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Análisis

La ideología del odio en la política

Por Julio C. Gambina.

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Por Julio C. Gambina

Enoja la pobreza, y debe reconocerse en ella, a la riqueza, como contraposición en la creciente desigualdad. Del mismo modo enojan las concesiones al poder y la justificación de las imposibilidades para resolver demandas insatisfechas.


La contradicción entre pobreza y riqueza constituye la base de una propuesta política que lucha históricamente por la distribución del ingreso y de la riqueza. Es una lucha que encuentra resistencia desde los enriquecidos y adquiere, en ocasiones, formas violentas en las represiones recurrentes a las movilizaciones por derechos conculcados, que se traduce irracionalmente en sentimientos de ira, incluso de “odio”, puestos de manifiesto en cierto envalentonamiento de las derechas, que intentan imponer su programa de máxima con consensos manipulados. Se trata de una lucha que no admite conciliación posible, en donde la ideología del odio imposibilita el dialogo.


¿Puede haber conciliación con los propiciadores del terrorismo de Estado? No, por ello fue posible la anulación de las leyes de impunidad y la continuidad del enjuiciamiento de los responsables del terror de Estado.


La relación entre riqueza y pobreza es escamoteada, con mentiras relativas sobre la evolución de la humanidad, la producción y la apropiación de la misma. Como siempre, se sostiene que “pobres hubo siempre”, justificando lógicas “meritocráticas” para la acumulación concentrada del ingreso y de la riqueza, potenciando la desigualdad, la explotación y el saqueo.


No existe la riqueza sin la explotación o el saqueo, una conclusión que viene de la máxima de la escuela clásica de la economía política. Los iniciadores de los estudios económicos señalan al trabajo como padre y a la tierra como madre de la riqueza.


Así, vale recuperar el proceso concomitante del surgimiento del capitalismo en Europa y la conquista y colonización de Latinoamérica y el caribe. La riqueza europea tuvo su contracara en el genocidio y empobrecimiento de los pueblos de nuestro continente.


Los metales preciosos fueron sustanciales a la revolución industrial y a la expansión comercial europea para la extensión mundial de la dominación capitalista. Es para pensar en nuestro tiempo el modelo primario exportador extendido para la región en tiempos de transnacionalización.


Eso es violencia, que legitiman desde la ideología del odio a la crítica de la realidad. Aquellos colonizadores y genocidas expresaban desprecio y desvalorización hacia los habitantes originarios de nuestros territorios. Se “sentían” portadores de una civilización emergente superadora de la barbarie. Impulsaban la nueva civilización que empujaría la revolución industrial, consolidando al capitalismo como el horizonte civilizatorio. Hoy se sustentan esas mismas ideas desde la liberalización económica.


¿Cuánto del hartazgo potenciado por la situación socioeconómica se manifiesta en la lucha política? ¿Cuánto de la ideología del odio de la dominación interviene en la política para disputar consenso? El INDEC explicita que el crecimiento económico del 2021 (+10,4%) respecto del 2020 (-9,9%) tuvo un reparto desigual, favoreciendo los ingresos de los propietarios de medios de producción respecto de aquellos obtenidos por la venta de la fuerza de trabajo.


Con esa distribución del ingreso puede explicarse la expansión del consumo de un tercio de la población enriquecida, evidente en el éxito turístico o gastronómico, entre otras actividades que definen la continuidad del crecimiento económico para este 2022, anualizado a junio en 6,4%. Resulta un dato de realidad la mejora relativa de unos y el empeoramiento de otros.


Es la dinámica del capitalismo contemporáneo, que para sostenerse necesita de consensos, para los cuales, la ideología del odio es funcional. De ese modo, el desafío resulta en la organización y movilización por un proyecto alternativo a la lógica de la ganancia y la acumulación capitalista.

Análisis

El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar

La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.

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Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.

El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.

«Una bomba en el medio del pueblo»

Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.

La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.

Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».

Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal

Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».

Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.

Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.

Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».

La intendenta y el pedido de los trabajadores

Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.

Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».

La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.

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