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Análisis

La pelota manchada: avatares del juego sucio del Partido Judicial

La columna de Jorge Elbaum.

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Por Jorge Elbaum

Hay muchas maneras de jugar a la pelota. Existe el formato del potrero que se caracteriza por su noción de esquina. En ese deporte, los arcos se disponen con bolsos, con buzos o con zapatillas. Cualquier cosa sirve para imaginar postes verticales que sostendrán travesaños donde se discutirán goles al ángulo.

En ese fulbo de rodillas raspadas con costras y pequeñas hileras de sangre, los goles se suelen teñir de anocheceres y de barrios de luces exiguas. En ese jugo hay decenas de goles porque es un partido sin tiempo preciso de finalización. Quienes participan de los partidos no son jugadores: son hermanos, primos, compañeros o colados insignes.

En esa comarca del tiempo, muchos de nosotrxs aprendimos lo mejor de lo que somos: la amistad, los códigos de solidaridad, la defensa del más débil, el aguante estoico de la derrota, la rebeldía contra los poderosos, la lesión de herida perpetua  y –sobre todo– la admiración por la belleza estilizada e ingrávida de la habilidad psicomotriz.

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El fiscal Luciani junto a su compañero de andanzas, el juez Giménez Uriburu.

Ese fue el origen. Pero después sobrevino otra cosa que hoy cotiza en bolsa. Uno que se juega en perimetrales cerrados con líneas de cal precisas, riego semanal y personal de maestranza. Uno que tiene camisetas estampadas que hacen juego con las medias y los pantalones y que rotulan dobles apellidos en la espalda. Una actividad de esparcimiento que se desarrolla con la  lógica de la racionalidad corporativa, en formato de tasas de interés y en vestuarios con sauna y baño turco.

En esos espacios se congregan –con una cuadrícula medida de espacio plano y parejo–, aquellos que vociferan sus grotescas proezas goleadoras, sus mesas de café con servidumbre, su alegato engolado de caza de brujas. Ahí, en la ruta que va desde la mansión a la entrada del country (siempre con aspiración residencial) se escucha el chillido individual, sin eco colectivo, de un grito ganador desfigurado por una dramatización impostada.

Un esmero por fuera del juego: la comprobación de una experiencia de socialización imbricada con el poder. Una mecánica matricial de ganadores y perdedores. Una búsqueda por someter, humillar y destruir al otro. En síntesis: prácticas extrañas a la pasión lúdica de la reciprocidad, la risa, el compañerismo, el festejo y el abrazo.

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La Liverpool, el equipo del fiscal Luciani y el juez Giménez Uriburu, en Los Abrojos de Macri.

El fiscal Diego Luciani y el juez Rodrigo Giménez Uriburu ejercitan el rol tribunalicio y lúgubre que alguna vez describió Franz Kafka. La sinrazón convertida en lógica de persecución. La burocracia del hostigamiento dispuesto para anular cualquier desobediencia: la doctrina que permite dictaminar la condena escolástica de cualquier aluvión zoológico. La magistratura regulada para desanimar a los humildes, a los trabajadores, a los precarizados, y a la vez aislarlos y/o separarlos de sus posibles referencias políticas.

En Las Brujas de Salem, Arthur Miller escribe una frase que explica el léxico de un vestuario cómplice conformado por fiscales y jueces cambiemitas: “puede hacerse evidente la necesidad del Diablo como arma. Un arma ideada y utilizada una y otra vez, en toda época, para obligar a los hombres a someterse…” Demonizar para aterrorizar. Estigmatizar para incitar al odio. Mancillar para cosificar y proscribir.

Este es el objetivo de un Grupo de Tareas que toma la posta de los genocidas del último cuarto de siglo pasado. Antes era la tortura y la picana. Hoy los dictámenes en conjunción con titulares de propaganda mediáticos. Esa es la misión regada por dineros corporativos y sugerencias salidas de Embajadas extranjeras. Ese es el cometido de una derecha fascista, unida para impedir –otra vez– la democratización del poder, la riqueza y la renta.

El partido, sin embargo, tiene la duración que todas las revanchas autorizan. Y quienes jugamos alguna vez en los adoquines unidos por el barro prodigioso  –sustancia de la que nació la vida– nunca supimos arrugar en las difíciles. Cuando la busquen a ella tendrán que pasar por sobre nostroxs.

Análisis

El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar

La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.

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Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.

El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.

«Una bomba en el medio del pueblo»

Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.

La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.

Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».

Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal

Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».

Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.

Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.

Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».

La intendenta y el pedido de los trabajadores

Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.

Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».

La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.

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