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PSG bicampeón: venció a Arsenal en penales en una final épica en Budapest

El conjunto parisino retuvo la corona continental tras el empate 1 a 1 en los 120 minutos y una victoria 4 a 3 en la tanda de penales. Para el Arsenal de Mikel Arteta y el argentino Gabriel Heinze, una derrota histórica y una maldición continental que ya suma 266 partidos sin corona europea.

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#PSG bicampeón: el Arsenal de Heinze pierde otra final y la maldición llega a 266 partidos

París Saint Germain retuvo la UEFA Champions League con una actuación que combinó jerarquía y nervios de acero, al vencer al Arsenal inglés en la tanda de penales. El encuentro, disputado este sábado en el estadio Puskás Aréna de Budapest, Hungría, finalizó 1-1 luego de 120 minutos de fútbol disputado, y el conjunto parisino se impuso 4 a 3 en los tiros desde el punto del penal para convertirse en el primer bicampeón europeo desde el ciclo del Real Madrid entre 2016 y 2018. Del banco de suplentes del Arsenal, el argentino Gabriel Heinze asistió como ayudante técnico de Mikel Arteta a una noche que volvió a cerrar con una promesa sin cumplir.

Havertz abrió el marcador y Dembélé lo igualó de penal

El partido comenzó con la mejor noticia para los Gunners: a los seis minutos, el alemán Kai Havertz aprovechó un mal despeje de Marquinhos que rebotó en Leandro Trossard y habilitó una carrera solitaria del delantero por el flanco izquierdo, quien definió con potencia ante el arquero Matvey Safonov para poner el 1 a 0. El tanto le permitió a Havertz ingresar a un registro histórico de la competición.

La respuesta del equipo de Luis Enrique llegó en el segundo tiempo. A los 65 minutos, el árbitro sancionó penal a favor del PSG luego de que el defensor Cristhian Mosquera cometiera falta sobre Khvicha Kvaratskhelia dentro del área, decisión ratificada por el VAR. El ganador del Balón de Oro, Ousmane Dembélé, ejecutó con frialdad y mandó al arquero David Raya al lado equivocado para establecer el 1-1 que llevaría el partido a los 30 minutos de tiempo suplementario.

Ninguno pudo romper el empate y llegaron los penales

Con el marcador igualado, ni el PSG ni el Arsenal encontraron la red durante el tiempo suplementario, a pesar de situaciones comprometidas en ambas áreas. La definición por penales, la primera en una final de la Champions League en una década, terminó de inclinar la balanza en favor del conjunto parisino.

Gonçalo Ramos, Désiré Doué, Achraf Hakimi y Lucas Beraldo convirtieron los cuatro remates del PSG con efectividad. Del lado del Arsenal, los errores de Eberechi Eze y del defensor central brasileño Gabriel Magalhães resultaron decisivos. Magalhães, que había tenido una actuación brillante en lo defensivo, se convirtió en el protagonista involuntario del desenlace al enviar su penal por encima del travesaño en la última ejecución, para desatar la celebración del conjunto francés. Gabriel Martinelli fue uno de los que convirtió para los londinenses.

La maldición del Arsenal y el récord que nadie quiere tener

La dimensión histórica de la derrota merece un párrafo aparte. El Arsenal había llegado a Budapest como el club con más partidos disputados en torneos europeos sin conquistar el título máximo del continente, con una marca de 225 encuentros. Con la caída de este sábado, ese número asciende a 266 partidos acumulados entre la Copa de Europa y la Champions League sin levantar la Orejona. La única final anterior que los londinenses habían disputado fue en la temporada 2005/06, y también la perdieron, ante el Barcelona por 2 a 1.

Sin embargo, la temporada del equipo londinense fue histórica en lo doméstico: el Arsenal conquistó la Premier League después de una sequía de 22 años, en una lucha hasta el final con el Manchester City. La presencia de Gabriel Heinze como asistente técnico de Arteta marcó además un hito para el fútbol argentino en la principal competición europea de clubes.

El PSG y la consolidación de una era

Del lado parisino, el bicampeonato coronó una campaña descomunal. El equipo de Luis Enrique, quien detenta el mejor porcentaje de victorias de la historia de la competición (64%), acumuló 44 goles en todo el torneo, cifra que lo deja a un tanto del récord histórico en una sola edición. Su camino hacia Budapest incluyó una goleada histórica al Chelsea (8-2 en octavos), la eliminación del Liverpool (4-0 en cuartos) y una épica ante el Bayern Múnich en las semifinales (5-4 en la ida, 1-1 en la vuelta). En la final del año anterior, el PSG había aplastado al Inter por 5 a 0 en la final con mayor diferencia de goles de la historia de la competición.

La consagración en Budapest también ratifica al conjunto parisino como la gran potencia del fútbol de clubes europeo del último tiempo, con figuras como Dembélé, Kvaratskhelia y Hakimi que combinan calidad individual con la solidez táctica impresa por el entrenador español. La Champions League 2026 pasará a la historia como la edición en que el PSG escribió un capítulo único, y el Arsenal volvió a quedarse a las puertas de un sueño que parece cada vez más esquivo.

