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Policía de la Ciudad reprimió al desalojar el Obelisco: hay detenidos

También informaron habría 10 heridos, entre bomberos y policías.

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Diez bomberos y policías de la Ciudad resultaron heridos esta noche al intentar desalojar el Obelisco de hinchas que permanecían dentro luego de los festejos por la consagración de la selección argentina en el Mundial de Qatar, mientras que catorce personas fueron detenidas por la agresión y otros disturbios en la zona, informaron fuentes de la fuerza.

Los incidentes comenzaron alrededor de las 20 en la plaza de la República, donde se encuentra emplazado dicho monumento, y en cuyo interior se encontraba un grupo de personas que festejaba el campeonato mundial de fútbol obtenido por Argentina.

Voceros policiales informaron que efectivos de Bomberos de la Ciudad y de la Policía de la Ciudad intentaron desalojar a la gente y fueron atacados a piedrazos y botellazos.

En ese marco, diez agentes, entre bomberos y policías, resultaron heridos.

Mientras que por los incidentes en el Obelisco y otros disturbios en las adyacencias habían sido detenidas al menos catorce personas, añadieron las fuentes consultadas.

En tanto, esta mañana otro grupo de personas debió ser evacuado del Obelisco por personal de Bomberos de la Ciudad, que además realizó un corte parcial en la escalera interna del monumento para evitar que los hinchas trepen a la cima del mismo.

Tras referirse al hecho, el ministro de Seguridad y Justicia porteño, Marcelo D´Alessandro, apeló a la «responsabilidad individual» de quienes hoy concurrieran a las celebraciones por la obtención de la Copa del Mundo en la ciudad de Buenos Aires.

Fuentes policiales informaron que cerca de las 7.30 de esta mañana un grupo de personas ingresó al interior del Obelisco tras romper con una maza la puerta de acceso.

Bomberos la Ciudad se desplazaron hasta el lugar y les solicitaron que desciendan, por lo que los hinchas se retiraron del lugar pacíficamente.

Tras ello, luego de que el lugar fuera evacuado por completo, los Bomberos realizaron un corte parcial en la escalera para evitar el acceso del público.

Respecto a las celebraciones de miles de ciudadanos en el centro porteño, el ministro D´Alessandro apeló a la responsabilidad de cada persona para que no trepen a las estructuras y no haya heridos durante los festejos.

«Desde las 5 de la mañana estamos trabajando para que la gente se baje de donde se trepan. Se treparon hasta en la pérgola del Colón. Las fuerzas de seguridad en forma conjunta van a trabajar, pero tenemos que apelar a la responsabilidad», indicó el funcionario en diálogo con Radio Continental.

«Las fuerzas de Seguridad están yendo a bajar a los que están trepados en el Obelisco. Fueron con una maza a romper la puerta del Obelisco para subir. Esos violentos no representan la fiesta de la gente», añadió. 

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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