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Investigan la represión de la marcha por la Ley de Tierras y al policía que actuó de civil

El fiscal federal Franco Picardi emitió dos dictámenes ante el juez Julián Ercolini para impulsar la causa por el violento operativo del 6 de agosto frente al Congreso. Incluyó el accionar irregular del comisario Gustavo Gauna, fotografiado armado y de civil durante la manifestación, y solicitó medidas que permanecen bajo reserva.

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El fiscal federal Franco Picardi emitió dos dictámenes ante el juez Julián Ercolini para impulsar la causa por el violento operativo del 6 de agosto frente al Congreso. Incluyó el accionar irregular del comisario Gustavo Gauna, fotografiado armado y de civil durante la manifestación, y solicitó medidas que permanecen bajo reserva.

La represión policial del 6 de agosto sobre la marcha contra la Ley de Tierras empezó a tener consecuencias judiciales. El fiscal federal Franco Picardi dictaminó dos veces ante el juez Julián Ercolini, primero el 11 de agosto y luego el 14, para impulsar la denuncia presentada por la Comisión Provincial por la Memoria (CPM). En ambos pronunciamientos, el representante del Ministerio Público describió el operativo como un conjunto de posibles hechos de violencia institucional y propuso medidas concretas que, por su sensibilidad, quedaron bajo reserva judicial.

Qué dice el dictamen del fiscal

En su primer pronunciamiento, Picardi recogió el contenido de la denuncia de la CPM, que documentó lesiones y traumatismos en manifestantes, fotógrafos y periodistas, además de detenciones masivas. El organismo, que ejerce como Mecanismo Local de Prevención de la Tortura, monitoreó la marcha y verificó en campo las acciones de las fuerzas federales y la Policía de la Ciudad. Uno de los episodios denunciados ocurrió a las 19:50 horas en la esquina de Lima y Avenida de Mayo, cuando efectivos porteños «iniciaron maniobras represivas indiscriminadas», disparando postas de goma y accionando el camión hidrante sin que existiera ninguna circunstancia que lo habilitara legalmente, según la presentación.

El 12 de agosto, la CPM amplió su denuncia con nuevos hechos, lo que motivó el segundo dictamen del fiscal. La ampliación incorporó las heridas sufridas por un periodista y un camarógrafo de Crónica TV, el disparo de bala de goma que impactó debajo del ojo de un manifestante, y el ataque con gas lacrimógeno y postas de goma contra integrantes de la propia CPM. En su segundo pronunciamiento, Picardi describió la situación como hechos que «habrían afectado a múltiples personas que tuvieron que ser atendidas en postas de salud y derivadas a hospitales», y señaló que también «habrían acontecido supuestas detenciones arbitrarias».

El policía de civil entra a la causa

En su segunda ampliación, el fiscal también incorporó el caso del comisario Gustavo Antonio Gauna, el efectivo de la Policía Federal fotografiado vestido de civil y en posición de disparo durante la manifestación. La imagen se viralizó en redes sociales y fue reproducida en pantallas de televisión, generando un escándalo institucional que la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, intentó minimizar con declaraciones confusas en la Bolsa de Comercio de Rosario. Gauna, según la presentación ante la Justicia, «habría efectuado disparos con una escopeta, en franca violación al marco normativo general, tanto internacional como local». Un agente vestido de civil, sin identificación visible y armado en medio de una manifestación no solo actúa fuera del protocolo: impide que los ciudadanos reconozcan su condición de efectivo y ejerce violencia fuera de todo control.

La imagen de Gauna no fue el único registro que comprometió al operativo. Circularon también fotografías de otros operativos en los que habría participado igualmente de civil, lo que amplió el perfil del caso más allá de un incidente aislado y apuntó hacia una práctica sistemática. El secretario ejecutivo de la CPM, Roberto Cipriano García, fue categórico al dimensionar la violencia del operativo: «Llevamos más de 200 marchas monitoreadas y podemos decir que la del jueves fue una de las más violentas y salvajes de esta gestión. Fue extremadamente salvaje, porque fue muy expandida en el tiempo y en el territorio», afirmó en el streaming Nadie Afuera.

Monteoliva y Giménez, en el ojo de la tormenta

El operativo estuvo bajo el mando directo de Monteoliva en lo relativo a las fuerzas federales y del ministro de Seguridad porteño, Horacio Giménez, por la Policía de la Ciudad. El dictamen de Picardi encuadró el objeto procesal de la causa con precisión: «posibles hechos de violencia institucional, represión de la protesta social mediante diversos usos desmedidos de la fuerza pública como gases lacrimógenos, hidrantes, diversas armas denominadas no letales», desplegada de manera conjunta por ambas fuerzas.

