ciano,                         Juan Pablo Costa, Norberto Crovetto, Marisa Duarte, Eduardo Dvorkin, Roberto Feletti,                      Néstor Forero, José M. Fumagalli, AméricoGarcía, Carlos Gutiérrez, Ricardo Koss Bernardo Lichinsky,                      Nicolás Malinovsky, Jorge Marchini, Felisa Miceli, Alejandro Rofman, Horacio Rovelli, José Sbatella, Nahuel Silva, Juan Carlos Teso, Rodolfo P. Treber, Eduardo Berrozpe (coordinador)

Legislativa

Audiencias públicas, pero no tanto: Diputados trata la Ley de Glaciares

¿Puede considerarse “participación” un mecanismo que deja afuera al 99,7% de quienes quisieron intervenir?. Se les otorgo solo 4 minutos a escasos oradores.

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El vallado no es solo físico. También es político. Este miércoles, mientras comenzaban las audiencias por la reforma de la Ley de Glaciares en la Cámara de Diputados de la Nación Argentina, el cerco de hierro que rodeó el Palacio Legislativo pareció funcionar como una metáfora demasiado evidente: adentro, un debate comprimido; afuera, una participación encapsulada.

La escena no fue novedosa, pero sí elocuente. Fuerzas federales en cada esquina, accesos restringidos, calles cortadas y una circulación ciudadana reducida al mínimo. El Congreso, ese espacio que la Constitución define como caja de resonancia de la voluntad popular, amaneció blindado frente a la misma sociedad que dice representar.

Audiencias públicas, pero no tanto

Más de 100.000 personas se habían inscripto para participar. El número, en cualquier democracia que se precie de tal, debería haber encendido alertas sobre la necesidad de ampliar canales de intervención. Ocurrió lo contrario.

Intervenciones limitadas a cuatro minutos.

Selección discrecional de oradores.

Participación efectiva reducida a una fracción ínfima.

El resultado fue una audiencia que, lejos de abrir el debate, lo administró. O, como denunciaron algunos legisladores, lo domesticó.

El diputado Maximiliano Ferraro fue directo: habló de “farsa”. No por el tema (la protección de los glaciares) sino por el procedimiento. La diputada Sabrina Selva apuntó en la misma dirección: participación “cercenada” y reglas cambiantes.

Escazú, en pausa

Entre las objeciones aparece una referencia incómoda para el oficialismo: el Acuerdo de Escazú. Ese tratado, celebrado en su momento como un avance regional en materia de democracia ambiental, establece el derecho a la participación efectiva en decisiones que afecten el ambiente.

La pregunta, entonces, no es jurídica sino política: ¿puede considerarse “participación” un mecanismo que deja afuera al 99,7% de quienes quisieron intervenir?

El método también es el mensaje

El apuro por avanzar hacia el dictamen (con una ley que ya tiene media sanción del Senado) contrasta con la densidad del tema en discusión. No se trata de cualquier norma: la Ley de Glaciares regula actividades extractivas en zonas sensibles y define límites a intereses económicos de peso.

En ese contexto, el formato elegido no aparece como un detalle técnico, sino como una señal. Cuando el tiempo se recorta, cuando la palabra se filtra y cuando el Congreso se rodea de vallas, el mensaje deja de ser neutro.

El riesgo no es solo ambiental. Es institucional.

Porque cuando la participación se convierte en trámite, y el debate en formalidad, lo que se erosiona no es una ley. Es algo bastante más profundo: la idea misma de que la democracia puede, y debe, ser algo más que una puesta en escena.

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