Análisis
¿Dónde estabas cuando murió Maradona?
Los próceres no mueren. D10S solo es comparable con la bandera, el himno nacional o el escudo de la patria. #DiegoEterno
Por Nico Lacava
Todavía tengo presente ese día, recuerdo cada detalle, como las personas con las que hablé. Estaba en la radio a punto de empezar un programa y con la información de que Diego estaba mal. Creímos que era una más, creímos que no iba a pasar nada, que Diego iba a gambetear este mal momento como lo había hecho tantas veces. Creímos que sobre el final del partido Diego, con su zurda, con su magia y con su desparpajo burlaría otra vez a la muerte, esa que lo perseguía desde hacía muchos años.
Hay una frase que no pude sacarme de la cabeza. Desde la TV se escuchó: «esta vez Diego no resistió». Era imposible. Maradona no podía haberse ido. Maradona había podido con muchas cosas. Maradona había vencido a la pobreza, había logrado que su familia comiera cuatro veces al día, pudo darle un techo digno a Doña Tota y Don Diego. Maradona había salido de Villa Fiorito y conquistado el mundo.
Maradona puso al Sur de Italia por arriba del Norte. ¿Era eso posible? Solo para Diego.
Maradona nos dio revancha contra los ingleses en «su» Mundial, México 86. Fue épico verlo correr para el mejor gol de todos los mundiales. «Arranca el genio del futbol mundial» dijo Víctor Hugo. Audacia argentina en su máximo esplendor con la mano de D10S. El dolor por los pibes de Malvinas nunca desaparecerá, pero esa caricia al alma tampoco lo hará.
Maradona se preparó en tiempo récord para llevarnos al mundial 94.
Maradona era Maradona y no entraba en ninguna cabeza argentina que lo peor hubiera sucedido.
Roberto trabajaba en un corralón de Flores, era un día normal, algunas ventas, programas deportivos de fondo, nada fuera de lo común, un día más de una semana cualquiera.
Leandro estaba en el banco rodeado de papeles, computadoras, altas y bajas de cuentas, un día más de una semana cualquiera semana común.
Gonzalo, que es «motoquero», recorría la ciudad como todos los días. Un paquete entregado en un lugar, una factura entregada en otro. Era un día más de una semana cualquiera.
Todos recuerdan ese día como si fuera hoy. No fue un día más, de una semana cualquiera, ni para ellos ni para el mundo.
Los tres me dijeron la misma frase: «no lo podía creer, estaba seguro de que era mentira, que Diego iba a aparecer».
El golpe fue durísimo, de a poco todos los medios comenzaron a dar la noticia. Maradona había muerto.
«Cerré el local y me fui, no podía seguir, el dolor era infinito», me contó Roberto.
«El banco era un velorio, todo el mundo lloraba, los que trabajábamos y los que habían ido para hacer trámites», dijo Leandro.
«No tengo palabras para explicarte lo que era la calle, nunca vi algo igual, era como si la ciudad hubiera entrado en pausa y en el aire se sentía la tristeza», según Gonzalo, que también detuvo su moto.
No estábamos preparados, creo que nunca lo hubiéramos estado, pero Diego nunca se fue. Diego está, siempre está. Diego está cuando vas a jugar al fútbol, Diego está cuando estás mirando fútbol, Diego está cuando hay partido de la selección, Diego está cuando llegan las elecciones para elegir presidente, porque cada vez que algún candidato declara, muchas veces nos preguntamos ¿qué diría Maradona?, o a éste cómo lo atendería Diego…
Los próceres no mueren. Maradona solo es comparable con la bandera, el himno nacional o el escudo de la patria.
Pensé mucho una frase para terminar estos párrafos, hay varias que podrían enmarcarlo, que describirían lo argentino que era, pero en estos tiempos, hay una que siempre vuelve a mi cabeza: «yo defiendo a los jubilados, pero cómo no los voy a defender si nosotros tenemos que ser muy cagones para no defender a los jubilados. A muerte estoy con los jubilados».
Análisis
La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo
Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».
Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia
Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.
Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.
Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.
Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.
El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina
La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.
Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.
La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.
Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)
La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.
Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.
Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.
El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas
El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.
Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.
El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.
Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala
La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.
El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.
En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.
Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.
Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.
Machismo de guardapolvo blanco
Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.
La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.
Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.
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