Lejos de asumir responsabilidades, Monteoliva intentó salir del paso durante su presentación en Rosario con titubeos sobre la identidad de Gauna y el arma utilizada. «Tienen una campera con el logo de la fuerza y deben colgar la placa», dijo sobre los policías de civil. Al ser consultada puntualmente sobre Gauna, admitió: «No vi, me parece que no tiene puesta la campera».

La causa tramita ante Ercolini con la presión adicional del contexto político: la marcha del 6 de agosto fue convocada en rechazo a los cambios a la Ley de Tierras que se debatían en el Senado, y la represión ocurrió precisamente durante ese debate legislativo.

La CPM, como organismo que monitorea activamente la protesta social y previene la tortura, tiene un rol activo en el expediente y ya realizó dos presentaciones. El avance del fiscal hacia medidas concretas, aunque bajo reserva, marca un punto de inflexión en la judicialización de lo que sucedió aquella noche frente al Congreso.

Lo que tenéis que saber de la represión

  • El fiscal Franco Picardi dictaminó dos veces (11 y 14 de agosto) para impulsar la causa por la represión del 6 de agosto ante el juez Ercolini.
  • La causa fue iniciada por la Comisión Provincial por la Memoria, que calificó el operativo como uno de los más violentos y salvajes de la gestión Milei.
  • El fiscal incorporó a la investigación el accionar del comisario Gustavo Gauna, fotografiado armado y de civil en la manifestación, en presunta violación del marco normativo.
  • Monteoliva, que comandó las fuerzas federales, intentó minimizar el escándalo con declaraciones imprecisas sobre la identidad de Gauna.
  • Las medidas solicitadas por el fiscal permanecen bajo reserva judicial.

CABA

Menos psicopedagogos, más policías: la escuela porteña deja de ser un lugar de cuidado

El protocolo porteño habilita el ingreso de la Policía de la Ciudad a las escuelas a pedido de los directivos, por orden judicial o por fuerza mayor. Ninguna ley lo impedía, pero la comunidad educativa lo defendió como una conquista democrática.

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La Policía de la Ciudad tiene, desde este lunes, una puerta formal para entrar a las escuelas porteñas. El nuevo protocolo del gobierno de Jorge Macri convierte en norma escrita lo que durante décadas la comunidad educativa resistió: la presencia de uniformados dentro de las aulas como respuesta a los conflictos escolares. La intervención policial podrá darse a pedido del propio colegio a través del 911, por orden judicial o por razones de fuerza mayor ante un riesgo inminente.

La habilitación forma parte de la Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26, publicada en el Boletín Oficial porteño con la firma de los ministerios de Educación, Justicia y Seguridad de la Ciudad y del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. La norma adapta las escuelas al nuevo Régimen Penal Juvenil (Ley 27.801), vigente desde el 5 de septiembre, e impone a los directivos el deber de denunciar ante la Justicia a estudiantes desde los 14 años por hechos que pudieran constituir delitos, incluso fuera del establecimiento. El documento trascendió el fin de semana, cuando Federico Puy, secretario general adjunto de Ademys, lo difundió en su cuenta de X.

Un límite sin ley, pero con memoria

La frontera entre la escuela y la policía nunca estuvo escrita en una ley para los niveles obligatorios. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) lo explicó en sus recomendaciones sobre policías en las escuelas: a diferencia de lo que ocurre con las universidades públicas, no existen normas en la Ciudad ni en la provincia de Buenos Aires que impidan a la policía ingresar a un establecimiento escolar, aunque sí hubo proyectos de ley que nunca fueron tratados. La única prohibición expresa es el artículo 31 de la Ley de Educación Superior, que veda el ingreso de la fuerza pública a las universidades nacionales sin orden judicial o pedido de sus autoridades.

Lo que sostuvo ese límite fue otra cosa: la Convención sobre los Derechos del Niño, la Ley 26.061 de Protección Integral y un consenso político y pedagógico construido desde 1983. La escuela democrática se pensó como un espacio de cuidado, justamente porque la dictadura la había convertido en territorio de vigilancia. El régimen militar difundió en 1977 el folleto “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)”, que ordenaba a docentes y directivos detectar al “enemigo” entre sus alumnos; y en septiembre de 1976, en La Plata, un grupo de estudiantes secundarios que habían reclamado por el boleto estudiantil fue secuestrado en lo que se conoce como la Noche de los Lápices.