CABA

La Policía de Macri reprimió a un pibe de 15 años que volvía del colegio

Fue en Rivadavia y Bustamante, en las inmediaciones de la protesta por la reincorporación de Araceli Pintos, trabajadora del Subte. La Policía convirtió la calle en un lugar de peligro para un menor que solamente quería volver a su casa.

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Un chico de 15 años salía de su colegio y volvía a su casa. No estaba armado, no cometía ningún delito: era un estudiante que simplemente quería llegar a su hogar. La Policía de la Ciudad de Buenos Aires, la fuerza de seguridad que conduce el jefe de Gobierno Jorge Macri, lo alcanzó en el marco de la represión a una acción solidaria por la reincorporación de Araceli Pintos. El adolescente terminó necesitando atención médica de urgencia. La escena resume con brutalidad descarnada lo que viene siendo la política de seguridad del gobierno porteño frente a cualquier forma de organización y protesta social.

El contexto: la lucha por Araceli Pintos

El episodio ocurrió en el marco de una acción solidaria por la reincorporación de Araceli Pintos, trabajadora del subte despedida por la concesionaria Emova S.A. después de denunciar el acoso sexual reiterado de un efectivo de la propia Policía de la Ciudad en su lugar de trabajo.

El policía denunciado continúa en funciones sin consecuencias conocidas. Pintos, en cambio, perdió el empleo que había esperado ocho años para obtener. Desde entonces, trabajadores y trabajadoras del subte, organizaciones feministas y sociales vienen sosteniendo una campaña de solidaridad que incluye aperturas de molinetes, comités de apoyo, petitorios y acciones callejeras. La respuesta del Estado no fue garantizar sus derechos, sino enviar uniformados a disolver la protesta.

La represión: un menor como víctima

Según la denuncia pública realizada por el médico generalista del Hospital Argerich, Franco «Paco» Capone, en sus redes sociales y compartida por “La Izquierda Diario”, la Policía de la Ciudad reprimió brutalmente la acción solidaria y ese adolescente de 15 años, que apenas salía de su colegio, terminó necesitando atención médica. La Posta de Salud y Cuidado, junto al Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH), tuvo que asistirlo mientras se esperaba la llegada de una ambulancia.

La pregunta que se impone es elemental: ¿con qué nivel de violencia tiene que actuar una fuerza policial para que un chico de 15 años que sale de la escuela termine necesitando asistencia de emergencia? No se trataba de una persona armada, no se trataba de alguien cometiendo un delito. Era un estudiante. La Policía de la Ciudad convirtió la calle en un lugar de peligro para un menor que solamente quería volver a su casa.

Violencia institucional como política de Estado

No se trata de un hecho aislado. La Policía de la Ciudad ha protagonizado en los últimos años una sucesión de episodios de violencia desproporcionada contra manifestantes, trabajadores y sectores vulnerables. Desde la represión a jubilados que reclamaban frente al Congreso hasta el desalojo violento de vendedores ambulantes en Belgrano, el patrón se repite: una fuerza de seguridad que actúa como instrumento de disciplinamiento social antes que como garante de derechos.

El caso Araceli Pintos condensa además una cadena de impunidad institucional que va más allá de la represión callejera. Un policía acosó a una trabajadora en su lugar de trabajo; la empresa la despidió a ella; el policía siguió en funciones; y cuando sus compañeros y compañeras salieron a reclamar justicia, la misma institución que protegió al agresor original mandó efectivos a golpear a quienes protestaban, hiriendo en el proceso a un adolescente que pasaba por ahí. El círculo de la violencia institucional no podría estar más perfectamente cerrado.

La Posta y el CeProDH: quienes curan lo que el Estado rompe

Que hayan sido la Posta de Salud y Cuidado y el CeProDH quienes contuvieron y asistieron al menor herido no es un detalle menor. Ambas organizaciones llevan años cubriendo el daño que genera el accionar represivo en Buenos Aires, atendiendo a manifestantes, jubilados, trabajadores y vecinos que resultan lastimados por las fuerzas de seguridad. Su presencia sistemática en cada episodio de represión dice algo sobre el Estado: que no protege a quienes agrede, y que la tarea de reparar recae sobre colectivos de salud y derechos humanos que funcionan a pulmón.

Desde la Posta de Salud y Cuidado se repudió la represión y se exigió que se investiguen los hechos. «Ningún pibe tiene que ser víctima de la violencia policial por simplemente salir de la escuela y volver a su casa», plantearon públicamente. La frase no necesita más comentario. La Policía de la Ciudad, responsable de garantizar la seguridad, convirtió una jornada de solidaridad en una zona de peligro para menores de edad.

Lo que está en juego

El derecho a la protesta es un derecho constitucional. El derecho de un menor a circular libremente y en seguridad también lo es. Cuando la Policía de la Ciudad vulnera ambos en el mismo operativo, no está cometiendo un «exceso»: está ejecutando una política. Una política que desde el gobierno de Jorge Macri se aplica con creciente impunidad y con el silencio cómplice de quienes tienen la responsabilidad de controlar a las fuerzas de seguridad. Que el damnificado sea un estudiante de 15 años que volvía a su casa no debería generar indignación solo en las redes sociales: debería generar una investigación penal inmediata y respuestas políticas concretas.

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