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Crimen del ingeniero: ¿Qué dijo el testigo clave?

El testigo central de la causa es un vecino de Palermo -su identidad se resguarda a pedido de la Justicia-, que esa noche paseaba a su perro por la plaza Sicilia, ubicada en el cruce de las avenidas Del Libertador y Casares, y que a una distancia que calculó en «20 o 25 metros», vio toda la secuencia que culminó en lo que, luego se enteró, había sido el homicidio de Barbieri (42).

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El Argentino-Posible asesino del ingeniero en Palermo.

Por Diego Recchini

El testigo clave que se involucró llamando al 911 y a partir del cual se pudo identificar, detener y ahora procesar a Isaías José Suárez como el presunto autor del asalto y asesinato del ingeniero civil Mariano Barbieri el 30 de agosto último en los bosques del barrio porteño de Palermo, contó que presenció el ataque luego de oír «un grito de desesperación», que el asesino abordó a la víctima cuando estaba sentada con las piernas cruzadas y que en principio pensó que solo se había tratado del robo de un celular.

Así se desprende de la declaración completa, del testigo central de esta causa que es un vecino de Palermo -su identidad se resguarda a pedido de la Justicia-, que esa noche paseaba a su perro por la plaza Sicilia, ubicada en el cruce de las avenidas Del Libertador y Casares, y que a una distancia que calculó en «20 o 25 metros», vio toda la secuencia que culminó en lo que, luego se enteró, había sido el homicidio de Barbieri (42).

Al declarar primero ante la Policía de la Ciudad y luego ante la propia jueza de la causa, Yamile Susana Bernan, el hombre explicó que estaba «en el centro del parque» y «distraído usando el celular» cuando a eso de las 22.40 escuchó «un grito» y observó a «dos personas forcejeando, una como tirada en el piso y la otra a su lado, medio como en cuclillas».

Aclaró que ambas personas «estaban en un caminito como de ripio, de piedras color ladrillo» y recordó que «cuando forcejearon se levantó algo de polvo».

En ese tramo de la testimonial, el hombre aportó un dato que no se conocía y que está relacionado a que Barbieri, al ser atacado, estaba sentado en el parque, probablemente contemplando la luna, algo que unos minutos antes le había anunciado que haría a una amiga con la que había intercambiado unos mensajes de WhatsApp.

«La víctima estaba en el piso, sentada con las piernas cruzadas y a su lado estaba el otro sujeto, como en cuclillas», describió el vecino.Aseguró que «poco después escuchó un segundo grito», pero remarcó que «el primer grito que escuchó fue el más fuerte, como de desesperación o dolor, por lo que creía que en ese momento apuñalaron a la víctima».

Alcanzó a ver que Barbieri «le sujetaba la muñeca al agresor como para defenderse» y que «mientras forcejeaban, ambos rodaron por el suelo, que después se separaron y que la víctima se levantó como sujetándose el pecho, y recién entonces pidió ayuda».

Según quedó plasmado en la testimonial, dijo que «la víctima y el atacante no llegaron a verlo porque él estaba parado en un lugar oscuro» y que habrá tardado entre 30 segundos y un minuto para hacer la llamada al 911 en la que reportó que había habido «una pelea y que un atacante golpeó a otra persona» y que el agresor había huido corriendo hacia Berro y Casares.

Es que el propio testigo aclaró ante la Justicia que «en el momento pensó que lo que presenció no había sido algo grave, por lo que se fue a dormir», que nunca vio un cuchillo y que «creyó que fue un robo de celular porque vio que el atacante se llevó un teléfono con la linterna o el flash prendido, y que recién al otro día se enteró de lo que pasó».

También relató que segundos después vio que Barbieri se levantó y se fue en dirección opuesta a su agresor, hacia la heladería «Cremolatti» de avenida Libertador y Lafinur.

El testigo dijo que «recordaba las características del atacante casi perfectamente» e hizo una pormenorizada descripción del asesino que luego le permitió a la División Homicidios de la Policía de la Ciudad encontrar en al menos 15 cámaras de seguridad imágenes del imputado Suárez (29) llegando y huyendo de la escena del crimen hacia el Barrio 31 de Retiro donde fue detenido el pasado 4 de septiembre.

Comentó que vestía «un pantalón azul, zapatillas deportivas, una campera tricolor azul, blanco y rojo con capucha roja, gorra» y que llevaba algo «como una campera blanca en el brazo izquierdo», «una mochila» y «una bufanda».

Dijo que el agresor «era de tez trigueña, cabello de color castaño oscuro corto, no al ras, de contextura flaca y muy ágil, porque salió corriendo muy rápido», al punto de que, según acotó, «él hacía running y no lo podría haber alcanzado».

También aclaró que le vio la cara «de perfil» y con «la gorra puesta» cuando el atacante, al huir, pasó corriendo debajo de una luminaria y que calculaba que de verlo así nuevamente, podría reconocerlo, algo que efectivamente luego hizo en la alcaidía de Tribunales cuando identificó a Suárez en rueda de presos.

Por último, le dijo a la jueza que la persona que la Policía de la Ciudad le exhibió en los videos y fotografías y que fue identificada en la causa como Suárez, «era efectivamente a quien vio el día del hecho atacando a la víctima».

El testigo presencial también marcó en un mapa de la plaza Sicilia, los lugares exactos donde estaba posicionado él (señalado con un 1), donde ocurrió el ataque (2) y los trayectos de escape que recorrieron víctima (B) y victimario (A), algo que, junto a lo relevante de su declaración, la propia jueza Bernan destacó en la resolución en la que el miércoles pasado procesó con prisión preventiva a Suárez como autor de un «homicidio agravado criminis causa en concurso real con un robo agravado por su comisión con armas».

«La claridad y precisión del testimonio, sumado al plano realizado por testigo permitieron reconstruir y puntualizar el lugar donde aconteció el feroz y mortal ataque», resaltó la jueza en ese fallo.

El crimen de Barbieri provocó el desplazamiento del entonces ministro de Justicia y Seguridad porteño, Eugenio Burzaco -el día del hecho se encontraba en Estados Unidos viendo un torneo de tenis-, y su reemplazo por Gustavo Coria.

El 8 de este mes, la familia del ingeniero encabezó en Palermo una marcha para pedir justicia por el crimen y por todas las víctimas de violencia, bajo el lema «No me quiero morir», en referencia a las últimas palabras que pronunció Barbieri antes de desplomarse en el interior de la heladería a la que entró para pedir ayuda.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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