La escalada porteña

El protocolo actual no nació de la nada. El 28 de marzo de 2018, durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, el Ministerio de Seguridad porteño aprobó mediante la Resolución 86/2018 un “Protocolo de Ingreso a los Establecimientos Educativos de la Ciudad de Buenos Aires”, que nunca se publicó en el Boletín Oficial.

Según el texto filtrado por UTE, su primer artículo establecía que “el personal policial podrá ingresar a los edificios o inmuebles escolares cuando sea requerida su presencia por alguno de los miembros del equipo de conducción del establecimiento”.

Llegó apenas 40 días después del protocolo antitomas impulsado por la entonces ministra de Educación, Soledad Acuña, y el entonces secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, se negó a hacer público su anexo con el argumento de que solo servía a los efectos “de la comunicación interna” de la fuerza.

Ese mismo año, Ademys denunció que, el día previo al tratamiento del aborto legal en Diputados, la policía entró a una escuela secundaria tomada para desalojar a los estudiantes. En 2022, frente a nuevas intervenciones, el secretario adjunto de UTE, Eduardo López, lo resumió en una frase: “La escuela no es un lugar para la Policía”.

El paso siguiente llegó en abril de este año. Tras la ola de amenazas de tiroteos que se multiplicó en todo el país después del ataque en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, el 30 de marzo, el gobierno porteño activó un protocolo que dispuso que, ante una denuncia realizada por la escuela o por un tercero, el equipo directivo deberá permitir el ingreso de la Policía al establecimiento. La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, lo justificó así: “La respuesta tiene que ser, al mismo tiempo, seguridad y formación. Protocolo y acompañamiento. Consecuencia y reparación”. Estudiantes, familias y docentes respondieron entonces con una consigna que hoy vuelve a circular: “No a la policía en las escuelas”.

Qué cambia ahora

La diferencia con los antecedentes es de escala y de lógica. El ingreso policial ya no aparece como una excepción ante un arma o una amenaza puntual, sino como una pieza dentro de un circuito que empieza con la obligación de denunciar a adolescentes de 14 años.

El nuevo texto exige que los efectivos se identifiquen, actúen “respetando los derechos” de niñas, niños y adolescentes y procuren “cesar el riesgo”; también prohíbe a las escuelas interrogar a los alumnos.

Las salvaguardas contrastan con los estándares que organismos de derechos humanos promovieron durante años. El CELS recomendó atender a la policía en la puerta mientras se evalúa la situación, sobre todo si los efectivos están armados y hay chicos en el edificio.

Y recordó una pauta de la guía elaborada por la provincia de Buenos Aires junto a UNICEF: no deben brindarse nombres de estudiantes a ninguna autoridad policial sin un oficio judicial, y la policía no puede tomar contacto con ningún menor de edad, aun cuando se presuma que tiene un arma, hasta que llegue un familiar o adulto responsable.

“Una antesala de las cárceles”

Puy advirtió que el protocolo “obliga a las directoras a denunciar a estudiantes que ‘podrían estar cometiendo un delito’”, sostuvo que “constituye una clara persecución a los jóvenes” y alertó que busca convertir a las escuelas en una “antesala de las cárceles”. UTE, por su parte, rechazó “que las escuelas se conviertan en puertas de entrada al sistema penal” y advirtió “sobre el riesgo de estigmatización y criminalización de niñas, niños y adolescentes”; el gremio reclamó equipos especializados, formación y recursos para abordar los conflictos sin judicializarlos.

Ninguna ley impedía que un patrullero estacionara frente a una escuela y sus agentes cruzaran el portón; lo impedía una idea de la democracia sobre qué lugar ocupan los chicos en la sociedad. Con este protocolo, el gobierno porteño elige reemplazar gabinetes, psicopedagogos y equipos de orientación por el 911, y deja la resolución de los conflictos adolescentes en manos de quienes están entrenados para otra cosa.

Lo que tenés que saber del Protocolo

  • La Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26 habilita el ingreso policial a las escuelas porteñas a pedido del colegio, por orden judicial o por fuerza mayor.
  • No existe una ley que prohíba el ingreso policial a escuelas; la única prohibición expresa rige para las universidades nacionales, por el artículo 31 de la Ley de Educación Superior.
  • En 2018, la Resolución 86/2018 del Ministerio de Seguridad porteño aprobó un protocolo de ingreso a escuelas que nunca se publicó en el Boletín Oficial.
  • En abril de 2026, tras las amenazas de tiroteos, la Ciudad ya había dispuesto que los directivos permitieran el ingreso policial ante una denuncia.
  • Ademys y UTE rechazaron el nuevo protocolo por criminalizar a las adolescencias.

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