CABA
La inflación de CABA fue de 7,3% en julio
El rubro alimentos y bebidas no alcohólicas mostró un alza de 5,6%, menor al promedio; los productos estacionales subieron 9,3%, los servicios regulados un 6,7% y la inflación núcleo fue del 7,2%.
El Índice de Precios al Consumidor de la Ciudad de Buenos Aires fue en julio de 7,3%, dos décimas de punto porcentual más alto que el nivel de junio, en un mes en el que hubo una marcada incidencia del rubro restaurantes y hoteles, con una suba del 12,4% y un aporte de 1,41 puntos al nivel general.
El informe dado por la Dirección General de Estadística y Censos porteña (Dgeyc) mostró también un alza acumulada en los primeros siete meses del 62,3% y, por primera vez en más de un año, un descenso de 0,7 puntos en la inflación interanual, que quedó en 117,9%.
El rubro alimentos y bebidas no alcohólicas (el de mayor ponderación del índice) mostró un alza de 5,6%, menor al promedio; los productos estacionales subieron 9,3%, los servicios regulados un 6,7% y la inflación núcleo fue del 7,2%.
Los bienes tuvieron una suba mensual del 6,3%, inferior al 8% que mostraron lo servicios. El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) dará a conocer el índice para todo el país el martes 15 de agosto.
Restaurantes y hoteles promedió una suba de 12,4%, contribuyendo con 1,41 punto a la variación mensual general: vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles aumentó 6,9% e incidió en 1,28 punto, al impactar principalmente los ajustes en los precios de los alquileres y, en menor medida, los incrementos en los valores de los gastos comunes por la vivienda.
Alimentos y bebidas no alcohólicas promedió una suba de 5,6%, con una incidencia de 1,01 punto en el nivel general, con los principales impulsos en pan y cereales (7,3%), leche, productos lácteos y huevos (6,7%) y carnes y derivados (3,2%).
Salud aumentó 8,0% e incidió en 0,65 puntos, por ajustes en las cuotas de medicina prepaga y en los valores de los medicamentos.
Recreación y cultura registró un incremento de 11,5%, con una incidencia también de 0,65 punto, debido principalmente a las subas en los precios de los libros y de los paquetes turísticos.
Con menor participación se anotaron prendas de vestir y calzado (3,5% y una incidencia de 0,2 pp), equipamiento y mantenimiento del hogar (5,3% y 0,33 pp), transporte (5,5% y 0,54 pp), información y comunicación (6,6% y 0,38 pp), educación (11% y 0,5 pp), seguros y servicios financieros (5,5% y 0,04 pp) y cuidado personal, protección social y otros productos (5,7% y 0,21 pp).
CABA
Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo
La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.
Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares
La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.
En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.
Criminalizar la infancia, una respuesta ligera
Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?
- Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
- Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
- Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.
El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.
El fantasma de las redes y la coartada perfecta
La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.
En la Ciudad, docentes vienen denunciando:
- Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
- Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
- Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.
Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.
Protocolos sin comunidad
El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.
Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.
Lo que no se dice
Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:
- ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
- ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
- ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?
La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.
Entre el control y el abandono
El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.
En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.
La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?
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