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Una amiga de Felipe Pettinato reveló cómo era la relación con el neurólogo fallecido

La joven aseguró en «Intrusos» que el hijo de Roberto Pettinato y el médico se juntaban a tomar pastillas.

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Mientras que Felipe Pettinato continúa internado por un brote piscótico y su traslado a una clínica psiquiátrica sería inminente, a medida que pasan los días se van conociendo más detalles de los sucedido en el incendio del lunes por la noche, en un departamento de Belgrano donde falleció un neurólogo amigo de Petinatto y él resultó herido junto a otras dos personas.

Agostina, que es íntima amiga de Felipe desde el 2015,fue entrevistada en «Intrusos» y aseguró que, aunque no puede ir a la clínica para visitar a su amigo, porque solo permiten la visita de los familiares, están en contacto constante con Tamara Pettinato.

La joven dio detalles de cómo vio a Felipe en el último tiempo. En ese contexto relató que lo saludó para su cumpleaños, que fue el 28 de abril, sin embargo él tardó una semana en responderle y, a través de un mensaje de audio, le pidió disculpas y le reveló que “venía con días muy malos” y que estaba tomando Rivotril.

“Pero +el pide ayuda, pide ayuda pero no hace nada”, advirtió la joven. Y, luego, agregó: “Es de publico conocimiento que a Felipe lo han internado y cuando sale sigue con su vida normal”.

Sobre Melchor Rodrigo, el médico de 44 años fallecido la noche del lunes, relató: “Él es un amigo de Felipe nada más. Felipe no es su paciente, es sólo amigo. Melchor le conseguía pastillas y se juntaban… Pastillas psiquiátricas que él mismo le recetaba. No era un tratamiento médico, sino que era al azar”.

Y continuó: «No se por qué no quiere estar solo, si se siente solo… Pero él siempre está acompañado por Tamara. Cuando se siente solo ella siempre está al pie del cañón. No sé por qué tiene tanto tema con el estar solo, para mí es un tema de depresión”.

Melchor Rodrigo, el neurólogo de 44 años que murió en el incendio

Entonces sostuvo que se sorprendió mucho por la tragedia ocurrida hace unos días y que no esperaba que sucediera algo así. “Felipe no es una persona agresiva, es más bien aniñado”, remarcó. Luego aseguró que el joven tuvo un acompañante terapéutico aunque siempre abandonaba los tratamientos.

Agostina, además, dio detalles de lo que Felipe decía sobre el neurólogo fallecido en las últimas horas: “Decía que Melchor le conseguía las pastillas, que tomaban las pastillas, que Melchor tomaba alcohol también, que los dos tenían problemas psiquiátricos, él te hablaba como que los dos eran pares, no te decía que él era un neurólogo”.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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